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Sexoporno Tríos Prohibidamente Calientes

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Sexoporno Tríos Prohibidamente Calientes

Ana sentía el calor pegajoso de la noche en Puerto Vallarta envolviéndola como una caricia húmeda. La fiesta en la casa playera de su carnal Luis bullía con risas y música de cumbia rebajada que hacía vibrar el piso de madera. El olor a sal del mar se mezclaba con el humo dulce del tabaco y el perfume floral de las mujeres que bailaban descalzas. Llevaba un vestido ligero de tirantes que se pegaba a su piel morena por el sudor, y cada movimiento hacía que sus pechos se rozaran contra la tela, enviando chispas de anticipación por su espina.

¿Por qué carajos estoy tan prendida esta noche? se preguntaba Ana mientras tomaba un trago de chela helada, el líquido fresco bajando por su garganta como un bálsamo. Su novio Marco, un morro alto y atlético con ojos negros que la miraban como si ya la estuviera desnudando, la rodeaba con un brazo posesivo. Habían llegado juntos, pero la vibra de la fiesta los tenía inquietos, listos para algo más salvaje. Entonces apareció Carla, la amiga de Marco de la uni, con su melena negra suelta y un bikini diminuto cubierto por una pareo transparente. Órale, qué mamacita, pensó Ana, notando cómo las caderas de Carla se movían al ritmo, su piel brillando bajo las luces de neón.

—Ey, wey, ¿ya probaste el tequila de la casa? —dijo Carla acercándose, su voz ronca y juguetona, con ese acento norteño que sonaba como miel caliente—. Neta, está chingón.

Marco rio y le pasó un shot a Ana. Sus dedos se rozaron, y ella sintió un cosquilleo que le subió por el brazo. Charlaron de pendejadas: del pinche tráfico de la carretera, de las olas que reventaban a lo lejos, pero el aire entre los tres se cargaba de algo eléctrico. Carla se inclinó para susurrarle a Ana:

Me late que ustedes dos son de los que no se rajan en una buena aventura, ¿verdad?

Ana tragó saliva, el pulso acelerándose. Esto huele a problemas deliciosos. Marco los miró con una sonrisa pícara, y sin decir nada, los tres terminaron en un rincón apartado de la terraza, con vistas al mar negro y estrellado. El sonido de las olas chocando era hipnótico, y el viento traía el aroma salobre mezclado con el de sus cuerpos calientes.

La cosa escaló cuando Carla sacó su cel y puso un video. —Miren esto, carnales, un sexoporno tríos que vi el otro día. Puro fuego mexicano.

Ana se acercó, curiosa, y el gemido inicial del video la golpeó como una ola. Tres cuerpos entrelazados en una cama deshecha, pieles sudadas brillando, el slap-slap de carne contra carne mezclado con suspiros en español. El olor a excitación empezó a filtrarse en su nariz, imaginario pero real en su mente. Marco se pegó a su espalda, su verga ya dura presionando contra su culo a través del vestido. Carla rio bajito, su mano rozando el muslo de Ana.

¿Se animan a algo así? —preguntó Carla, sus ojos brillando con deseo puro.

Ana no respondió con palabras; giró la cabeza y besó a Marco con hambre, mientras su mano buscaba la de Carla. El beso de él era feroz, lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y sal, mientras los dedos de Carla subían por su pierna interna, rozando la humedad que ya empapaba sus calzones. Chingado, esto es real, pensó Ana, el corazón latiéndole en el chocho.

Se colaron a una recámara vacía, la puerta cerrándose con un clic que sonó como promesa. La luz de la luna entraba por la ventana abierta, pintando sus cuerpos en plata. Ana se quitó el vestido de un jalón, quedando en tanga y nada más, sus tetas firmes con pezones duros como piedras. Marco se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con ese olor almizclado que la volvía loca. Carla se desató el pareo, revelando curvas perfectas, su chocha afeitada reluciendo de anticipación.

