Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Lo Bello y lo Siniestro según Eugenio Trías Lo Bello y lo Siniestro según Eugenio Trías

Lo Bello y lo Siniestro según Eugenio Trías

7070 palabras

Lo Bello y lo Siniestro según Eugenio Trías

Estaba sentada en la terraza del café en la Condesa, con el sol de la tarde bañando las mesas de madera pulida y el aroma del café de olla flotando en el aire. El libro abierto frente a mí: Lo bello y lo siniestro de Eugenio Trías. Sus palabras me atrapaban, hablando de esa frontera borrosa entre la belleza pura y lo que acecha en las sombras, lo que turba y excita a la vez. Me mordí el labio, sintiendo un cosquilleo en la piel bajo mi blusa ligera de algodón. México City bullía a mi alrededor, con cláxones lejanos y risas de parejas paseando, pero yo estaba perdida en esas páginas.

Entonces lo vi. Alto, con ojos oscuros que parecían guardar secretos antiguos, barba recortada y una sonrisa que prometía tanto placer como peligro. Se acercó con una taza humeante en la mano, oliendo a sándalo y algo más, un toque ahumado que me erizó la nuca.

¿Puedo sentarme? Ese libro... Eugenio Trías, ¿verdad? Lo bello y lo siniestro. Me fascina cómo describe esa dualidad.

Su voz era grave, como un ronroneo que vibraba en mi pecho. Asentí, el corazón latiéndome más rápido. Se llamaba Diego, arquitecto, y empezó a hablar de Trías con una pasión que me mojó las bragas sin que yo lo esperara. Lo bello en la simetría de un cuerpo, lo siniestro en el deseo que te hace perder el control. Sus palabras se enredaban con las mías, y pronto reíamos como viejos amantes, rozando accidentalmente las manos sobre la mesa. El calor subía, mi piel ardía bajo su mirada que me desnudaba despacio.

Órale, güey, me dijo riendo, ese libro te tiene pensativa. ¿Quieres que te cuente mi versión de lo siniestro?

Le seguí la corriente, el pulso acelerado. Terminamos el café y, sin pensarlo dos veces, acepté su invitación a su departamento cerca de ahí. En el Uber, su muslo rozaba el mío, y yo sentía el calor de su piel a través de los jeans. Olía a hombre, a sudor limpio y colonia cara. Mi mente gritaba: Esto es lo bello y lo siniestro, justo como dice Eugenio Trías.

El departamento era un sueño minimalista, ventanales enormes con vista al bosque de Chapultepec, luces tenues que jugaban con las sombras. Puso jazz suave, algo de Buika que llenaba el aire con melancolía sensual. Nos sentamos en el sofá de piel suave, demasiado cerca. Su mano en mi rodilla, subiendo despacio, y yo no la detuve. Al contrario, me incliné, besándolo con hambre. Sus labios eran firmes, sabían a café y a promesas. La lengua se enredó con la mía, explorando, mientras sus dedos trazaban mi cuello, erizándome la piel.

Me quitó la blusa con cuidado, como si desvelara un secreto. Mis pechos libres, pezones duros bajo su mirada. Qué chingón, murmuró, y yo reí bajito, empoderada. Lo jalé hacia mí, sintiendo su verga dura contra mi vientre. Era grande, palpitante, y el roce me hizo gemir. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce que llenaba la habitación.

Quiero comerte entera, pensó ella, mientras él bajaba la cabeza y chupaba un pezón, lamiendo con la lengua plana, succionando hasta que vi estrellas.

La tensión crecía como una tormenta. Yo lo empujé al sofá, desabrochando su camisa. Su pecho ancho, velludo justo lo necesario, músculos que se contraían bajo mis uñas. Bajé más, libré su verga de los pantalones. Gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal. Él gruñó, cabrón, enredando los dedos en mi pelo.

Métetela, nena, jadeó, y yo obedecí, chupando profundo, la garganta relajada por la práctica. Su sabor me inundaba, masculino y adictivo. Lo miré desde abajo, sus ojos negros fijos en mí, esa mezcla de ternura y ferocidad que gritaba Eugenio Trías: lo bello en la entrega, lo siniestro en el abandono total.

Pero no quería acabar así. Me levanté, quitándome la falda y las tangas empapadas. Mi panocha depilada, hinchada de deseo, goteando. Él se arrodilló, como un devoto, y me abrió las piernas. Su aliento caliente en mi clítoris, luego su lengua, lamiendo lento, círculos perfectos. Gemí alto, agarrando su cabeza, el sonido de mi humedad chupada llenando el cuarto. ¡Qué rico, pendejo! grité, riendo entre jadeos. Introdujo dos dedos, curvándolos en mi punto G, bombeando mientras succionaba. El orgasmo me golpeó como un rayo, piernas temblando, chorro caliente en su boca. Él lo bebió todo, sonriendo siniestro.

Ahora era su turno. Lo tiré al piso, alfombra suave bajo nosotros. Me subí encima, frotando mi coño mojado en su verga. Sentí cada vena, el calor abrasador. Bajé despacio, empalándome centímetro a centímetro. Llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. ¡Ay, wey, qué grande! Grité, y él rio, manos en mis caderas guiándome.

Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor perlando nuestra piel. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos mezclados con el jazz. Él se incorporó, mamando mis pezones mientras yo subía y bajaba, su verga golpeando profundo. Cambiamos: de lado en la alfombra, él detrás, una pierna mía arriba. Entró de nuevo, lento al principio, luego follándome duro, su mano en mi clítoris frotando. Sentía su aliento en mi oreja, Eres lo bello y lo siniestro, mi reina. Sus bolas chocando mi culo, el olor a sexo crudo, sudor salado en mi lengua cuando lo besé.

La intensidad subía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó, Me vengo, chula, y yo asentí, Dentro, lléname. Explosión mutua: su leche caliente bañándome adentro, mi coño convulsionando, milking cada gota. Gritamos juntos, cuerpos temblando, el mundo disolviéndose en placer puro.

Caímos exhaustos, piel pegajosa, corazones tronando. Él me abrazó, besos suaves en la frente. El aire olía a nosotros, a semen y jugos mezclados. Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse.

Esto era Eugenio Trías en carne viva, pensó ella. Lo bello en la conexión, lo siniestro en cómo me había rendido al abismo del deseo. Pero qué chido abismo.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero tiernas. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos hasta el amanecer. De filosofía, de vida, de cómo México nos volvía locos con su caos sensual. No fue solo sexo; fue un encuentro que dejó huella, esa dualidad que Trías describe tan perfecto.

Al día siguiente, al despedirnos en la puerta, con un beso que prometía más, supe que lo bello y lo siniestro se habían fundido en mí. Caminé por las calles de la Condesa, piernas flojas, sonrisa pícara, lista para lo que viniera. Porque en el fondo, todos cargamos esa frontera turbia, y qué rico cruzarla con alguien que te entiende.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.