Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Prueba Solidworks y Enciende el Fuego Prueba Solidworks y Enciende el Fuego

Prueba Solidworks y Enciende el Fuego

6896 palabras

Prueba Solidworks y Enciende el Fuego

Entré al departamento de Diego en Santa Fe con el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense. El lugar era chido, todo minimalista con ventanales que dejaban entrar la luz del atardecer sobre la ciudad. Yo, Ana, una diseñadora gráfica de veinticinco tacos queriendo meterle mano al mundo de la ingeniería 3D para un proyecto freelance. Había oído de Solidworks por un cuate y pensé: órale, ¿por qué no? Diego, un ingeniero de treinta, alto, con brazos que se marcaban bajo la camisa ajustada, me había ofrecido ayudarme vía Instagram. “Ven y prueba Solidworks conmigo, te enseño todo”, me escribió. Y ahí estaba yo, oliendo su colonia fresca al cruzar la puerta.

“¡Qué onda, morra! Pásale, no te apures”, dijo con esa sonrisa pícara que me hizo sentir un cosquilleo en la panza. Su voz grave, como ronroneo de motor potente. Me senté en el sofá de piel suave mientras él preparaba unos cheves frías. El aire acondicionado zumbaba bajito, mezclándose con el tráfico lejano de la avenida. Platicamos un rato de la vida en la CDMX, de lo cabrón que es freelancear, y poco a poco el tema viró a Solidworks. “Es un pinche programa poderoso, te deja modelar lo que se te antoje, desde una pieza chiquita hasta un carro entero”, explicó mientras abría su laptop en la mesa del comedor.

¡Madre santa, miren esos antebrazos moviéndose sobre el teclado! Quiero que me modele a mí, güey.

Me acerqué, nuestras sillas casi pegadas. El olor de su piel, mezcla de jabón y hombre sudado del día, me invadió las fosas nasales. “Vamos a try Solidworks desde cero, ¿sale?”, dijo guiñándome el ojo. Sus dedos rozaron los míos al pasarme el mouse. Un chispazo eléctrico me recorrió el brazo. Pantalla en blanco, él abriendo el programa. “Primero, sketch, dibuja una forma básica”. Su aliento cálido en mi oreja mientras se inclinaba. Sentí el calor de su pecho contra mi hombro. Intenté concentrarme, pero mi mente volaba: ¿y si modelamos algo más... personal?

Pasaron minutos que parecieron horas. Dibujé un cilindro torpe, riéndonos de mis pendejadas. “No mames, Ana, dale extrusión, hazlo sólido”, reía él, su mano cubriendo la mía en el mouse. Presión firme, piel áspera contra mi palma suave. El clic del mouse sonaba como disparos en mi pulso acelerado. “Mira cómo se arma, ¿ves? Solidworks lo hace perfecto”. Sus ojos cafés clavados en los míos, labios entreabiertos. El cuarto se sentía más caliente, mi blusa pegajosa contra los pechos. Olía a mi propio arousal, ese aroma dulce y almizclado subiendo desde mis muslos.

“¿Quieres probar algo más avanzado?”, murmuró, su voz más ronca. Asentí, la garganta seca. Cambió a modelar una curva orgánica, “como el cuerpo humano”. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa. No me aparté. Al contrario, la dejé ahí, sintiendo el músculo tenso de su pierna. “Siente cómo fluye, suave pero firme”. Dios, qué metáfora. Mi chochita palpitaba, húmeda ya, empapando las panties. Él lo notó, porque su mano subió a mi muslo, un toque casual que no lo era. “¿Todo bien, nena?”.

¡Puta madre, tócame más! Quiero que tus dedos exploren más que el pinche software.

El momento explotó. Me giré, lo besé con hambre de loba. Sus labios carnosos, sabor a chela y menta, se abrieron para mí. Lenguas danzando, húmedas, chupando, mordiendo suave. Sus manos en mi cintura, jalándome a su regazo. Sentí su verga dura contra mi nalga, sólida como las piezas que modelábamos. “Chíngame, Diego, no pares”, gemí contra su boca. Él gruñó, levantándome como pluma para ponerme en la mesa. Papeles volaron, la laptop zumbó olvidada.

Me arrancó la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Pezones duros como balines, él los lamió con lengua experta. “Qué ricas, morra, tan suaves”. El sonido de su chupada, succiones húmedas, me volvía loca. Olía su cabello recién lavado, mis uñas clavándose en su nuca. Bajó mis jeans, panties negras al suelo. “Mírate, ya estás chorreando por Solidworks”, bromeó, dedos abriendo mis labios vaginales. Jadeé al sentir su tacto, resbaloso de mis jugos. Dos dedos dentro, curvándose, tocando ese punto que me hace ver estrellas. “¡Ay, wey, sí ahí!”, grité, caderas moviéndose solas.

Lo empujé al piso, alfombra mullida bajo rodillas. Le desabroché el cinturón, zipper rasgando el silencio. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza brillante de precum. Olía a macho puro, salado. La lamí desde la base, lengua plana, saboreando la piel tensa. “¡Qué chingón!”, rugió él, manos en mi pelo. La chupé hondo, garganta relajada, saliva goteando. Él gemía bajito, “morra, me vas a hacer acabar así”. No, quería más. Me subí encima, frotando mi chocha mojada en su pito. Clítoris rozando venas, placer eléctrico subiendo por la espina.

Esto es mejor que cualquier modelado 3D, sólido y real, latiendo dentro de mí.

Me hundí lento, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome delicioso. “¡Puta madre, qué prieta!”, exclamó. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando nuestra piel. Sonidos obscenos: carne chocando, jugos chapoteando, respiraciones jadeantes. Él me agarraba las nalgas, dedos hundiéndose, guiando el ritmo. “Más rápido, Ana, rómpeme”. El olor a sexo llenaba el aire, almizcle intenso, sudor salado. Le mordí el cuello, gusto metálico de su piel.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero en la alfombra. Piernas en sus hombros, penetrando profundo. Cada embestida un golpe al útero, placer punzante. “¡Te voy a llenar, nena!”, gruñó. Sentí su verga hincharse, mis paredes contrayéndose. El orgasmo llegó como tsunami: cuerpo temblando, visión borrosa, grito ahogado. “¡Sí, Diego, córrete conmigo!”. Él explotó, chorros calientes pintando mis adentros, gemido gutural vibrando en su pecho.

Quedamos jadeando, enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su peso reconfortante, corazón martillando contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. “Eso fue mejor que cualquier tutorial de Solidworks”, susurró riendo bajito. Yo sonreí, acariciando su espalda ancha. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción cruda.

Quién iba a decir que probar Solidworks me daría el mejor polvo de mi vida. Mañana, más lecciones... desnudos.

Nos levantamos lento, duchándonos juntos bajo agua caliente que lavaba el sudor pero no el recuerdo. Agua cayendo como lluvia tropical, jabón resbalando por curvas y músculos. Manos explorando de nuevo, pero tiernas. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos por app, riéndonos de lo random del día. Esa noche dormí en su cama, su brazo alrededor, sintiendo paz profunda. Solidworks quedó pa’ mañana, pero el fuego que encendimos, ese no se apaga fácil.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.