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La Virgen Morena Letra de El Tri

7221 palabras

La Virgen Morena Letra de El Tri

La cantina El Chamuco en el corazón de la colonia Roma bullía de vida esa noche. El humo de los cigarros se mezclaba con el aroma dulzón del tequila reposado y el picor de las botanas fritas. Daniela, una morena de veintitrés años con curvas que parecían esculpidas por manos divinas, se mecía al ritmo de la rola que tronaba en los bocinas. Era La Virgen Morena de El Tri, esa letra que le erizaba la piel cada vez que la oía. "Virgen morena, tan linda y tan buena", cantaba la voz rasposa de Alex Lora, y Daniela sentía que esas palabras la pintaban a ella: piel canela, ojos negros como el carbón, labios carnosos que aún no habían conocido más que besos castos.

Estaba sola esa noche, con sus amigas que ya andaban bien pedas en la pista. Llevaba un vestido rojo ajustado que realzaba sus chichis firmes y su culo redondo, pero su secreto ardía por dentro: era virgen. No por santurrona, sino porque esperaba al wey correcto, al que la hiciera sentir como en esa pinche canción. El calor del lugar le hacía sudar, y el sudor perlaba su escote, brillando bajo las luces neón. Olía a su perfume de vainilla mezclado con su esencia natural, esa que volvía locos a los machos.

¿Y si esta noche pasa algo? —pensó, mientras giraba las caderas—. Esa letra de virgen morena El Tri letra parece escrita para mí. ¿Será que alguien me vea de verdad?

Entonces lo vio. Marco, un morro de veintiséis, con barba recortada, playera negra de El Tri y jeans que marcaban paquete. La miró fijo desde la barra, con una cerveza en la mano. Sus ojos cafés la recorrieron despacio, deteniéndose en sus piernas morenas. Daniela sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas cabronas volando. Él se acercó, moviéndose al ritmo, y le tendió la mano.

—Órale, morena, ¿bailas conmigo? Esa rola te queda como anillo al dedo.

Ella sonrió, coqueta, y tomó su mano. La piel de él era cálida, áspera por el trabajo en taller mecánico. Se pegaron en la pista, sus cuerpos rozándose. El olor de su colonia masculina, a madera y tabaco, la invadió. Sentía su aliento en el cuello, caliente, mientras cantaban juntos: "Virgen morena, qué chingona eres". El corazón de Daniela latía como tambor, y entre sus piernas notó una humedad traicionera.

Acto uno cerrado, la noche apenas empezaba.

Salieron a la terraza para platicar, escapando del ruido. La ciudad nocturna los envolvía con su brisa fresca, luces de autos pasando abajo. Compartieron un trago de tequila de la botella que él traía. El líquido ardía en la garganta de Daniela, calentándole el pecho.

—Me encanta esa letra de El Tri, wey —dijo ella, recargándose en la barandilla—. "Virgen morena", como si supieran de mí.

Marco se acercó, su cuerpo irradiando calor. —Pues tú eres la virgen morena perfecta. Piel suave como chocolate, ojos que matan. ¿De verdad eres...?

Ella rio bajito, nerviosa. Sí, pinche virgen, pero no por siempre, pensó. —Simón, pero no creas que soy de monjas. Solo espero al correcto.

Él la tomó de la cintura, suave, preguntando con la mirada. Ella asintió, y sus labios se encontraron. Fue un beso lento, explorador. La lengua de Marco sabía a tequila y menta, suave al principio, luego hambrienta. Daniela gimió bajito, sintiendo sus chichis apretarse contra el pecho duro de él. Sus manos bajaron a su culo, amasándolo con deseo. El roce de sus dedos la hacía temblar; olía su excitación, ese almizcle que se mezclaba con el jazmín de la noche.

¡Qué rico se siente! Su boca, su calor... Quiero más, pero ¿y si duele? No, carnal, esto es lo que quiero.

La tensión crecía como tormenta. Él la besó el cuello, lamiendo el sudor salado. Ella arqueó la espalda, sus pezones endureciéndose bajo el vestido. Marco susurró: —Ven a mi depa, está cerca. Sin prisa, como tú quieras.

Consintió con un beso profundo. Caminaron calles empedradas, tomados de la mano, el pulso acelerado. En el elevador del edificio viejo, se devoraron otra vez, manos por todos lados. Ella sentía su verga dura contra el vientre, grande, prometedora.

El depa era chido: posters de rock, cama king con sábanas frescas. Puso otra rola de El Tri de fondo, bajita. Daniela se sentó en la cama, piernas cruzadas, el corazón retumbando. Marco se arrodilló frente a ella, besándole las rodillas morenas.

—Eres hermosa, virgen morena. Déjame adorarte como en esa letra.

Le quitó los zapatos, masajeando pies cansados. Subió besos por pantorrillas suaves, muslos temblorosos. Ella se recostó, abriendo las piernas. El vestido se subió solo, revelando calzón negro empapado. Él lo olió, gimiendo: —Hueles a miel, nena.

Deslizó el calzón, exponiendo su concha virgen, rosada y húmeda, rodeada de vello negro recortado. La miró, pidiendo permiso. —Sí, chúpame, wey —susurró ella, voz ronca.

Su lengua fue fuego: lamió clítoris hinchado, chupó labios jugosos. Daniela gritó, agarrando sábanas. Sabía a sal y deseo puro, su boca caliente succionando. Olas de placer la recorrían, caderas moviéndose solas. ¡Pinche madre, qué chido! Nunca así... Jadeaba, sudando, el cuarto oliendo a sexo naciente.

Él se desnudó, verga gruesa, venosa, goteando precum. Ella la tocó, curiosa, piel aterciopelada sobre acero. La masturbó torpe al principio, luego con ganas. Él gimió, besándola. —Quiero entrar, pero despacio. ¿Estás lista?

—Sí, fóllame, Marco. Hazme tuya.

Acto dos en pico, la intensidad subía.

Se puso condón, lubricante extra. La penetró lento, centímetro a centímetro. Daniela sintió presión, un pinchazo leve, luego plenitud. —¡Ay, cabrón! —gritó, pero placer la invadió. Él se quedó quieto, besándola, dejando que se adaptara. Su concha lo apretaba como guante caliente, jugos fluyendo.

Empezaron a moverse, ritmo lento. Piel contra piel, slap slap húmedo. Sudor goteaba, mezclándose. Él chupaba tetas morenas, pezones duros como piedras. Ella clavaba uñas en su espalda, gimiendo: —¡Más fuerte, pendejo! ¡Qué rico tu verga!

Cambiaron posiciones: ella arriba, cabalgando. Sus nalgas rebotaban, pelo negro volando. Lo montaba como amazona, concha tragándoselo entero. El olor de sus sexos unidos era embriagador, almizcle y vainilla. Marco amasaba sus chichis, pellizcando. —¡Virgen morena, eres fuego!

La tensión explotó. Daniela sintió el orgasmo venir, útero contrayéndose. —¡Me vengo, wey! —chilló, temblando, chorros calientes empapándolo. Él la siguió, gruñendo, corriéndose dentro del condón, espasmos violentos.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos pegajosos. El afterglow los envolvió como manta suave. Marco la abrazó, besando frente sudoroso. —Fue chingón, mi virgen morena.

Ella sonrió, satisfecha, tocando su pecho.

Ya no soy virgen, pero me siento reina. Esa letra de El Tri letra fue profecía. Esto apenas empieza.

Se quedaron así, escuchando la ciudad dormir, corazones enlenteciéndose. Daniela sabía que había encontrado su tempo, su hombre, su placer. La noche olía a promesas, a más rondas por venir.

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