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Fotos de Sexo en Trío que Encienden el Alma

7430 palabras

Fotos de Sexo en Trío que Encienden el Alma

Todo empezó una noche calurosa en nuestro depa de la Condesa, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá con Luis, mi carnal del alma, el wey que me hace vibrar con solo una mirada. Habíamos estado bebiendo unas chelas frías, riéndonos de tonterías, cuando saqué el celular y empecé a scrollear. "Órale, mira esto", le dije, mostrándole unas fotos de sexo en trío que encontré en un sitio pinche cachondo. Eran imágenes de tres cuerpos entrelazados, piel morena brillando bajo luces tenues, manos explorando curvas, labios devorándose. El corazón me latió fuerte, un calor subiéndome desde el estómago hasta las nalgas.

Luis se acercó, su aliento fresco de menta rozándome el cuello. "¿Neta quieres ver eso, ricura?" murmuró, su mano grande deslizándose por mi muslo bajo la falda corta. Sentí su calor a través de la tela, y un cosquilleo me recorrió la piel.

"¿Y si lo hacemos nosotro' con alguien más? ¿Con Marco, tu compa del gym?"
solté de golpe, sin pensarlo. Marco era guapo, alto, con ese tatuaje en el pecho que se asomaba por su playera siempre ajustada. Luis y él se llevaban chido, y yo siempre había fantaseado con verlo sudado, tocándome. Luis me miró fijo, sus ojos oscuros brillando con picardía. "Si tú quieres, mami, yo lo armo. Pero con fotos, pa' recordar esta locura". El pulso se me aceleró, imaginando esas imágenes nuestras flotando en el aire digital.

Al día siguiente, mandamos el mensaje a Marco. "Wey, ¿vienes esta noche? Queremos probar algo heavy". Él contestó al tiro: "¡Simón, cabrones! ¿Qué traen?". La tarde se me hizo eterna, caminando por el parque con el sol quemándome la piel, oliendo a flores y tierra húmeda. Me compré un vestido rojo escotado, sin calzones, sintiendo el aire fresco entre las piernas cada paso. ¿Y si me arrepiento? ¿Y si duele el morbo? me preguntaba, pero el deseo me picaba como chile en la lengua.

Llegó Marco a las ocho, con una botella de tequila y esa sonrisa de pendejo encantador. "¡Qué chulas se ven, weyes!", dijo abrazándonos. El ambiente se cargó al momento: risas nerviosas, shots que bajaban ardientes por la garganta, dejando un regusto ahumado. Nos sentamos en la cama king size, con velas parpadeando y música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Luis me jaló a su regazo, besándome el cuello mientras Marco nos veía, ajustándose los jeans. Sentí su mirada como caricias, mi piel erizándose.

"Vamos despacio, ¿va?", propuso Luis, su voz ronca. Empezamos con besos: yo en medio, Luis devorándome la boca con lengua jugosa de tequila, Marco lamiéndome el lóbulo de la oreja, su barba raspándome delicioso. Olía a su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. Mis manos temblaban al desabrocharle la camisa a Marco, revelando ese pecho firme, pectorales duros bajo mis palmas. "Qué rico estás, cabrón", gemí, y él rio bajito, "Tú ni te imaginas".

La tensión crecía como tormenta. Luis sacó el celular, encendiendo la cámara. "Pa' las fotos de sexo en trío, amor". Yo posé primero, de rodillas entre ellos, mis tetas saliendo del vestido, pezones duros como piedras rozando sus piernas. Click. El flash iluminó sus erecciones marcadas bajo la tela. Marco me levantó el vestido, exponiendo mi culo redondo, y Luis tomó la foto: mi coño húmedo brillando, labios hinchados de ganas. Me siento expuesta, vulnerable, pero jodidamente poderosa, pensé mientras el aire fresco me lamía ahí abajo.

Escalamos. Me recosté, piernas abiertas, y Luis se hundió entre ellas, su lengua experta trazando círculos en mi clítoris, chupando con sonidos húmedos que llenaban la habitación. "¡Ay, wey, no pares!", grité, arqueándome. Marco se arrodilló a mi lado, metiéndome dos dedos en la boca. Los chupé como verga, saboreando su piel salada, mientras su otra mano pellizcaba mis pezones, tirando suave hasta que dolía rico. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado de fluidos mezclándose con el tequila derramado. Fotos seguían: mi cara de placer contorsionada, Luis con la jeta enterrada en mí, Marco masturbándose lento, su pito grueso venoso palpitando.

"Cámbiense, carnales"
, ordené, voz entrecortada. Marco tomó mi lugar, yo montándolo despacio. Su verga entró gruesa, estirándome delicioso, un ardor placentero que me hizo jadear. Sentí cada vena rozándome las paredes, su calor llenándome hasta el fondo. Luis detrás, besándome la espalda sudorosa, lamiendo el sudor salado que corría por mi espinazo. "Qué prieta estás, Ana", gruñó Marco, embistiéndome desde abajo, sus bolas golpeándome el culo con plaffs rítmicos. Luis tomó fotos cercanas: mi coño tragándoselo entero, jugos chorreando por sus muslos peludos.

La intensidad subía. Cambiamos: yo de perrito, Luis en mi boca, Marco en mi panocha. Chupaba a Luis con hambre, lengua girando en su glande hinchado, probando su pre-semen amargo dulce. Marco me taladraba duro, manos apretándome las caderas, dejando marcas rojas. "¡Más fuerte, pendejos!", rogaba, el cuarto lleno de gemidos ahogados, piel chocando piel, olor a sudor y coño mojado impregnando todo. Fotos volaban: mi espalda arqueada, vergas entrando y saliendo, expresiones de éxtasis puro. Esto es libertad, puro fuego mexicano en las venas.

El clímax se acercaba como ola gigante. Marco salió, y me pusieron en el medio otra vez. Luis me penetró vaginal, Marco anal, despacio al principio, lubricados con saliva y jugos. Sentí la plenitud doble, estirada al límite, un dolor que se volvía placer eléctrico. "¡Sí, cabrones, rómpanme!", chillé, lágrimas de gozo en los ojos. Se movían coordinados, pulsos latiendo contra mis paredes, sudor goteando en mi piel. El sonido era obsceno: squish squish de penetraciones, mis gritos roncos, sus gruñidos animales. Olía a todo: semen próximo, mi esencia femenina, su masculinidad cruda.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando. "¡Me vengo, weyes!", aullé. Ellos siguieron, fotos capturando mi cara descompuesta, cuerpos temblando. Luis se corrió en mi boca, chorros espesos salados que tragué ansiosa, gimiendo. Marco dentro, llenándome el culo con su leche caliente, palpitando. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, piel pegajosa.

Después, en la penumbra, con el olor a sexo persistiendo como perfume prohibido, revisamos las fotos de sexo en trío en el celular. Cada imagen nos hacía reír y excitar de nuevo: cuerpos brillantes, miradas perdidas en placer, semen chorreando. "Esto es nuestro secreto, ¿eh?", dijo Luis, besándome. Marco asintió, abrazándonos. Sentí una conexión profunda, no solo carnal, sino de almas entrelazadas. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos suaves enjabonando curvas, besos tiernos bajo el vapor.

A la mañana, con sol filtrándose por las cortinas, desayunamos chilaquiles picantes, riendo de la noche. Marco se fue con un abrazo largo, prometiendo más aventuras. Luis y yo nos miramos, sabiendo que esas fotos guardaban un fuego eterno. Habíamos cruzado un umbral, y no había vuelta atrás. El deseo ahora ardía más vivo, listo para la próxima trío.

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