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Cogiendo en Trío con Mi Esposa

6667 palabras

Cogiendo en Trío con Mi Esposa

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la ciudad se cuela por las ventanas de nuestro depa en Polanco. Ana, mi esposa, andaba con ese vestido rojo que se le pega al cuerpo como segunda piel, marcando sus curvas perfectas. Llevábamos casados cinco años y la neta, el deseo entre nosotros no se apagaba ni tantito. Esa noche, mientras preparábamos unos tequilas en la barra de la cocina, le solté la idea que me rondaba la cabeza hace rato.

—Wey, ¿y si probamos algo nuevo? Un trío, tú y yo con alguien de confianza, le dije, viéndola fijo a los ojos verdes que me volvían loco.

Ana se rio bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel, y se acercó rozando su cadera contra la mía. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como a deseo puro. —Pendejo, ¿estás celoso o qué? Neta, me prende la idea. No lo pensó dos veces. Llamamos a Marco, un cuate de la uni, soltero y guapísimo, con ese porte de moreno atlético que siempre había notado que a Ana le gustaba mirar de reojo.

Media hora después, Marco tocaba el timbre. Entró con una sonrisa pícara, botella de Don Julio en mano.

—Órale, carnales, ¿qué pedo? ¿Fiestón privado?
Nos dimos un abrazo de esos que duran un segundo de más, y el aire se cargó de electricidad. Servimos shots, pusimos salsa en el estéreo, y empezamos a platicar pendejadas para romper el hielo. Ana bailaba despacito, moviendo las nalgas al ritmo de La Chona, y yo sentía mi verga endureciéndose solo de verla.

El principio fue puro coqueteo. Marco le guiñó un ojo a Ana mientras le pasaba el tequila. —Estás cañona esta noche, Ana. Ella se sonrojó, pero no se achicó; le contestó con una mirada que decía tócame si te atreves. Yo me senté en el sofá, observándolos, con el corazón latiéndome a mil. Esto va en serio, pensé, y el calor me subió por el pecho hasta la garganta.

Gradualmente, las manos empezaron a rozarse. Ana se sentó entre nosotros, su muslo contra el mío, el otro contra el de Marco. El olor a su perfume se mezclaba con el tequila y un leve aroma a sudor fresco. Le di un beso en el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras Marco le acariciaba el brazo.

—¿Seguros de esto, weyes?
preguntó él, voz grave. —Más que nunca, respondimos al unísono. Ahí fue cuando la tensión explotó.

Ana se volteó hacia mí primero, besándome con hambre, su lengua explorando mi boca como si fuera la primera vez. Sentí sus tetas firmes presionando mi pecho, los pezones duros bajo la tela delgada. Marco no se quedó atrás; le bajó un tirante del vestido, besándole el hombro. —Qué rica estás, Ana, murmuró. Ella gimió bajito, un sonido que me puso la verga como piedra. La desvestimos entre los dos, despacio, saboreando cada centímetro de piel expuesta. Su chucha ya brillaba de humedad cuando le quitamos las panties, oliendo a excitación pura, ese olor almizclado que me volvía loco.

La llevamos al cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Ana se recostó, abriendo las piernas con confianza, invitándonos. Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi piel sudada, y Marco hizo lo mismo, revelando un torso marcado que Ana miró con lujuria. Cogiendo en trío con mi esposa, se me cruzó por la mente mientras me posicionaba entre sus muslos. Empecé lamiéndole la chucha, saboreando su jugo dulce y salado, la lengua hundida en sus labios hinchados. Ella arqueó la espalda, gimiendo ¡Ay, cabrón, sí!, agarrándome el pelo.

Marco se arrodilló junto a su cabeza, sacando su verga gruesa y venosa. Ana la tomó con la mano, masturbándola despacio, luego se la metió a la boca con un slurp húmedo. El sonido de su chupada, succionando la cabeza, me aceleró el pulso. Yo lamía más fuerte, metiendo dos dedos en su coño apretado, sintiendo cómo se contraía alrededor. El cuarto olía a sexo: sudor, saliva, y ese aroma íntimo de hembra en celo. Los gemidos de Ana vibraban contra la polla de Marco, y él gruñía ¡Qué chúpala rica, pinche puta!, pero en tono juguetón, consentido.

Cambiamos posiciones. Ana se puso a cuatro patas, ofreciéndome su culo redondo y firme. Lo azoté suave, sintiendo el rebote de la carne, el calor irradiando. Me hundí en ella de una estocada, su chucha envolviéndome como guante caliente y mojado. ¡Sí, cógeme duro, amor! gritó. Marco se colocó enfrente, y ella volvió a mamarle la verga, babeándola toda. Yo embestía rítmicamente, el slap-slap-slap de mis huevos contra su clítoris llenando el aire, mezclado con sus arcadas felices chupando a Marco. Sudábamos a chorros, el olor salado pegándose a la piel. Sentía su interior palpitando, acercándose al orgasmo.

La volteamos para que cabalgara a Marco. Él se recostó, verga parada como mástil, y Ana se empaló en ella con un gemido largo, sus tetas rebotando al ritmo. Yo me paré detrás, escupiendo en su ano para lubricar, y metí un dedo primero, luego dos, preparándola.

—Tranquilo, mi amor, me encanta
, jadeó ella. Empujé mi verga en su culo, despacio, sintiendo la resistencia inicial ceder a un calor apretadísimo. Estábamos los tres conectados: yo en su culo, Marco en su chucha, moviéndonos en sincronía. Ana gritaba de placer, ¡Me vengo, cabrones, me vengo!, su cuerpo temblando, contrayéndose alrededor de nosotros. El sonido de su squirt mojando las sábanas, el olor a orgasmo intenso, todo era puro éxtasis.

Yo no aguanté más. Saqué la verga de su culo y me vine en su espalda, chorros calientes salpicando su piel suave, mientras Marco se corría dentro de su coño, gruñendo como bestia. Ana colapsó entre nosotros, jadeando, el pecho subiendo y bajando rápido. Nos quedamos así un rato, piel con piel, el sudor enfriándose, el corazón latiendo al unísono. Besos suaves, caricias perezosas. —Eso estuvo de a madre, dijo Marco, riendo.

Luego, en la ducha, nos lavamos mutuamente bajo el agua caliente, jabón resbalando por curvas y músculos. Ana me miró con ojos brillantes. —Gracias por esto, mi vida. Nos unió más. Marco se despidió con un abrazo, prometiendo repetir algún día. Nos fuimos a la cama solos, abrazados, oliendo aún a sexo. Mientras ella se dormía en mi pecho, pensé en lo puta y hermosa que era mi esposa, y en cómo cogiendo en trío con mi esposa había sido la fantasía perfecta hecha realidad. El deseo no se acababa; solo crecía, más fuerte, más nuestro.

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