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Trescientas Razones Para Probar Un Vergón Monstruoso

7036 palabras

Trescientas Razones Para Probar Un Vergón Monstruoso

Estás en una fiesta playera en Cancún, el sol ya se ha metido pero el aire sigue cargado de sal y sudor mezclado con el olor dulce de las piñas coladas. La música reggaetón retumba desde los bocinas, haciendo que el suelo de arena vibra bajo tus sandalias. Llevas un vestido ligero de tirantes que se pega a tu piel por el calor húmedo, y sientes las miradas de los weyes recorriéndote las curvas. Pero tú no estás aquí por cualquiera. Neta, hace rato que no te late nadie.

Entonces lo ves. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que traigo". Se llama Marco, un chamaco de Playa del Carmen que trabaja en un resort de lujo. Bailan pegaditos, sus manos grandes en tu cintura, el calor de su cuerpo contra el tuyo. Sientes algo duro presionando tu muslo, y tu corazón da un brinco. ¿Qué chingados es eso? Piensas, mientras el ritmo te hace mover las caderas más cerca.

"¿Ya viste lo que traigo, morra? Dicen que son trescientas razones para probar un vergón monstruoso," te susurra al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta.

Tú ríes, pero por dentro sientes un cosquilleo que sube desde tu entrepierna. Trescientas razones, ¿neta? Suena a choro, pero esa protuberancia no miente. La fiesta sigue, pero ya no escuchas la música del todo; solo el latido de tu pulso en los oídos y el roce de su piel áspera contra la tuya.

Al rato, te invita a su cabaña en la playa. No lo piensas dos veces. Caminan por la arena fresca de la noche, las olas rompiendo suaves a lo lejos, el cielo estrellado como testigo. Entras y el aire acondicionado te eriza la piel. Él cierra la puerta, y de repente el mundo se reduce a ustedes dos. Se acerca despacio, sus ojos oscuros clavados en los tuyos, y te besa. Sus labios son firmes, su lengua sabe a sal y deseo. Tus manos suben por su pecho musculoso, sintiendo los vellos duros bajo la camisa.

Lo empujas al sofá, queriendo tomar el control. Le bajas el pantalón y joder, ahí está. Un vergón monstruoso, grueso como tu muñeca, venoso y palpitante, la cabeza morada brillando con una gota de precum. El olor almizclado te golpea, terroso y excitante, haciendo que tu boca se haga agua. Trescientas razones, piensas riendo por dentro. Razón uno: su tamaño te hace temblar las rodillas.

Te arrodillas, el suelo fresco contra tus piernas. Lo tocas con las dos manos, apenas puedes rodearlo. Es pesado, caliente como una barra de hierro viva. Lo lames desde la base, saboreando la piel salada, el gusto ligeramente amargo que te enciende. Él gime, un sonido grave que vibra en tu pecho. "Así, morrita, chúpamela rica." Obedeces, abres la boca lo más que puedes, sintiendo cómo te estira los labios, llenándote la garganta. Tus jugos ya mojan tus panties, el roce de la tela contra tu clítoris te hace gemir alrededor de su verga.

Pero no quieres acabar ahí. Te levantas, te quitas el vestido de un jalón, quedando en bra y tanga. Él te mira como si fueras un manjar, sus pupilas dilatadas. Te acuestas en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves contra tu espalda. Marco se quita todo, su cuerpo atlético brillando con sudor. Se sube encima, besándote el cuello, mordisqueando tu oreja. Sus manos grandes amasan tus tetas, pellizcando los pezones hasta que duelen rico. Bajas la mano y lo guías a tu entrada, ya empapada.

¿Entrará? Te preguntas, el corazón latiéndote como tambor. Empuja despacio, la cabeza abriéndose paso. Sientes el estiramiento, un ardor delicioso que te hace arquear la espalda. "¡Ay, wey, qué grande!" Gritas, pero no paras. Él se detiene, mirándote.

"¿Quieres que pare, preciosa?"
Sacudes la cabeza, clavando las uñas en sus hombros. "No, métemela toda, cabrón."

Centímetro a centímetro, te llena. Es como si te partiera en dos, pero en el mejor sentido. Cada vena rozando tus paredes, presionando ese punto que te hace ver estrellas. Cuando por fin está todo adentro, sus huevos peludos contra tu culo, jadean los dos. El olor de sexo impregna la habitación: sudor, jugos, su almizcle. Empieza a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo de nuevo. Tus paredes lo aprietan, queriendo no soltarlo. El sonido es obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, tus gemidos agudos mezclados con sus gruñidos roncos.

La tensión crece. Tus caderas se alzan para encontrar sus embestidas, más rápidas ahora. Sientes el orgasmo building, como una ola en la playa. Razón doscientos: cómo me hace sentir llena, poderosa. Él te voltea, poniéndote a cuatro patas. Desde atrás, entra más profundo, su panza contra tus nalgas redondas. Una mano en tu clítoris, frotando en círculos, la otra jalándote el pelo suave. El espejo al frente te deja ver todo: tu cara de puta en éxtasis, sus músculos flexionándose, el vergón entrando y saliendo reluciente de tus jugos.

El clímax te pega como un rayo. Gritas, el cuerpo convulsionando, chorros calientes saliendo de ti. Él no para, prolongando tu placer hasta que no aguantas más. "¡Me vengo, morra!" Sientes sus contracciones, chorros espesos llenándote, goteando por tus muslos. Se derrumba sobre ti, su peso reconfortante, el corazón de él latiendo contra tu espalda.

Se quedan así un rato, respirando agitados. El ventilador del techo mueve el aire fresco, secando el sudor de sus cuerpos. Él se sale despacio, un río de semen blanco saliendo de ti. Te volteas y lo besas, suave ahora, con cariño. Trescientas razones, piensas sonriendo. Razón trescientas: el afterglow, esa paz chida que solo él me da.

Se duchan juntos, el agua caliente lavando los restos de pasión, sus manos jabonosas explorando de nuevo, pero sin prisa. Sales envueltos en toallas, pides unas chelas del minibar. Se sientan en la terraza, viendo el mar negro brillar bajo la luna. Hablan de tonterías: su trabajo en el resort, tus viajes por México, cómo la vida en la costa es lo máximo.

"¿Sabes? Ese título de trescientas razones para probar un vergón monstruoso lo saqué de un meme gringo que vi,"
confiesa riendo. Tú le das un codazo juguetón. "Pues neta, valió la pena cada una." Se besan de nuevo, prometiendo verse pronto. La noche termina con él durmiendo a tu lado, su brazo sobre tu cintura, el sonido de las olas arrullándote.

Al amanecer, te despiertas con el sol filtrándose por las cortinas. Lo miras dormir, su verga matutina medio dura asomando. Sonríes, pensando en agregar más razones a la lista. Sales a la playa, el arena tibia bajo tus pies descalzos, el Pacífico llamándote. Esta aventura te ha dejado renovada, empoderada, lista para lo que venga. Marco y su monstruo, piensas, la mejor sorpresa de mis vacaciones.

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