Para Que Sirve La Bedoyecta Tri Cuando El Cuerpo Pide Mas
Yo era Ana, una morra de veintiocho años que labora en una oficina del centro de la CDMX, de esas que te chupa la vida con reportes y juntas eternas. Neta, andaba bien acabada, con ojeras que parecían mapaches y un cansancio que no me dejaba ni disfrutar mis noches libres. Una carnala del gym me dijo: "Órale, Ana, prueba la Bedoyecta Tri, para qué sirve esa madre es darte pila de caballo, te vas a sentir como nueva". No lo pensé dos veces, me fui a la farmacia de la esquina, compré un cartón y esa misma noche me clavé la primera inyección. Dolió un chingo, pero al rato sentí un cosquilleo raro, como si mi sangre se encendiera.
Al día siguiente, en la chamba, ya no arrastraba los pies. Me sentía ligera, con una energía que me hacía moverme como si tuviera resortes en las nalgas. Pero lo cabrón fue cuando vi a Marco, mi novio, esperándome afuera del edificio con su sonrisa de pendejo encantador. Él es alto, moreno, con esos brazos tatuados que me vuelven loca y un olor a jabón mezclado con sudor fresco que me hace agua la boca.
"¿Qué onda, mi reina? Te ves bien prendida hoy", me dijo mientras me jalaba de la cintura para darme un beso que sabía a chicle de menta y promesas sucias.
Nos subimos a su Tsuru viejo pero chido, con el estéreo a todo volumen tocando cumbia rebajada. Yo iba recargada en el asiento, sintiendo cómo el calor de la Bedoyecta Tri me subía por las venas, haciendo que mi piel hormigueara. ¿Para qué sirve la Bedoyecta Tri de verdad?, me pregunté mientras mi mano se colaba disimuladamente por su muslo. Él volteó, con los ojos brillando: "¿Ya andas juguetona, Ana? Neta me traes al borde". Llegamos a su depa en la Narvarte, un lugar modesto pero con buena vibra, paredes pintadas de azul y un colchón king size que ya conocía de memoria.
Acto uno del deseo: apenas cerramos la puerta, lo empujé contra la pared del pasillo. Mis labios chocaron con los suyos, saboreando esa barba incipiente que raspaba delicioso. Olía a hombre, a ese desodorante Axe que usa y que siempre me enciende. Mis tetas se apretaban contra su pecho, duras como piedras bajo la blusa ajustada. Él gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi garganta: "Puta madre, Ana, ¿qué te pasa hoy? Estás como fiera". Le mordí el cuello, suave pero firme, mientras mis manos bajaban a su cadera, sintiendo cómo su verga ya se paraba dura bajo los jeans.
Lo arrastré a la recámara, donde la luz del atardecer filtraba por las cortinas, tiñendo todo de naranja cálido. Me quité la blusa de un jalón, dejando ver mi brasier negro de encaje que apenas contenía mis chichis. Marco se lamió los labios, sus ojos devorándome:
"Eres una diosa, mi amor. Ven pa'cá". Pero yo no quería prisa. La Bedoyecta Tri me había dado no solo energía, sino un hambre que me ardía en el vientre, un pulso acelerado entre las piernas que me hacía mojarme sin remedio.
En el centro de la tensión, nos sentamos en la cama. Yo a horcajadas sobre él, frotándome lento contra su paquete, sintiendo el calor que desprendía a través de la tela. Su piel era suave y salada al tacto, cuando le besé el pecho desnudo, lamiendo un pezón que se endureció al instante. Él me agarró las nalgas con fuerza, amasándolas como masa de tamal, y yo arqueé la espalda, gimiendo: "Más, cabrón, no pares". El aire se llenó de nuestro olor, mezcla de perfume, sudor fresco y esa esencia íntima de excitación que huele a mar y a pecado.
Le bajé el zipper con los dientes, liberando su pito grueso y venoso que saltó ansioso. Lo tomé en la mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma, caliente como hierro forjado. Lo chupé despacio, saboreando el precum salado que brotaba de la punta, mi lengua girando alrededor del glande mientras él echaba la cabeza pa'trás y gruñía: "¡Chingada madre, Ana! Me vas a hacer venir ya". Pero no lo dejé. Quería que el fuego creciera, que la Bedoyecta Tri nos catapultara a otro nivel. Me incorporé, me quité el calzón empapado y me senté en su cara, frotando mi concha rasurada contra su boca hambrienta.
Su lengua era mágica, lamiendo mis labios hinchados, metiéndose profundo en mi humedad, chupando el clítoris con succión perfecta. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis jadeos altos: "¡Sí, así, Marco! Come mi panocha, wey". Mis jugos le corrían por la barba, y yo temblaba, mis muslos apretando su cabeza mientras olas de placer me subían por la espina. Internamente, pensaba: Esto es para qué sirve la Bedoyecta Tri, neta, te pone el cuerpo en llamas. Él metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, y yo exploté en un orgasmo que me dejó viendo estrellas, el cuarto girando en un torbellino de sensaciones.
Pero no paró ahí. La intensidad subía como la marea en Acapulco. Me volteó boca abajo, me abrió las piernas y se colocó detrás, su verga rozando mi entrada empapada.
"¿Lista, mi reina? Te voy a llenar", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Entró de un solo empujón, grueso y profundo, estirándome delicioso. El roce era eléctrico, cada vena de su pito masajeando mis paredes internas. Empezó a bombear lento, luego más rápido, el sonido de piel contra piel retumbando como tambores, slap-slap-slap.
Yo me aferraba a las sábanas, oliendo a sexo puro, sintiendo el sudor perlar nuestra piel, resbaloso y cálido. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, mandando chispas de placer. Le clavé las uñas en la espalda, arañándolo juguetona: "¡Más duro, pendejo! Rompeme". Él obedeció, embistiéndome como animal, su mano bajando a frotarme el botón mientras yo gritaba, el placer acumulándose en mi bajo vientre como una tormenta. El cuarto apestaba a nosotros, a deseo crudo, y el espejo de la pared reflejaba nuestras siluetas fusionadas, brillantes de sudor.
El clímax nos alcanzó juntos. Yo primero, contrayéndome alrededor de él en espasmos que me sacaban el alma, un grito ronco escapando de mi garganta. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro, su cuerpo temblando sobre el mío. Caímos exhaustos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón latiéndonos como tambores de banda.
En el afterglow, recostados con las piernas enredadas, Marco me acariciaba el pelo, besándome la frente. El aire aún olía a nuestro clímax, dulce y almizclado.
"¿Qué chingados te inyectaste, Ana? Estabas poseída", rio bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho: "La Bedoyecta Tri, mi amor. Para qué sirve esa madre... ahora ya lo sé". Nos quedamos así, platicando pendejadas, riendo, con esa paz que solo da un buen revolcón. Mañana me inyecto otra, pensé, para que estas noches nunca acaben.