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Un Trío Prohibido

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Un Trío Prohibido

El calor de la noche en Playa del Carmen me envolvía como una caricia pegajosa. Estaba con Marco, mi carnal de tantos años, bailando en esa fiesta playera que organizaban los hoteles de lujo. La arena tibia bajo mis pies descalzos, el olor a sal y coco flotando en el aire, y el ritmo de la cumbia rebajada haciendo que mis caderas se movieran solas. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba a mi piel sudada, y cada vez que Marco me tomaba de la cintura, sentía su verga endureciéndose contra mi nalga. Qué chido está este wey, pensé, mordiéndome el labio.

Entonces la vi. Se llamaba Sofía, una morra alta y curvilínea con piel morena como la mía, pero con unos ojos verdes que brillaban bajo las luces de neón. Trabajaba en el bar del hotel, sirviendo tequilas con una sonrisa pícara que me ponía la piel de gallina. Marco y yo la invitamos a un trago, y de ahí la plática fluyó como el mezcal. Hablamos de todo: de la vida en la playa, de lo aburrido que era el día a día en la ciudad, y de pronto, Sofía soltó: "Yo siempre he querido probar un trío, pero con gente chida como ustedes". Sus palabras me cayeron como balde de agua fría... o caliente, mejor dicho. Sentí un cosquilleo entre las piernas, mi panocha humedeciéndose solo de imaginarlo.

Marco me miró con esa ceja arqueada que conozco tan bien, y yo asentí, el corazón latiéndome a mil.

¿Y si lo hacemos? ¿Y si esta noche rompemos todas las reglas?
La tensión crecía con cada sorbo. Sofía se acercó más, su mano rozando mi muslo bajo la mesa alta de la barra. Su perfume a vainilla y jazmín se mezclaba con el mío, y el roce de sus dedos era eléctrico, suave como pluma pero firme como promesa. Marco nos observaba, su respiración pesada, y yo sentía su mano en mi espalda baja, bajando despacio hasta apretarme la nalga.

Salimos de la fiesta caminando por la playa, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos, la luna llena pintando todo de plata. Nadie hablaba mucho, solo risitas nerviosas y miradas cargadas de deseo. Llegamos al cuarto de hotel de Marco, una suite con vista al mar, aire acondicionado zumbando bajito y una cama king size que parecía gritar úsenme. Cerramos la puerta y el mundo se redujo a nosotros tres.

Empecé yo, quitándome el vestido de un jalón, quedando en tanga y sostén de encaje negro. Sofía jadeó, sus ojos devorándome. "Estás cañona, Ana", murmuró, y se desvistió ella también, revelando tetas firmes y redondas, pezones oscuros ya duros como piedritas. Marco se quedó en boxers, su verga marcándose gruesa y larga contra la tela. Me acerqué a Sofía primero, besándola con hambre. Sus labios eran suaves, sabían a tequila y menta, su lengua danzando con la mía en un ritmo lento que me hacía gemir bajito.

Marco se unió, besándome el cuello mientras sus manos exploraban mi espalda. Sentí su aliento caliente en mi oreja: "Te quiero ver con ella, mi amor". Bajamos a la cama, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Sofía me recostó y empezó a lamer mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrona! El placer era agudo, como rayos bajando directo a mi clítoris. Marco se arrodilló entre mis piernas, quitándome la tanga con los dientes. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que tanto le gusta. Su lengua encontró mi panocha empapada, lamiendo despacio desde el ano hasta el botón, círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

Yo no me quedé atrás. Tomé la verga de Marco con la mano, dura como fierro, venosa y palpitante. La masturbé mientras Sofía se sentaba en mi cara, su coño depilado rozando mis labios. La probé: salada, dulce, con un toque de sudor playero. La lamí con ganas, metiendo la lengua adentro, sintiendo cómo se contraía alrededor. Ella gemía fuerte, "¡Sí, así, Ana, no pares!", sus jugos corriendo por mi barbilla. Marco metió dos dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me vuelve loca, mientras su boca succionaba mi clítoris. El cuarto se llenó de sonidos: chupadas húmedas, gemidos ahogados, el crujir de la cama.

La tensión subía como marea. Cambiamos posiciones. Sofía se puso a cuatro patas, y Marco la penetró por atrás, su verga desapareciendo en esa panocha reluciente. Yo me acosté debajo de ella, lamiendo donde se unían: su clítoris hinchado, los huevos de Marco golpeando rítmicamente. El sabor era una mezcla loca de ella y él, sudor y sexo puro. Sofía se agachó para besarme, nuestras lenguas enredadas mientras Marco la cogía más fuerte, sus embestidas haciendo temblar la cama. "¡Qué rico se siente un trío así!", gritó ella, y yo asentí, mi cuerpo en llamas.

Marco salió de Sofía y me volteó a mí, penetrándome de una. ¡Madre mía! Llenándome por completo, su grosor estirándome deliciosamente. Sofía se recostó a mi lado, frotando mi clítoris con dedos expertos mientras Marco me taladraba. Cada empujón era profundo, golpeando mi cervix con placer dulce-doloroso. Sudábamos todos, pieles resbalosas chocando, olores intensos de sexo impregnando el aire. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el estómago.

"Córrete conmigo, Ana", gruñó Marco, acelerando. Sofía me metió un dedo en el culo, suave, lubricado con mis jugos. Eso fue el detonador. Exploté, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer saliendo de mí mientras gritaba "¡Sí, pendejos, no paren!". Marco se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, pulsos y pulsos que sentía adentro. Sofía se masturbó viéndonos, viniéndose con un aullido, su cuerpo temblando contra el mío.

Nos quedamos tirados, jadeando, cuerpos enredados en un montón sudoroso y satisfecho. El ventilador giraba perezoso arriba, enfriando nuestra piel febril. Marco me besó la frente, Sofía mi boca, suave ahora, con ternura. "Esto fue chingón", susurré, riendo bajito. La playa susurraba afuera, olas calmadas como nuestro pulso bajando. No había arrepentimientos, solo una conexión nueva, profunda. Un trío que nos había unido más, dejándonos con el sabor de lo prohibido en la lengua y el eco del placer en la piel.

Al amanecer, Sofía se fue con un beso y una promesa de repetir. Marco y yo nos quedamos en la cama, sus dedos trazando patrones en mi espalda.

¿Quién iba a decir que un trío nos haría sentir tan vivos?
El sol entraba dorado por la ventana, y supe que esta noche había cambiado todo para bien.

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