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Esposa Cogida en Trio Ardiente

6698 palabras

Esposa Cogida en Trio Ardiente

Todo empezó en una noche calurosa de verano en nuestra casa en Polanco, con el aire cargado del aroma a jazmín del jardín y el sonido lejano de los cláxones en la avenida. Mi esposa, Carla, y yo llevábamos años casados, pero la chispa nunca se apagaba. Ella, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas, su cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros, me miró con esos ojos cafés que siempre me ponían calenturiento. Yo, Ricardo, un tipo común de treinta y cinco, ingeniero en una firma de la colonia, siempre había fantaseado con verla en acción con otro, pero nunca lo habíamos llevado a cabo.

"¿Y si invitamos a Marco, güey?", me dijo Carla esa noche, mientras se recargaba en mi pecho, su mano bajando juguetona por mi abdomen. "Tu carnal, el que siempre anda coqueteando. Sería chido ver si de verdad la armamos."

Mi pulso se aceleró al instante. Marco, mi mejor amigo desde la uni, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que volvía locas a las morras. La idea de mi esposa cogida en trío me dio un chichón inmediato en los pantalones. "Estás loca, carnala", le respondí riendo, pero mi voz salió ronca de pura excitación. Hablamos horas, bebiendo mezcal ahumado que picaba en la lengua y calentaba el estómago. Ella describía cómo lo imaginaba, sus curvas presionadas entre nosotros dos, y yo no podía evitar imaginar su boca en mi verga mientras Marco la penetraba.

Al día siguiente, lo invité. "Ven a la casa, pendejo, traete unas chelas", le mandé por Whats. Él llegó puntual, con una caja de Indio fría y esa vibra de cabrón seguro. Cenamos tacos de suadero que olían a carbón y cebolla asada, riendo de anécdotas viejas. Carla iba en un vestido rojo ajustado que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, sin bra. Cada vez que se inclinaba, Marco la devoraba con la mirada, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, mezcla de celos y morbo puro.

La tensión creció con las chelas. Nos sentamos en el sofá de cuero que crujía bajo nuestro peso, el ventilador zumbando arriba. Carla se sentó entre nosotros, su muslo rozando el mío, luego el de él. ¿Va en serio esto?, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en desfile. Ella giró la cara hacia Marco, le dio un beso en la mejilla que duró de más, su lengua asomando apenas. "Gracias por venir, guapo", murmuró, y él, sin pensarlo, le respondió con un beso en los labios, profundo, con ese sonido húmedo que me puso la piel de gallina.

Yo no me quedé atrás. La besé en el cuello, oliendo su perfume de vainilla mezclado con sudor fresco. Sus manos volaron a nuestras entrepiernas, masajeando nuestras vergas ya duras como piedras. "Los dos me quieren, ¿verdad?", jadeó ella, su voz ronca y juguetona. Nos quitamos la ropa con prisa, el aire fresco besando nuestra piel caliente. Carla quedó desnuda, sus pezones oscuros erectos, su chocha depilada brillando de humedad bajo la luz ámbar.

En el cuarto, la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio suaves como seda. La tumbamos en medio, yo a un lado, Marco al otro. Empecé lamiéndole los chichis, succionando un pezón mientras mi mano bajaba a su clítoris, resbaloso y hinchado. Ella gemía bajito, "Ay, Ricardito, sí así", arqueando la espalda. Marco le besaba el vientre, bajando hasta su entrepierna, su lengua explorando con maestría. El sonido de su chupada era obsceno, chapoteante, y el olor a su excitación, almizclado y dulce, llenaba la habitación.

La esposa cogida en trío era mi fantasía hecha realidad. La volteamos boca abajo, su culo en pompa invitándonos. Marco se puso de rodillas atrás de ella, untando su verga gruesa con lubricante que olía a fresa. Yo me arrodillé enfrente, mi pija en su boca. Ella la tragó entera, gimiendo alrededor de mi carne, saliva chorreando por su barbilla. Marco empujó despacio, centímetro a centímetro, y ella gritó de placer, "¡Cógeme, cabrón, rómpeme!". El slap-slap de sus caderas contra su culo resonaba, piel contra piel, sudor volando.

Me turné con él, sintiendo su chocha apretada y caliente envolviéndome, mientras Marco le metía los dedos en la boca. Sus ojos se clavaban en los míos, llenos de lujuria y amor.

Esto es lo que quería, verte gozar como puta en heat, pensé, mientras la embestía más fuerte.
Cambiamos posiciones como en un baile salvaje: ella cabalgándome, sus chichis rebotando, Marco chupándole el culo desde atrás. El cuarto apestaba a sexo, a semen preeyaculatorio, a coño mojado. Sus gemidos subían de tono, "¡Más, no paren, pinches machos!", y nosotros gruñíamos como animales, nuestras bolas chocando.

La tensión escalaba, mis huevos apretados listos para explotar. La puse en cuatro otra vez, Marco debajo lamiéndole el clítoris mientras yo la cogía por atrás, profundo, rozando su punto G. Ella temblaba, sus muslos temblando, "Me vengo, me vengo, ¡chinguen!". Su orgasmo la sacudió como terremoto, chocha contrayéndose alrededor de mi verga, chorros calientes mojando las sábanas. No aguanté más: saqué y le pinté la espalda de leche espesa, caliente, mientras Marco se corría en su boca, ella tragando con avidez, labios brillando.

Nos derrumbamos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El silencio roto solo por respiraciones jadeantes y el zumbido del ventilador. Carla se acurrucó entre nosotros, su cabeza en mi pecho, mano en la verga floja de Marco. "Eso estuvo de poca madre", susurró, besándome suave. Yo la abracé, oliendo su cabello revuelto, sintiendo una paz profunda. No hay celos, solo conexión, pensé. Marco nos sonrió perezoso, "Son la pareja perfecta, carnales".

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón de lavanda deslizándose por curvas y músculos. Risimos recordando sus gritos, planeando la próxima. En la cama, limpios y secos, nos dormimos así, los tres. Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, Carla me miró con picardía. "Repetimos pronto, ¿eh?". Asentí, sabiendo que esposa cogida en trío había fortalecido lo nuestro, no lo roto. Era nuestro secreto ardiente, puro fuego mexicano.

Desde esa noche, la chispa ardió más fuerte. Marco se volvió nuestro cómplice ocasional, pero siempre con respeto, siempre con deseo mutuo. Carla floreció, más segura, más sensual. Y yo, aprendí que compartir no quita, multiplica el placer. En las noches solitarias, revivo el olor, los sabores, los gritos. Es nuestro elixir.

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