Empezaron lento, explorando. Marco besaba el cuello de Ana, mordisqueando la piel sensible, mientras ella lamía los labios de Carla, saboreando el gloss de fresa mezclado con su saliva dulce. Sabe a pecado. Las manos de Carla masajeaban las tetas de Ana, pellizcando los pezones hasta que ella jadeaba, el placer punzante bajando directo a su entrepierna. Marco se arrodilló, separando las piernas de Ana, y hundió la cara en su chocha, lamiendo con avidez. El sonido era obsceno: chup chup chup, su lengua girando alrededor del clítoris hinchado, el jugo de Ana corriéndole por la barbilla.

¡Ay, cabrón, no pares! —gimió Ana, arqueando la espalda, el olor de su propia excitación llenando la habitación como perfume prohibido.

Carla se subió a la cama, abriendo las piernas frente a Ana. —Ven, mami, hazme lo mismo. El video de sexoporno tríos nos enseña bien.

Ana se lanzó, inhalando el aroma terroso y dulce del coño de Carla, lamiendo despacio al principio, saboreando los labios hinchados, la salinidad de su humedad. Carla gemía alto, ¡Qué rico, wey!, enredando los dedos en el pelo de Ana. Marco observaba, pajeándose lento, la vista de sus dos mujeres devorándose mutuamente volviéndolo loco. Se acercó por detrás de Ana, frotando la punta de su verga contra su entrada empapada.

—Dime si quieres, mi reina —murmuró Marco, voz ronca de deseo.

¡Métela ya, pendejo! —exigió Ana, empujando hacia atrás.

Él la penetró de un solo golpe, llenándola hasta el fondo, el estiramiento delicioso haciendo que sus paredes se contrajeran. Cada embestida era un trueno: piel chocando piel, el sudor volando, el slap-slap resonando más fuerte que las olas afuera. Ana lamía a Carla con furia, metiendo dos dedos dentro de ella, curvándolos para golpear ese punto que la hacía gritar. Carla se retorcía, sus jugos chorreando por la mano de Ana, el sabor inundándole la boca.

Esto es puro éxtasis, como si el mundo se redujera a estos cuerpos, pensaba Ana mientras Marco la cogía más duro, su verga golpeando profundo, rozando su G directo. Cambiaron posiciones: Carla se montó en la cara de Ana, frotando su chocha contra su lengua, mientras Marco la follaba a ella desde atrás. El peso de Carla, el roce de su clítoris, el sabor constante... Ana se perdía en la sobrecarga sensorial. El aire olía a sexo crudo: sudor, semen preeyaculatorio, chochas mojadas.

Marco gruñó primero, anunciando: —Me vengo, chingados...

Pero Ana lo detuvo. —No aún, cabrón. Quiero que nos lluevas a las dos.

Se pusieron de rodillas frente a él, tetas juntas, lenguas fuera. Marco se pajeó furioso, y explotó: chorros calientes salpicando sus caras, pechos, bocas. El sabor salado y amargo les llenó la lengua, y ellas se besaron, compartiendo su leche, lamiéndose mutuamente limpias. Ana sintió su propio orgasmo llegar solo por la obscenidad, pero Carla metió dedos en su chocha, frotando rápido, y estalló: temblores violentos, chorros de squirt mojando las sábanas, gritos ahogados en la boca de Marco.

Se derrumbaron en un enredo de miembros sudorosos, el pecho de Ana subiendo y bajando rápido, el corazón martilleando aún. El mar susurraba afuera, una brisa fresca secando su piel pegajosa. Marco besó su frente, Carla acurrucada en su otro lado, dedos entrelazados.

Neta, eso fue mejor que cualquier sexoporno tríos —susurró Ana, sonriendo en la penumbra.

Se quedaron así, en afterglow perfecto, el deseo satisfecho pero con esa chispa que prometía más noches así. La fiesta seguía afuera, pero ellos habían encontrado su propio paraíso, consensual y ardiente, en la piel del otro.

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