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El Trio Ardiente de la Esposa Mexicana

6936 palabras

El Trio Ardiente de la Esposa Mexicana

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y jazmín fresco, con esa brisa tibia que se colaba por las cortinas de nuestra suite en el hotel. Mariana, mi esposa mexicana de curvas generosas y piel morena que brillaba bajo la luz de la luna, se recargaba en el balcón con un vestido rojo ceñido que marcaba sus caderas anchas y sus pechos llenos. Yo la veía desde la cama king size, con el corazón latiéndome fuerte, imaginando lo que platicamos esa tarde en la playa.

¿De verdad vamos a hacerlo, carnal? me había preguntado ella con esa sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior mientras el sol poniente teñía su cabello negro de tonos cobrizos. "Simón, nena, si tú quieres. Un trio para avivar la flama, pa' que sientas lo que es ser deseada por dos cabrones como nosotros". Ella se rió, juguetona, y me jaló de la mano hacia el agua turquesa, donde sus nalgas redondas se mecían al ritmo de las olas.

Ahora, el reloj marcaba las once. Carlos, el wey alto y atlético que conocimos en el bar del lobby –un turista gringo con acento neutro pero que chapaba español chido–, tocó la puerta. Mariana abrió, y el aire se cargó de electricidad. Él traía una botella de tequila reposado y una mirada que devoraba el cuerpo de mi reina.

¡Órale, qué chula estás, Mariana! Tu esposo tenía razón, eres una diosa mexicana.

Ella se sonrojó, pero sus ojos cafés chispeaban de excitación. "Pasa, guapo. Vamos a ver si aguantas el ritmo de una esposa mexicana en trio". Lo guié adentro, sirviendo shots en vasos helados. El tequila bajaba ardiente por la garganta, calentando el estómago y soltando las inhibiciones. Nos sentamos en el sofá de cuero suave, las piernas rozándose accidentalmente al principio, luego con intención.

La conversación fluyó como el ronroneo de un motor viejo: de la playa a los viajes, hasta confesiones sucias. Mariana se acomodó entre nosotros, su muslo carnoso presionando el mío, mientras Carlos le acariciaba el brazo con dedos largos. Sentí su calor irradiando, olía a vainilla de su loción mezclada con el sudor ligero de anticipación. Esto es real, pendejo. Tu mujer va a ser el centro del universo esta noche, pensé, y mi verga ya se ponía dura como piedra bajo los shorts.

El primer beso fue entre ella y Carlos. Sus labios se unieron con un chasquido húmedo, lenguas danzando visibles, mientras yo observaba hipnotizado. Mariana gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel, y metió la mano en el pelo de él, jalándolo más cerca. Yo no aguanté: le subí el vestido por los muslos, revelando encaje negro que apenas cubría su coño depilado. Sus nalgas se sentían firmes y calientes al tacto, como masa fresca lista para amasar.

Acto de escalada. Nos mudamos a la cama, quitándonos la ropa entre risas nerviosas y besos robados. Mariana quedó en el centro, desnuda, su cuerpo voluptuoso extendido como una ofrenda. Sus tetas grandes subían y bajaban con cada respiración agitada, pezones oscuros endurecidos por el aire acondicionado. Carlos y yo la flanqueamos, besándola por turnos: yo en la boca, saboreando su saliva dulce con toques de tequila; él en el cuello, chupando hasta dejar marcas rojas que ella adoraba.

"Chínguenme ya, cabrones", susurró ella con voz ronca, arqueando la espalda. El aroma de su excitación llenaba la habitación, almizclado y embriagador, como tierra mojada después de la lluvia. Carlos se hincó entre sus piernas, lamiendo sus labios mayores con lengua experta. Mariana jadeó, clavándome las uñas en el brazo, su piel sudada resbaladiza. Yo le mamé una teta, succionando el pezón con fuerza, sintiendo su pulso acelerado contra mi lengua. ¡Qué rico sabe, neta! Mi esposa mexicana en trio, abierta como flor de noche.

La tensión crecía como ola en tormenta. Ella se retorcía, muslos temblando mientras Carlos la comía con hambre, sus bolas peludas rozando las sábanas. Yo metí dos dedos en su boca, y ella los chupó como si fueran verga, mirándome con ojos vidriosos de placer. "Más, wey, hazme gritar", le ordenó a Carlos, y él obedeció, metiendo la lengua profundo, haciendo que su clítoris hinchado palpitara.

Intercambiamos posiciones. Mariana se puso a cuatro patas, culo en alto, invitándonos. Su ano rosado guiñaba entre nalgas separadas, y el coño chorreaba jugos transparentes que olían a deseo puro. Carlos se colocó atrás, frotando su pito grueso venoso contra su raja húmeda. Yo adelante, ofreciéndole mi verga tiesa, que ella engulló con un gemido ahogado. El sonido de succiones y palmadas llenaba el aire, mezclado con nuestros gruñidos animales.

Él la penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola. Mariana chilló de gusto, vibrando alrededor de mi polla en su boca. ¡Ay, Diosito, qué llena estoy! Dos vergas para mi cuerpo ardiente, pensé que gritaba su mente. Empujé suave en su garganta, sintiendo contracciones calientes, saliva escurriendo por mi saco. Carlos aceleró, sus caderas chocando contra las nalgas de ella con plaf plaf rítmicos, haciendo que ondas de carne temblaran.

La habitación apestaba a sexo: sudor salado, coño mojado, precum salobre. Mariana se corrió primero, un orgasmo violento que la hizo convulsionar, chorros calientes salpicando las sábanas. "¡Sí, chingen, sí!", aulló, voz quebrada. Nosotros resistimos, turnándonos para follarla sin piedad. Yo la embestí vaginal mientras Carlos le metía en la boca, luego viceversa. Sus gemidos eran sinfonía, altos y bajos, pidiendo más.

El clímax se acercaba como tsunami. Mariana nos jaló a ambos, queriendo todo. Se recostó, piernas abiertas en V, y nos masturbamos sobre ella, vergas palpitantes apuntando a su vientre suave. "Córanse en mí, mis machos", rogó, pellizcándose los pezones. Exploto yo primero, chorros blancos espesos pintando sus tetas y cara, calientes y pegajosos. Carlos la siguió, semen caliente goteando en su coño abierto. Ella se frotó, mezclando todo, lamiendo dedos con deleite.

En el afterglow, nos derrumbamos en un enredo sudoroso. La brisa marina enfriaba nuestra piel febril, mientras Mariana reía bajito, besándonos alternos. "Qué trio de la chingada, ¿eh? Mi esposo y su amigo, los mejores". Carlos sonrió, exhausto. "Vuelve cuando quieras, reina mexicana". Yo la abracé, oliendo nuestra mezcla en su pelo, sintiendo paz profunda.

Esto nos unió más, carnal. La esposa mexicana en trio no fue fin, sino principio de aventuras locas.

Durmió entre nosotros, ronquidos suaves y pechos subiendo calmados. Afuera, el Pacífico susurraba promesas de más noches así, calientes y sin remordimientos.

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