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Trio Porno con Mi Esposa

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Trio Porno con Mi Esposa

Todo empezó en esa noche calurosa de verano en nuestra casa en Polanco, con el aire cargado de jazmín del jardín y el sonido lejano de los cláxones en la avenida. Mi esposa, Laura, estaba recostada en el sofá, con su vestido rojo ceñido que marcaba sus curvas perfectas, esas nalgas redondas que me volvían loco cada vez que las veía moverse. Yo, sentado a su lado con una chela fría en la mano, no podía dejar de mirarla. Habíamos estado casados cinco años, y aunque el sexo seguía siendo chingón, últimamente platicábamos de fantasías más locas. Un trío, güey. La idea me rondaba la cabeza como un trio porno con mi esposa, de esos que ves en internet pero que nunca te atreves a vivir.

—Oye, carnal —le dije, pasando mi mano por su muslo suave, sintiendo el calor de su piel bajo la tela—. ¿Y si invitamos a alguien? Pablo, tu amigo de la uni, el que siempre te coquetea con la mirada.

Laura se rio, ese sonido ronco y juguetón que me ponía la verga dura al instante. Sus ojos cafés brillaban con picardía mientras se incorporaba, rozando su pecho contra mi brazo. Olía a vainilla y a algo más, un aroma almizclado que ya me indicaba que estaba cachonda.

¿De veras lo harías? ¿Un trio porno con tu esposa? Joder, qué emoción me da pensarlo.

¡Estás loco, pendejo! —dijo, pero no era un no. Era un sí disfrazado. Mandó un WhatsApp rápido a Pablo, y media hora después, el güey llegó con una botella de tequila reposado y esa sonrisa de conquistador. Alto, moreno, con músculos que se notaban bajo la camisa ajustada. Laura lo abrazó más de lo normal, y yo sentí un cosquilleo en el estómago, una mezcla de celos y excitación que me aceleraba el pulso.

Nos sentamos en la terraza, con las luces tenues y la brisa nocturna trayendo olores de tacos de la esquina. El tequila fluía, y las pláticas se pusieron subidas de tono. Pablo contaba anécdotas de sus ligues, y Laura se reía, cruzando las piernas de forma que su vestido subía un poco, dejando ver la piel bronceada de sus muslos. Yo la observaba, notando cómo sus pezones se endurecían contra la tela. Esto va a pasar, pensé, mientras mi corazón latía como tambor.

La tensión crecía con cada shot. Pablo rozó accidentalmente la mano de Laura al pasarle la sal, y ella no la retiró. Yo me acerqué, besándola en el cuello, saboreando el sudor salado mezclado con su perfume. —¿Quieres esto, mi amor? —susurré. Ella asintió, mordiéndose el labio, y miró a Pablo con ojos que gritaban ven.

Entramos a la recámara, el aire espeso con anticipación. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas al tacto. Laura se paró en medio, quitándose el vestido despacio, revelando su cuerpo desnudo: senos firmes con areolas oscuras, cintura estrecha, y esa panocha depilada que brillaba ya de humedad. Pablo y yo nos desvestimos rápido, mis huevos apretados de deseo, su verga gruesa y venosa poniéndose tiesa al verla.

Vengan, cabrones —dijo ella, con voz ronca, tumbándose en la cama. Yo me acosté a su lado izquierdo, besando su boca dulce, lengua danzando con la suya mientras olía su aliento a tequila. Pablo se acercó por el otro lado, lamiendo su cuello, bajando a sus tetas. Escuché el chupeteo húmedo, vi cómo sus labios rojos envolvían el pezón, y Laura gimió bajito, arqueando la espalda. Sus manos nos buscaban: la mía en su clítoris, frotando lento en círculos, sintiendo la humedad resbaladiza; la de Pablo en sus nalgas, amasándolas con fuerza.

Esto es mejor que cualquier trio porno con mi esposa. Su piel quema, su olor me enloquece.

