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Sudor y Deseo Triatlón La Paz 2020

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Sudor y Deseo Triatlón La Paz 2020

El sol de La Paz me abrasaba la piel mientras caminaba por el malecón esa mañana de febrero del 2020. El aire cargado de salitre y el rumor constante de las olas rompiendo en la playa me llenaban de esa adrenalina que solo un evento como el Triatlón La Paz 2020 podía despertar. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años que había dejado el caos de la Ciudad de México por estas costas paradisiacas, ajusté mi traje de neopreno negro ceñido a mi cuerpo curvilíneo, sintiendo cómo el material elástico rozaba mis pezones endurecidos por la brisa fresca del Pacífico.

Neta, güey, pensé, este pedo del triatlón me pone más caliente que un tamal en comal. Llevaba meses entrenando: natación en piscinas abarrotadas, ciclismo por avenidas empedradas y carreras por senderos polvorientos. Pero aquí, en La Paz, todo se sentía diferente. Más vivo. Más carnal.

La zona de transición bullía de atletas. Cuerpos esculpidos por horas de disciplina, brillando bajo el sol con loción solar y sudor anticipado. Oí risas, gritos de ánimo en español mezclado con inglés de gringos competidores.

¿Y si este año rompo mi récord personal? ¿Y si alguien nota lo que este traje esconde?
Me mordí el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas al imaginar miradas devorándome.

Entonces lo vi. Marco, el entrenador voluntario del equipo local, alto, moreno, con músculos definidos que tensaban su camiseta ajustada. Sus ojos cafés profundos se clavaron en mí mientras ayudaba a otro competidor con la bici. Chingón, murmuré para mis adentros. Él levantó la vista, sonrió con esa dentadura perfecta y se acercó, oliendo a mar y a hombre limpio.

Órale, reina, ¿lista para darlo todo en el Triatlón La Paz 2020? —dijo con voz grave, su acento sudcaliforniano ronco como el motor de una lancha.

Tragué saliva, notando cómo su mirada bajaba un segundo a mis senos apretados por el neopreno. —Pues claro, wey. Pero no me falles con la bici, ¿eh?

Nos reímos, y en ese roce casual de manos al pasarme el casco, sentí una chispa. Su piel cálida contra la mía, áspera por el sol, me erizó el vello de los brazos. El deseo inicial era sutil, como la marea subiendo despacio.

La competencia arrancó con la natación. Me zambullí en el agua turquesa, el frío chocando contra mi cuerpo caliente. Nadé con brazadas potentes, el cloro del mar llenándome la nariz, el ritmo de mi corazón retumbando en mis oídos como tambores. Al salir, jadeante, con agua chorreando por mis curvas, busqué a Marco en la transición. Él estaba ahí, secándome la espalda con una toalla, sus dedos grandes presionando mis hombros.

Estás volando, Ana, susurró cerca de mi oreja, su aliento caliente rozando mi cuello húmedo. Olía a protector solar con coco y a esfuerzo masculino.

Si supieras lo que quiero hacerte ahora mismo, pensé, mientras montaba la bici y pedaleaba furiosa por el camino costero. El viento azotaba mi cabello suelto, el sol calentaba mis muslos expuestos, y cada pedalada enviaba vibraciones deliciosas a mi centro. Imaginaba sus manos en lugar del manubrio, apretando, guiando.

En la transición a la carrera, mis piernas ardían, pero el fuego entre ellas era peor. Corrí por la playa, arena pegándose a mis pies sudorosos, el sonido de mis zapatillas chapoteando en charcos. Marco corría paralelo como pacer, animándome. —¡Tú puedes, chula! ¡Meta a la vista!

Crucé la línea de llegada exhausta, eufórica, el cuerpo temblando de endorfinas. Sudor salado en mis labios, pecho subiendo y bajando. Él me abrazó fuerte, sus músculos duros contra mis pechos suaves, su erección sutil presionando mi abdomen. —Lo lograste, reina.

Nos quedamos así un segundo eterno, rodeados de aplausos y música de cumbia rebajada. El olor a barbacoa de mariscos flotaba en el aire, mezclado con nuestro sudor compartido.

Después de la ceremonia de medallas, donde colgué el bronce en mi categoría, Marco me invitó a su cabaña en la playa. Sí, carnal, respondí sin dudar. Caminamos descalzos por la arena tibia al atardecer, el sol tiñendo el cielo de naranjas y rosas. Hablamos de todo: de cómo el Triatlón La Paz 2020 nos había unido, de sueños rotos en la CDMX, de ganas reprimidas por entrenamientos eternos.

En la cabaña, una choza rústica con hamaca y vista al mar, el aire olía a madera salada y velas de coco encendidas. Nos duchamos juntos bajo agua tibia que caía como lluvia tropical. Sus manos jabonosas recorrieron mi espalda, bajando a mis nalgas firmes por squats infinitos. Gemí bajito cuando sus dedos se colaron entre mis pliegues resbalosos, no de agua, sino de mi excitación acumulada.

Te quiero desde que te vi llegar, Ana, murmuró, su boca devorando mi cuello, dientes rozando suave. Sabía a sal y a cerveza artesanal.

Lo empujé a la cama king size cubierta de sábanas blancas crujientes. Me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura como hierro presionando mi entrada húmeda.

Esto es mío, wey. Todo el día soñando con esto
. Deslicé mi coño empapado sobre él, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado. Sus manos amasaron mis tetas, pulgares en mis pezones rosados, tirando suave hasta que dolió rico.

Cabalgamos lento al principio, el crujir de la cama mezclándose con nuestros jadeos y el romper de olas afuera. Su olor almizclado, sudor fresco, me volvía loca. Aceleré, mis caderas girando en círculos, clítoris frotándose contra su pubis raspado. —Más fuerte, pendejo, le exigí juguetona, arañando su pecho velludo.

Él volteó las tornas, poniéndome de rodillas, perro estilo. Entró de nuevo, profundo, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada embestida. El slap slap de piel contra piel, mis gemidos roncos, su gruñido animal. Sentí el orgasmo construyéndose, como la ola gigante antes del clímax del triatlón. —Vente conmigo, Marco, supliqué, mi voz quebrada.

Explotamos juntos. Mi coño se contrajo en espasmos, ordeñándolo, chorros de placer mojando sus muslos. Él se vació dentro, caliente, pulsando, un rugido escapando de su garganta. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El afterglow era perfecto: su mano acariciando mi cabello revuelto, besos perezosos en mi sien.

El mejor premio del Triatlón La Paz 2020, susurró riendo.

Me acurruqué contra él, el corazón aún acelerado, pero en paz. Mañana volvería a la rutina, pero esta noche, en sus brazos, todo valía la pena. El mar cantaba nuestra canción, y yo, por fin, me sentía completa.

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