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Trío con los Duendes

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Trío con los Duendes

Estaba caminando por el sendero del bosque cerca de mi ranchito en las afueras de Oaxaca, el sol filtrándose entre las hojas como rayos de miel caliente. El aire olía a tierra húmeda y flores silvestres, mezclado con ese aroma fresco de pino que te eriza la piel. Llevaba mi falda ligera ondeando con la brisa, sandalias gastadas pisando hojarasca crujiente. Qué chido escaparme así, sola, sin el pinche jale de la casa, pensé, mientras mi corazón latía un poco más rápido por la emoción de lo desconocido.

De repente, risas traviesas rompieron el silencio, como campanitas tintineando en la distancia. Me detuve, el pulso acelerándose. ¿Qué pedo? Seguí el sonido hasta un claro rodeado de helechos gigantes, donde tres figuras bailaban alrededor de una fogata pequeña. No eran humanos del todo: bajitos, como de un metro veinte, pero con cuerpos musculosos, piel bronceada brillando al fuego, ojos verdes chispeantes y orejas puntiagudas. Duendes, neta, como los de las leyendas que mi abuelita contaba. Vestían solo taparrabos de hojas tejidas, sus torsos tatuados con símbolos antiguos que parecían moverse solos.

Uno, el más alto con cabello negro revuelto, me vio primero.

"¡Órale, mira nomás qué chula se nos perdió por aquí, carnales! Ven, morra, no le tengas miedo al trío de los duendes."
Su voz era ronca, juguetona, con ese acento picoso de las sierras. Los otros dos, uno rubio con pecas y otro moreno de sonrisa pícara, se acercaron saltando. El aire se cargó de un olor dulce, como miel fermentada y almizcle, que me hizo cosquilleo en la nariz y un calor subir por el vientre.

Quise correr, pero sus ojos me atraparon. Son guapísimos, wey, como diablitos sexys salidos de un sueño caliente. Me invitaron a sentarme en una piedra musgosa, ofreciéndome un fruto rojo jugoso que sabía a fresa madura y canela. Mientras masticaba, sus manos rozaron mis brazos, suaves como pétalos pero firmes. Esto no puede ser real, pero qué rico se siente. El moreno, que se presentó como Cualli, me susurró al oído:

"Somos los duendes guardianes de este bosque, y tú hueles a deseo fresco. ¿Quieres jugar con nosotros?"

El deseo inicial era como una chispa: sus dedos trazando patrones en mi piel, el calor de la fogata lamiendo mis piernas. Acepté con un sí tembloroso, el corazón retumbando como tambor de fiesta. Empezaron a bailar a mi alrededor, sus cuerpos girando, músculos flexionándose bajo la luz anaranjada. El rubio, Xochi, tocó mi falda, subiéndola despacio, revelando mis muslos. Su aliento caliente en mi cuello olía a hierbas silvestres. Me estoy mojando ya, pendeja, contrólate.

La tensión creció cuando me quitaron la blusa con delicadeza, sus labios besando mis hombros. Piel contra piel, áspera y suave al mismo tiempo. Cualli chupó mi oreja, mientras el tercero, Tlacaelel, de cabello negro, lamía mi clavícula con lengua hábil. Gemí bajito, el sonido ahogado por el crepitar del fuego. Sus manos exploraban: una en mi pecho, apretando pezones que se endurecieron como piedras calientes; otra bajando por mi panza, rozando el borde de mis calzones.

Esto es una locura, pero qué padre, nunca sentí tanto fuego adentro. Me recostaron sobre una cama de musgo mullido, que olía a tierra viva y secreta. Xochi se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, su barba incipiente raspando deliciosamente. Abrí las piernas por instinto, exponiéndome al aire fresco. Su lengua encontró mi centro, lamiendo lento, saboreando mis jugos con gruñidos de placer.

"Qué rica estás, nena, como néctar de maguey."
El sabor salado de mi excitación lo volvía loco, y yo arqueaba la espalda, uñas clavándose en el musgo.

Cualli y Tlacaelel no se quedaron atrás. Cualli mamaba mi teta izquierda, succionando fuerte hasta que dolía rico, mientras Tlacaelel besaba mi boca, su lengua danzando con la mía, saboreando a fruta y humo. Mis manos bajaron a sus taparrabos, arrancándolos. Sus vergas saltaron libres: duras, venosas, más grandes de lo que esperaba para su tamaño, palpitando calientes en mis palmas. Las apreté, sintiendo el pulso acelerado, la piel sedosa sobre acero.

La intensidad subió cuando intercambiaron posiciones. Ahora Tlacaelel lamía mi clítoris, chupándolo como caramelo derretido, mientras Xochi metía dos dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. ¡Ay, cabrones, me van a hacer venir ya! Grité, pero me frenaron con besos, prolongando la tortura deliciosa. Cualli frotaba su verga contra mi mano, pre-semen goteando pegajoso en mis dedos, oliendo a almizcle puro.

Me voltearon boca abajo, el musgo fresco contra mis tetas. Sentí sus cuerpos presionando: uno adelante, uno atrás, el tercero guiándome. Cualli se colocó debajo, su verga alineada con mi entrada. Bajé despacio, empalándome en él. Qué grueso, me llena chingón, pensé, mientras su calor me envolvía, estirándome al límite. Gemí ronca, el estirón dulce quemando. Xochi detrás, escupió en mi ano, masajeando con dedos lubricados. Asentí, ansiosa. Entró lento, centímetro a centímetro, el ardor convirtiéndose en éxtasis doble. Tlacaelel ante mí, ofreciendo su miembro a mi boca.

El trío de los duendes me tenía en su poder, pero yo los montaba con furia. Cabalgaba a Cualli, su pubis chocando contra mi clítoris, mientras Xochi embestía mi culo, sus bolas golpeando suaves. Chupaba a Tlacaelel, saboreando su piel salada, venas pulsando en mi lengua. Sonidos everywhere: carne palmoteando, jadeos guturales, mi garganta gorgoteando. Sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo crudo y bosque vivo.

"¡Más duro, pinches duendes, rómpanme!"
grité entre succiones.

La psicología se entretejía: Esto es mío, yo los controlo, su magia me empodera. Sus ojos brillaban con adoración, no dominación. Cambiamos ritmos, yo arriba controlando penetraciones profundas, luego ellos turnándose en mi coño, ano y boca. El clímax se acercaba como tormenta: mis paredes contrayéndose, jugos chorreando por sus muslos. Xochi gruñó primero, llenándome el culo con chorros calientes, viscosos. Eso me disparó: orgasmo brutal, cuerpo convulsionando, grito primal rasgando la noche.

Cualli y Tlacaelel siguieron, eyaculando en mi piel y boca, semen tibio salado cubriéndome como ofrenda. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones entrecortadas sincronizándose. El fuego crepitaba bajo, estrellas asomando. Sus manos acariciaban mi cabello, besos tiernos en mi frente.

En el afterglow, el bosque susurraba paz. Nunca me sentí tan viva, tan mujer completa. Cualli murmuró:

"Vuelve cuando quieras, nuestra reina del trío de los duendes."
Se desvanecieron en niebla verde, dejando solo el eco de risas y mi cuerpo saciado, marcado con sus esencias. Caminé de regreso al amanecer, piernas temblando, sonrisa pícara. El secreto ardía en mí, prometiendo más noches mágicas.

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