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La Tentación de Triar

6162 palabras

La Tentación de Triar

Estás en la terraza de una villa lujosa en Playa del Carmen, el sol del atardecer tiñe el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. El aire huele a sal y coco, mezclado con el aroma dulce de las piñas coladas que circulan en bandejas. La música reggaetón retumba suave, haciendo vibrar el piso de madera bajo tus pies descalzos. Ahí la ves, recargada en la barandilla, con un vestido rojo ceñido que abraza sus curvas como una segunda piel. Triar, se llama, te lo dijo el amigo que te presentó hace rato. Su cabello negro cae en ondas salvajes hasta la cintura, y cuando se gira, sus ojos cafés oscuros te clavan como un imán.

¡Neta, wey, esta morra es puro fuego! ¿Cómo le digo que me muero por probarla?
Piensas mientras te acercas, el corazón latiéndote a todo lo que da. Ella sonríe, juguetona, y te ofrece su copa. "¿Quieres un trago, guapo? O ¿prefieres algo más... directo?" Su voz es ronca, con ese acento mexicano que suena a miel caliente, y el roce de sus dedos en los tuyos envía chispas por tu espina.

Hablan de todo y nada: de la playa, de cómo el mar siempre llama al deseo, de lo chido que es soltarse en vacaciones. Cada risa suya hace que sientas su aliento cálido cerca de tu cuello, y el perfume de su piel —jazmín y vainilla— te envuelve como una niebla sensual. Bailan pegados cuando suena un dembow lento, sus caderas ondulando contra las tuyas. Sientes su calor a través de la tela fina, el roce de sus pechos firmes presionando tu torso. Ya la tienes dura, cabrón, te dices, pero ella lo nota y se muerde el labio, sin apartarse ni un centímetro.

La noche cae como un velo negro salpicado de estrellas, y el viento trae el rumor de las olas rompiendo en la orilla. "Vamos adentro", susurra Triar en tu oído, su aliento caliente haciendo que se te erice la piel. Su mano te jala suave pero firme hacia las escaleras de la villa, subiendo entre risas ahogadas y besos robados en los escalones. El pasillo está iluminado por velas que parpadean, oliendo a cera derretida y anticipación.

En la habitación, la puerta se cierra con un clic suave, y de pronto el mundo se reduce a ustedes dos. Ella se gira, el vestido rojo resbalando por sus hombros como agua. Lo ves caer, revelando su cuerpo desnudo debajo —piel morena suave, pechos redondos con pezones oscuros ya duros, caderas anchas invitando a ser agarradas.

¡Puta madre, es perfecta! Quiero devorarla entera.
Te quitas la camisa con manos temblorosas, y ella se acerca, sus uñas rozando tu pecho, bajando lento hasta tu pantalón.

Sus labios encuentran los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a ron y frutas tropicales. Gimes contra su boca cuando sus dedos liberan tu verga, ya palpitante y lista. "Mira qué rica la traes, papi", murmura ella, arrodillándose con una sonrisa pícara. Su aliento caliente roza la punta antes de que su lengua la lama despacio, de abajo arriba, saboreando cada vena. El sonido húmedo de su boca succionando te vuelve loco, y agarras su cabello suave, guiándola sin forzar, solo sintiendo cómo se la traga profunda, sus gemidos vibrando en tu piel.

La levantas, la tumbas en la cama king size con sábanas de algodón egipcio que huelen a lavanda fresca. Besas su cuello, mordisqueando suave esa piel salada por el sudor del baile. Bajas por su clavícula, lamiendo el valle entre sus tetas, chupando un pezón hasta que arquea la espalda y suelta un "¡Ay, sí, así, cabrón!". Tus manos exploran sus muslos carnosos, abriéndolos para encontrar su coño ya mojado, hinchado de deseo. El olor almizclado de su arousal te golpea, embriagador, y metes dos dedos despacio, sintiendo cómo se aprieta alrededor, caliente y resbalosa.

Está empapada por mí, neta que sí, piensas mientras la dedo con ritmo creciente, el pulgar frotando su clítoris hinchado. Ella se retuerce, uñas clavándose en tus hombros, jadeos entrecortados llenando la habitación. "No pares, por favor... ¡me vengo!" Grita bajito, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando tus dedos. La besas para acallar sus gritos, saboreando su placer en su lengua.

Ahora es tu turno. Triar te empuja boca arriba, montándote como una diosa. Su coño se desliza sobre tu verga, centímetro a centímetro, apretado y ardiente como un guante de terciopelo.

¡Chingado, qué delicia! Se siente como el paraíso.
Empieza a cabalgar lento al principio, caderas girando en círculos que te hacen ver estrellas, sus tetas rebotando hipnóticas. El slap-slap de piel contra piel se mezcla con sus gemidos roncos y tus gruñidos guturales. Sudas juntos, el olor de sexo crudo impregnando el aire —sudor, fluidos, pasión pura.

Aceleran, ella se inclina para morderte el labio, susurrando "Dame duro, amor, hazme tuya". La agarras de las nalgas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada, sintiendo cómo sus paredes internas palpitan, ordeñándote. El clímax se acerca como una ola gigante; sus ojos se clavan en los tuyos, pupilas dilatadas de puro éxtasis. "¡Me vengo otra vez, contigo!" Grita, y su coño se contrae como un vicio, llevándote al borde. Explota dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras tiemblas, el mundo blanco por segundos eternos.

Caen exhaustos, enredados en sábanas revueltas. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón galopando al ritmo del tuyo. El aire ahora huele a sexo satisfecho y paz, con la brisa marina colándose por la ventana entreabierta. Triar traza círculos perezosos en tu piel con la yema del dedo. "Eso estuvo chingón, ¿verdad? ¿Volvemos a triar pronto?" Dice con una risita, y tú sonríes, besando su frente húmeda.

Triar no es solo un nombre, es una adicción. Esta noche cambió todo.
Duermen así, cuerpos entrelazados, soñando con más amaneceres en la playa. El mar susurra promesas de placer infinito, y sabes que esto apenas empieza.

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