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El Ardiente Trio en Inglés

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El Ardiente Trio en Inglés

Estaba en la playa de Playa del Carmen, con el sol quemándome la piel morena y el sonido de las olas rompiendo como un ritmo que me aceleraba el pulso. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho que se la pasa trabajando en un hotel de lujo, pero esa noche me solté el pelo. Llevaba un bikini rojo que me hacía sentir como una diosa, y el aire salado se pegaba a mi cuerpo sudado. En el bar playero, pedí un michelada bien fría, y ahí los vi: dos güeyes gringos, altos, musculosos, con esa piel clara que brilla bajo el sol mexicano. Uno rubio, el otro moreno, ambos con acento inglés que sonaba como música prohibida.

"Hey beautiful, mind if we join you?"
dijo el rubio, con una sonrisa que me derritió el hielo de la bebida. Se llamaba Jake, y su amigo era Ryan. Venían de California, en vacaciones, hablando ese inglés fluido que me ponía los nervios de punta. Yo respondí en mi español mezclado, pero ellos insistían en platicar en inglés, como si quisieran seducirme con cada palabra. Trio en inglés, pensé de repente, recordando esas fantasías locas que me contaban mis amigas en las copas. ¿Por qué no? Me sentía poderosa, deseada, con el corazón latiéndome fuerte contra las costillas.

Charlamos horas, riendo con sus chistes tontos sobre tacos y tequila. Jake me rozaba el brazo con sus dedos ásperos, y Ryan me miraba los labios como si quisiera devorármelos. El olor a coco de mi loción se mezclaba con su colonia varonil, ese aroma fresco de mar y sudor. Sentí un cosquilleo en el estómago, una humedad traicionera entre mis piernas. No seas pendeja, Ana, me dije, pero el deseo ya me tenía atrapada. "Vamos a mi habitación", propuse al fin, con voz ronca. Ellos asintieron, ojos brillantes de lujuria compartida.

Subimos al elevador del hotel, el aire acondicionado erizándome la piel. Jake me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a ron y sal, su lengua explorando mi boca con urgencia. Ryan se pegó por detrás, sus manos grandes deslizándose por mi cintura, bajando hasta mis caderas. Oh Dios, gemí en mi mente, el calor de sus cuerpos sandwichándome. Sus respiraciones jadeantes llenaban el espacio chico, y yo arqueé la espalda, presionando mis nalgas contra la dureza de Ryan.

En la habitación, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. La luz tenue de las lámparas pintaba sus cuerpos desnudos en sombras doradas. Me quitaron el bikini despacio, reverentes, besando cada centímetro de piel expuesta. Jake lamió mi cuello, mordisqueando suave, mientras Ryan se arrodillaba y separaba mis muslos. Su aliento caliente rozó mi panocha ya empapada, y cuando su lengua tocó mi clítoris, un rayo de placer me recorrió la espina.

"You taste so fucking good", murmuró Ryan en inglés, vibrando contra mí.
Yo me aferré al cabello de Jake, gimiendo bajito, el sabor salado de su piel en mi boca mientras lo besaba.

El deseo crecía como una ola, imparable. Me tumbaron en la cama king size, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Jake se posicionó entre mis piernas, su verga gruesa pulsando contra mi entrada. "Despacio, papi", le pedí en español, pero él sonrió y empujó lento, llenándome centímetro a centímetro. El estiramiento era exquisito, un dolor dulce que me hacía jadear. Ryan se acercó a mi rostro, ofreciéndome su miembro erecto, venoso y caliente. Lo tomé en mi mano, sintiendo su latido, y lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y almizclada.

Esto es mi trio en inglés, pensé eufórica, mientras chupaba a Ryan con avidez, mi lengua girando alrededor de su glande. Jake empezó a moverse, embistiéndome con ritmo creciente, sus pelotas golpeando mi piel húmeda. El sonido era obsceno, chapoteos rítmicos mezclados con nuestros gemidos. Sudor corría por sus pechos definidos, goteando sobre mí, y yo lo lamía ansiosa. Ryan enredó sus dedos en mi cabello, follando mi boca gentil pero firme. Me siento como una reina, internalicé, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta.

Cambiaron posiciones, escalando la intensidad. Ryan me penetró ahora, más profundo, sus caderas chocando contra las mías con fuerza animal. Jake se recostó, y yo me subí encima, cabalgándolo mientras Ryan me tomaba por detrás. Sus manos everywhere: apretando mis tetas, pellizcando pezones endurecidos, azotando suave mis nalgas.

"Harder, baby, fuck yeah"
, gruñía Jake, su acento volviéndome loca. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y fluidos mezclados con el perfume de las flores del balcón abierto. Sentía sus corazones latiendo contra mi piel, pulsos sincronizados en éxtasis.

La tensión subía, mis músculos temblando. Ryan aceleró, su verga rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Jake succionaba mi pecho, dientes rozando sensible. Ya viene, ya no aguanto, pensé, uñas clavándose en sus hombros. El orgasmo me golpeó como un tsunami, contracciones violentas ordeñando a Ryan, quien rugió y se derramó dentro, caliente y abundante. Jake me volteó, embistiéndome con furia final, y explotó segundos después, llenándome hasta rebosar.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas. El ventilador zumbaba arriba, enfriando nuestra piel febril. Jake me besó la frente, Ryan acarició mi cabello.

"That was amazing, Ana. Best trio en inglés ever"
, bromeó Ryan, guiñando. Reí suave, exhausta pero plena. Me sentía empoderada, dueña de mi placer, con el cuerpo zumbando de afterglow.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando perezosas. Sus risas resonaban en el baño de mármol, y yo les enseñé palabras en español sucio: verga, panocha, fóllame. Ellos repetían torpes, excitándonos de nuevo, pero esta vez solo jugamos, besos lentos bajo el chorro. Salimos al balcón, envueltos en toallas, mirando el mar negro salpicado de luces. El viento traía olor a yodo y jazmín, calmando mi alma inquieta.

Al amanecer, se despidieron con promesas de volver. Yo me quedé en la cama, sheets revueltas oliendo a nosotros tres. Fue más que sexo, reflexioné, un nudo dulce en el pecho. Ese trio en inglés me había despertado algo salvaje, una confianza que brillaría en cada mirada coqueta futura. Playa del Carmen seguía viva afuera, pero yo era nueva, renacida en éxtasis consensual.

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