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Las Mejores Tri Bikes Desatan Pasiones Ardientes

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Las Mejores Tri Bikes Desatan Pasiones Ardientes

El sol de Cancún pegaba como plomo derretido sobre el malecón, pero neta que valía la pena. Yo, Ana, acababa de llegar al expo del triatlón Ironman, con el corazón latiéndome a mil por hora. El aire olía a sal marina mezclada con aceite de cadena y caucho quemado de las llantas. Me paré frente a los stands de las mejores tri bikes, esas máquinas aerodinámicas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción. Tocaba el cuadro de carbono de una Specialized Shiv, liso y fresco bajo mis dedos, imaginando cómo se sentiría devorando kilómetros en la pista.

¿Por qué carajos estoy tan nerviosa? Solo vine a ver bicis, no a ligar con el primer galán que pase.
Pero ahí estaba él, saliendo de la carpa de Trek. Alto, moreno, con piernas que parecían talladas en mármol por horas de pedaleo. Su camiseta ajustada dejaba ver el sudor brillando en su pecho, y cuando se acercó, olió a hombre puro: testosterona, protector solar y un toque de adrenalina.

Órale, güey, ¿ya probaste la nueva Madone? Es de las mejores tri bikes del mercado —me dijo con una sonrisa que me derritió las rodillas. Se llamaba Marco, competidor local, con ojos cafés que te clavaban como espinas dulces.

Nos pusimos a platicar mientras él me explicaba las specs: cuadro ultraligero, geometría agresiva para cortar el viento. Sus manos grandes gesticulaban, rozando las mías accidentalmente al señalar los frenos hidráulicos. Cada roce era como una chispa, y yo sentía el calor subiendo por mi cuello. Qué chingón se veía concentrado, con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Al rato, me invitó a una vuelta rápida por la ciclovía. —Vamos, mija, a ver si aguantas el paso en mi bici prestada. —No pude decir que no. Pedaleamos lado a lado, el viento azotándonos la cara, el sonido rítmico de las cadenas y nuestras respiraciones jadeantes. Sudábamos a chorros, el salitre pegándose a la piel, y cada mirada que cruzábamos era puro fuego contenido.

De regreso en el expo, el sol ya bajaba, tiñendo el cielo de naranja. Nos sentamos en una banca con unas chelas frías, el hielo crujiendo en los vasos. —Neta, Ana, pedaleas como diosa. Me late cómo te mueves —confesó, su rodilla tocando la mía. El contacto era eléctrico, mi piel erizándose bajo los shorts ajustados.

Acto dos: la escalada

La tensión crecía como la marea en la playa cercana. Caminamos hasta su hotel, un resort chulo con palmeras susurrando al viento. En el elevador, solos, su mano rozó mi cintura. —¿Quieres subir a ver mi cuarto? Tengo una sorpresa —murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a cerveza y deseo.

En la habitación, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Sacó una de las mejores tri bikes que había rentado para la expo, armada en el balcón. —Mira, esta belleza nos espera para mañana. Pero antes... —Sus labios se estrellaron contra los míos, urgentes, saboreando a sal y menta de su chicle.

Me quitó la camiseta con manos temblorosas de anticipación, sus dedos callosos rozando mis pezones endurecidos. ¡Ay, wey! Gemí cuando su boca los capturó, chupando suave al principio, luego con hambre. Mi piel ardía, el olor de nuestro sudor mezclándose con el jazmín del balcón. Lo empujé a la cama king size, sus shorts volando por los aires. Su verga saltó libre, dura como el manubrio de su bici, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, el calor irradiando.

Esto es lo que necesitaba, un pendejo que me haga olvidar el estrés del entrenamiento. Qué rico se siente su carne en mi palma.

Me arrodillé, mi lengua trazando el glande salado, saboreando la gota perlada de excitación. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo húmedo. —Sigue, reina, no pares. Chupé más profundo, el sonido húmedo de mi boca llenando la habitación, mis jugos empapando mis panties. Me incorporé, quitándome todo, mi coño depilado brillando de humedad.

Marco me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas firmes de tanto squat. Lamio mi raja desde atrás, su lengua experta hurgando mi clítoris hinchado. ¡Madre mía! El placer era un rayo, mis muslos temblando, el olor almizclado de mi arousal invadiendo el aire. Metió dos dedos gruesos, curvándolos justo en mi punto G, mientras su pulgar masajeaba mi ano con ternura.

Te quiero adentro, cabrón —rogué, arqueando la espalda. Se colocó detrás, la cabeza de su pija presionando mi entrada resbaladiza. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, el llenado completo que me hacía jadear. Empezó a bombear, rítmico como pedaleando en subida, sus bolas golpeando mi clítoris con cada embestida.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como en una downhill. Mis tetas rebotaban, sus manos apretándolas, pellizcando pezones. El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne sincronizado con nuestros gemidos. —Más fuerte, Ana, rómpeme —jadeó, sus ojos fijos en los míos, conexión pura.

La intensidad subía, mi orgasmo construyéndose como una sprint final. Sentía el cosquilleo en la base de la espina, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Él aceleró, gruñendo como bestia, su verga hinchándose dentro de mí.

Acto tres: la liberación

Explotamos juntos. Mi clímax me sacudió como un turbo, chorros de placer saliendo de mí, empapando sus caderas. Él se corrió profundo, chorros calientes pintando mis entrañas, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Colapsamos, jadeantes, el corazón martilleando al unísono. Su semen goteaba lento de mi coño, mezclándose con mi crema en las sábanas revueltas.

Nos quedamos así, abrazados, el ventilador del techo girando perezoso. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos suaves, mientras el aroma a sexo y mar entraba por la ventana abierta. —Eres increíble, Ana. Mañana competimos en las mejores tri bikes, pero esta noche... ganamos juntos —susurró, besando mi frente.

Quién iba a decir que unas bicis me llevarían a esto. Neta, la vida es una carrera loca, pero con él al lado, quiero pedalear eternamente.

Nos duchamos después, el agua caliente lavando el sudor pero no la memoria. Jabón deslizándose por curvas, risas compartidas, promesas de más vueltas. Al amanecer, en la playa, vimos el horizonte rosado, listos para la carrera. Pero en mi mente, el verdadero triunfo ya era nuestro: pasión desatada, cuerpos unidos, un recuerdo que ardía más que el sol mexicano.

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