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Dios Sabe Que Lo Intenté

6243 palabras

Dios Sabe Que Lo Intenté

La noche en Guadalajara olía a jazmín y a tacos al pastor chamuscándose en la comal. Estaba en esa fiesta de la colonia Americana, rodeada de cuates riendo a carcajadas, con el mariachi tocando La Bikina de fondo. Yo, Ana, acababa de salir de una relación tóxica con un pendejo que me tuvo meses llorando. Juré que ya no más hombres, que me iba a enfocar en mi chamba de diseñadora gráfica. Dios sabe que lo intenté. Pero ahí estaba él, Marco, mi carnal de la uni, con esa sonrisa de diablo que me hacía temblar las rodillas.

Nos saludamos con un abrazo que duró un poquito de más. Su pecho duro contra el mío, el olor de su colonia mezclada con sudor fresco. "¿Qué onda, nena? Te ves chingona", me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja. Sentí un cosquilleo bajarme por la espalda hasta el trasero. Intenté alejarme, pero sus ojos cafés, profundos como pozos, me atraparon. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de los chismes de la chamba, de cómo la vida nos había separado después de la prepa.

La tensión crecía con cada shot de tequila reposado. El líquido ardía en mi garganta, calentándome el vientre. Marco me tomaba de la mano para bailarnos un son, su palma áspera por el gym, frotándose contra la mía suave. "Estás más rica que nunca, Ana", murmuró mientras sus caderas se pegaban a las mías al ritmo de la música. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Quería resistir, neta que sí, pero su cuerpo irradiaba calor, y yo sentía mi piel erizarse, mis pezones endureciéndose bajo el vestido negro ajustado.

Dios sabe que lo intenté no caer en su juego otra vez. Pero joder, ¿por qué tenía que oler tan hombre?

Salimos a la terraza para tomar aire. La ciudad brillaba abajo, luces neón parpadeando como promesas rotas. Él se acercó, su mano en mi cintura, bajando despacito hasta mi cadera. "Te extrañé, ¿sabes?", confesó con voz ronca. Lo miré, su mandíbula marcada, labios carnosos entreabiertos. Mi mente gritaba para, pero mi cuerpo ya estaba traicionándome: el calor entre mis piernas, húmedo y traicionero.

En su depa, a unas cuadras, todo escaló. El elevador subía lento, y él me besó por primera vez. Sus labios suaves pero firmes, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Tocó mi pecho por encima del vestido, apretando suave, y yo arqueé la espalda contra la pared fría del elevador. El ding del piso nos sacó del trance, pero ya no había vuelta atrás.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras en su sala minimalista. Me quitó el vestido con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel que liberaba. "Eres perfecta, Ana", susurró mientras lamía mi cuello, bajando al valle entre mis senos. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca. Me recargué en la puerta, piernas flojas, mientras él se arrodillaba y besaba mi ombligo, sus manos masajeando mis muslos.

Lo jalé al sillón, queriendo control. Le desabroché la camisa, revelando su torso esculpido, pectorales firmes con vello oscuro que bajaba en línea recta hasta su abdomen. Lo besé ahí, saboreando la sal de su piel sudada. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. "Me tienes bien puesto, carnala", dijo riendo, pero sus ojos ardían de deseo puro.

En mi cabeza, la voz de la razón: "Ana, no seas pendeja, levántate y vete". Pero Dios sabe que lo intenté, y fallé estrepitosamente.

La cosa se puso intensa en la recámara. Su cama king size con sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia. Me tendí, él encima, piel contra piel. Sus manos expertas me exploraban: pellizcando pezones rosados hasta que dolían rico, bajando a mi monte de Venus depilado. Metió un dedo en mi humedad, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía jadear. "Estás chorreando por mí", murmuró triunfante, y yo solo asentí, perdida en el placer.

Lo volteé, queriendo mi turno. Bajé su bóxer, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La lamí de abajo arriba, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía mi nombre. "¡Ana, qué chingón!". Sus caderas se movían instintivas, follándome la boca con cuidado, pero urgente.

No aguantamos más. Se puso condón –siempre responsable, el cabrón– y me penetró despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Grité de gusto, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada roce, cada choque de pelvis. El sonido de carne contra carne, húmeda y obscena, llenaba la habitación. Sudábamos, resbalosos, oliendo a sexo puro.

Acceleramos. Yo arriba, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando con cada bajada. Él las chupaba, mordisqueaba, mientras sus manos apretaban mi culo, guiándome más rápido. "¡Sí, así, no pares!", rugía. El orgasmo me agarró de sorpresa, un tsunami que me hizo convulsionar, apretándolo dentro de mí. Él se vino segundos después, gruñendo como bestia, llenando el condón con chorros calientes.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose. Su corazón tronaba contra mi oreja, un ritmo que me arrullaba. Besos suaves en la frente, caricias perezosas en la espalda. "Esto fue chido, ¿verdad?", dijo bajito. Sonreí, exhausta pero plena. La culpa post-sexo asomó un segundo, pero la ahuyenté. Había intentado resistir, pero ¿para qué? Esto era vida, pura y carnal.

Dios sabe que lo intenté ser la chica buena. Pero con Marco, soy la puta más feliz del mundo.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, preparamos café en su cocina. Risas, planes vagos para la siguiente noche. Salí a la calle con las piernas todavía temblando, el sabor de él en mi boca, su aroma pegado a mi piel. Guadalajara nunca se sintió tan viva, tan llena de promesas calientes. Y yo, lista para intentarlo todo de nuevo.

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