El Trio con la Flaquita que Nos Enloquecio
La noche en la playa de Playa del Carmen estaba que ardía. El sol se había escondido, pero el calor no cedía, y el aire traía ese olor salado del mar mezclado con el humo de las fogatas y el aroma dulce de los cocteles de coco. Mi carnal, el Chuy, y yo nos la estábamos pasando chido, bailando al ritmo del reggaetón que retumbaba desde los altavoces. Órale, qué noche, pensé, mientras sudaba la gota gorda con una cerveza fría en la mano.
Ahí la vi. Una flaquita morena, de esas que parecen salidas de un sueño húmedo. Su cuerpo delgadito pero con curvas en los lugares precisos: caderas estrechas que se movían como serpientes, tetas pequeñas pero firmes que saltaban bajo una blusita transparente, y unas nalgas redonditas que pedían a gritos ser apretadas. Llevaba un shortcito de jean que apenas le cubría el culo, y su piel brillaba con sudor bajo las luces de neón. Se llamaba Karla, nos dijo cuando nos acercamos, con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos. Neta, carnal, esta flaquita nos va a matar, le susurré a Chuy mientras charlábamos.
—
¿Vienen solos, guapos?—preguntó ella, con voz ronca, lamiéndose los labios rojos mientras nos miraba de arriba abajo. Sus ojos negros brillaban con picardía, y el olor de su perfume, algo floral y caliente, me llegó directo al entrepierna.
Chuy, el muy pendejo juguetón, le contestó sin pensarlo:
—
Pues sí, mamacita, pero si nos acompañas, la armamos en grande.
Yo sentí un cosquilleo en el estómago. La idea de un trio con flaquita como ella me había rondado la mente mil veces en esas noches solitarias, pero nunca pensé que pasaría. Karla se rio, una carcajada que sonó como música, y se pegó a nosotros bailando. Sus manos delgadas rozaron mi pecho, y juro que sentí su calor a través de la camisa. El deseo empezó a bullir, lento pero imparable, como las olas chocando en la orilla.
Terminamos en mi hotel, una suite con vista al mar. El viento entraba por la ventana abierta, trayendo el rumor de las olas y el fresco de la noche. Karla se quitó los zapatos, descalza sobre la alfombra suave, y nos miró con esa mirada que dice estoy lista para todo. Chuy y yo nos miramos, el corazón latiéndonos a mil. ¿De veras va a pasar esto?, me dije, mientras mi verga ya se ponía dura solo de imaginarla.
Empezó con besos. Ella primero a mí, sus labios suaves y húmedos saboreando a tequila y menta. Su lengua se coló en mi boca, explorando, y yo la abracé por la cintura flaquita, sintiendo sus huesos delicados bajo la piel tersa. Olía a sudor limpio y a esa esencia femenina que enloquece. Chuy se unió, besándole el cuello, y Karla gimió bajito, un sonido que me erizó la piel. Sus tetas contra mi pecho, duras como piedritas, pensé, mientras le quitaba la blusa.
La llevamos a la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo nuestros cuerpos. Karla se recostó, arqueando la espalda, y nos jaló a los dos. Sus manos, frías al principio, se calentaron rápido mientras nos desabrochaba los pantalones. Mi verga saltó libre, gruesa y palpitante, y ella la miró con hambre.
—
Qué ricas vergas tienen, weyes. Vengan, déjenme probarlas.
Se arrodilló entre nosotros, su boca alternando. Primero la mía: labios envolviéndome, lengua lamiendo la cabeza sensible, succionando con fuerza que me hizo jadear. El sonido húmedo de su chupada llenaba la habitación, mezclado con nuestros gemidos. Olía a sexo ya, ese aroma almizclado de excitación. Luego a Chuy, que gruñía como animal, agarrándole el pelo negro largo. Yo le masajeaba las tetas, pellizcando los pezones oscuros que se endurecían al toque. Su piel era suave como seda, y temblaba bajo mis dedos.
La tensión crecía. No aguanto más, pensé, mientras la veía tragar la verga de mi carnal hasta la garganta. La volteamos, poniéndola a cuatro patas. Su panocha depiladita brillaba húmeda, rosada y lista. El olor era embriagador, dulce y salado. Chuy se puso atrás, frotando su punta contra sus labios vaginales, y ella empujó hacia él, ansiosa.
—
¡Métemela ya, pendejo! Quiero sentirlos a los dos.
Él la penetró de un golpe, y Karla gritó de placer, su cuerpo flaco convulsionando. Yo me puse enfrente, y ella me mamó mientras Chuy la cogía fuerte. Los golpes de cadera contra nalgas resonaban, piel contra piel, sudor volando. Sentía su calor, su saliva caliente en mi verga, y veía cómo sus ojos se ponían en blanco de puro gozo. Cambiamos: yo adentro, profundo, sintiendo sus paredes apretadas ordeñándome. Qué chingón, esta flaquita es puro fuego. Chuy le chupaba las tetas, mordisqueando, y ella se retorcía entre nosotros, gimiendo en mexicano puro:
—
¡Sí, cabrones, así! ¡Cógeme más duro!
El ritmo se aceleró. La habitación olía a sexo intenso, a sudor y fluidos. Sus jugos corrían por mis bolas, calientes y viscosos. La volteamos de nuevo, ahora yo de lado, ella encima montándome mientras Chuy le entraba por atrás. Un trio con flaquita perfecto, sus cuerpos entrelazados en un enredo sudoroso. Sentí su ano apretado rozando mi base, y ella chilló alto, orgasmos sacudiéndola como terremotos. Sus uñas se clavaron en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso.
Yo luchaba por no correrme, el placer subiendo como lava. Espera, carnal, hazla gozar más, me dije, mordiéndome el labio. Le froté el clítoris hinchado, redondito y sensible, y ella explotó otra vez, su panocha contrayéndose alrededor de mi verga como un puño. Chuy gruñó primero, llenándola por atrás con chorros calientes que sentí resbalar. Eso me empujó al borde: embestí profundo, y eyaculé dentro de ella, oleadas de placer cegándome, el mundo reduciéndose a ese calor compartido.
Nos derrumbamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y semen. Karla se acurrucó entre nosotros, su piel fresca ahora, besándonos perezosos. El mar susurraba afuera, y el aire traía brisa salada que secaba nuestro sudor. Ella sonrió, exhausta pero radiante.
—
Qué chido estuvo ese trio con flaquita, ¿no? Los quiero de nuevo mañana.
Chuy rio, y yo la abracé, sintiendo su corazón latiendo contra el mío. Neta, esta noche cambió todo, pensé, mientras el sueño nos vencía en esa cama revuelta. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, supe que el recuerdo de esa flaquita nos perseguiría para siempre, un fuego que no se apaga fácil.