La escalada fue gradual, como un fuego que se aviva. Laura se puso de rodillas, alternando mamadas: primero mi verga, chupando la cabeza con labios suaves, saliva goteando por el tronco mientras gemía mmm; luego la de Pablo, más grande, la tragaba hasta la garganta, ojos lagrimeando de esfuerzo pero con placer puro. Yo la veía, el sonido de succión y arcadas llenando la habitación, el olor a sexo impregnando el aire —sudor, fluidos, testosterona—. Mis dedos en su cabello, guiándola, mientras Pablo me miraba y decía: —Tu vieja es una diosa, carnal.

La volteamos boca abajo, yo debajo de ella. Laura montó mi cara, su concha jugosa presionando mi boca. La saboreé: salada, dulce, con ese sabor almendrado único de su excitación. Lamí su clítoris hinchado, chupando mientras ella se mecía, sus jugos empapándome la barba. Pablo se posicionó atrás, escupiendo en su ano para lubricar, pero ella guio su verga a la entrada de su panocha. —Aquí, pendejo, fóllame duro. Él embistió lento al principio, el sonido de carne contra carne plaf plaf, sus bolas golpeando mi frente. Sentí cada thrust a través de su cuerpo tembloroso, sus gemidos convirtiéndose en gritos: —¡Sí, cabrón! ¡Más!

El ritmo aumentó, sudor goteando de todos. Cambiamos posiciones: Laura de perrito, yo en su boca, Pablo en su coño. La veía tragar mi verga entera, garganta contrayéndose, mientras Pablo la taladraba, sus caderas chocando con fuerza. Olía a sexo puro, a piel caliente, a su aroma mezclado con el nuestro. Mis manos en sus tetas rebotando, pellizcando pezones duros como piedras. La estoy compartiendo, pero es mía, pensé, el morbo triplicando el placer.

La tensión llegó al pico cuando la pusimos en el centro. Yo en su panocha, embistiendo profundo, sintiendo sus paredes apretarme como puño; Pablo en su boca, follándole la cara. Ella se retorcía, uñas clavándose en mis brazos, cuerpo convulsionando en su primer orgasmo. —¡Me vengo, chingados! —gritó, jugos salpicando mis huevos. Ese sonido gutural, el temblor de sus muslos, me llevó al borde.

Cambiamos: Pablo la penetró vaginal mientras yo la cogí por el culo, lubricado con su propia humedad y saliva. Doble penetración, sus gemidos ahogados en almohada. Sentí su esfínter apretado, caliente, el roce de la verga de Pablo a través de la delgada pared. —¡Qué rico, mis amores! —jadeaba ella. Sudor chorreando, respiraciones entrecortadas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Olía a todo: semen preeyaculatorio, su corrida anterior, pieles frotándose.

El clímax explotó como volcán. Pablo se corrió primero, gruñendo ¡Ah, carajo!, llenándola de leche caliente que sentí escurrir. Eso me detonó: embestí tres veces más, descargando chorros espesos en su culo, el placer cegador, venas pulsando. Laura llegó al segundo orgasmo, gritando, cuerpo rígido, panocha contrayéndose en espasmos que ordeñaban a Pablo.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Laura en medio, besándonos alternadamente, su piel pegajosa y tibia contra la mía. Pablo se retiró con una palmada juguetona en su nalga. —Chingón, carnales. Repetimos cuando quieran.

Nos quedamos solos después, abrazados bajo las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón aún acelerado. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a intimidad profunda.

El trio porno con mi esposa no fue solo porno. Fue conexión, confianza, amor sucio y puro. Nos unió más.

—Te amo, pendejo —murmuró ella, sonriendo pícara—. ¿Listo para la próxima aventura?

Yo solo asentí, sabiendo que esto había cambiado todo para bien. La noche se cerró con paz, el jazmín filtrándose por la ventana, prometiendo más noches inolvidables.

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