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El Placer del Dan Tri

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El Placer del Dan Tri

El sol de la costa mexicana caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo de oro la arena fina que se pegaba a tus pies descalzos. Habías llegado con tu novia, Karla, esa morena de curvas generosas que te volvía loco con solo una mirada. Hacía años que andaban juntos, y su risa ronca, llena de picardía, siempre te hacía sentir vivo. Neta, wey, esta chava es lo máximo, pensabas mientras la veías quitarse el pareo, dejando ver su bikini rojo que apenas contenía sus tetas firmes y su culo redondo.

Pero no estaban solos. Llegó Ana, la mejor amiga de Karla desde la uni, una güerita alta con ojos verdes que hipnotizaban y un cuerpo atlético de tanto ir al gym. Órale, qué buena onda que viniste, le dijiste al abrazarla, oliendo su perfume de coco mezclado con el salitre del mar. Ana se acurrucó un segundo más de lo necesario, su piel cálida rozando la tuya, y Karla soltó una carcajada. Ya empezaron los calientes, murmuraste para ti, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Pasaron la tarde en la playa privada de la casa que rentaron, una villa con piscina infinita y vista al Pacífico. Bebían micheladas frías, el limón picante en la lengua contrastando con la cerveza helada. La plática fluía fácil: chismes de la chamba, anécdotas locas de fiestas pasadas. Pero el aire se cargaba de electricidad cada vez que Ana rozaba tu brazo o Karla te besaba el cuello con labios húmedos.

¿Y si hoy dan tri? Neta, las dos me traen de la cabeza
, pensabas, el corazón latiéndote fuerte mientras el sol se ponía, pintando el cielo de rosas y naranjas.

En la noche, con la brisa marina colándose por las ventanas abiertas, se metieron a la piscina. El agua tibia lamía sus cuerpos como una lengua ansiosa. Karla se acercó primero, pegando su pecho contra tu espalda, sus pezones duros pinchando tu piel. Mira cómo te mira Ana, carnal. ¿No te late? te susurró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila. Volteaste y ahí estaba Ana, flotando cerca, sus piernas largas emergiendo del agua, gotas resbalando por su vientre plano hasta perderse en el bikini negro.

El deseo creció despacio, como una ola que se arma en el horizonte. Te saliste del agua primero, sentándote en el borde con las piernas abiertas. Karla nadó entre ellas, besándote el pecho, lamiendo el agua salada de tu piel. Sabrosa como siempre, gemiste bajito. Ana se acercó, juguetona, ¿Me dejan jugar, weyes? Su mano rozó tu muslo bajo el agua, enviando chispas directas a tu verga que ya se ponía dura como piedra.

Subieron a la terraza, alfombra suave bajo los pies mojados, velas parpadeando y música de cumbia rebajada sonando bajito. Karla te quitó la trusa con dientes, riendo ¡Simón, ya estás listo pa'l dan tri!. Su boca envolvió tu pito, chupando lento, la lengua girando alrededor de la cabeza, sabor salado del mar mezclado con tu precome. Ana observaba, mordiéndose el labio, Qué rico se ve, susurró. Se desató el bikini, dejando libres sus chichis medianas pero perfectas, pezones rosados endurecidos por la brisa.

No mames, esto es un sueño. Dos reinas queriendo complacerme

Te recostaste en los cojines mullidos, el olor a jazmín del jardín invadiendo tus sentidos. Ana se subió a horcajadas sobre tu cara, su concha depilada rozando tus labios. Lámeme, papi, pidió con voz ronca. La probaste: jugosa, dulce como mango maduro, sus jugos resbalando por tu barbilla mientras gemía ¡Ay, sí, así!. Karla montó tu verga despacio, su calor apretado envolviéndote centímetro a centímetro, paredes húmedas pulsando. El sonido de piel mojada chocando, slap-slap, se mezclaba con sus jadeos y el romper de las olas lejanas.

La tensión subía como fiebre. Cambiaron posiciones, el sudor perlando sus cuerpos brillantes a la luz de la luna. Karla se puso a cuatro patas, Métemela duro mientras Ana te mama las bolas. Obedeciste, embistiéndola profundo, su culo rebotando contra tu pelvis, olor almizclado de su excitación llenando el aire. Ana lamía tus huevos, succionando suave, su lengua subiendo a unir labios con Karla en besos babosos sobre tu pito cuando salía.

Estoy al borde, pero quiero que dure, pensabas, frenando el ritmo, besando espaldas arqueadas, mordiendo hombros suaves. Ana quería su turno: se recostó, piernas abiertas como invitación. Ahora a mí, no seas rajón. La penetraste lento, sintiendo su estrechez virginal casi, aunque sabías que no lo era. Karla se sentó en su cara, Come mi panocha, amiga, y Ana obedecía, lengüetazos audibles haciendo vibrar el aire. Tus embestidas se aceleraron, el placer acumulándose en la base de tu espina, bolas apretadas.

El clímax llegó en oleadas. Primero Ana, gritando ¡Me vengo, cabrón!, su concha contrayéndose como puño alrededor de ti, jugos chorreando. Karla se corrió después, temblando sobre la boca de su amiga, ¡Qué rico el dan tri, wey!. No aguantaste más: sacaste la verga palpitante, eyaculando chorros calientes sobre sus tetas unidas, semen espeso goteando mientras ellas se lamían mutuamente, sabor salado en sus lenguas.

Se derrumbaron juntos en la terraza, respiraciones agitadas calmándose al ritmo de la noche. El aire fresco secaba el sudor de sus pieles entrelazadas. Karla te besó suave, Te amo, mi rey. Esto fue chingón. Ana acurrucada al otro lado, Repetimos pronto, ¿va?, su mano trazando círculos perezosos en tu pecho. Miraste las estrellas sobre el mar, el cuerpo pesado de placer, satisfecho hasta los huesos.

El dan tri no fue solo sexo, fue conexión pura. Con ellas, todo es posible
El amanecer tiñó el horizonte de lavanda, prometiendo más días de pasión en esta playa mexicana que ahora era testigo de su secreto compartido.

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