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Reviviendo los Tríos del Ayer

7295 palabras

Reviviendo los Tríos del Ayer

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la arena blanca, pero el calor que me quemaba la piel era otro. Me recosté en la tumbona del resort, con un michelada helada en la mano, sintiendo el limón ácido en la lengua y la espuma de la cerveza bajando fresca por mi garganta. Hacía diez años que no pisaba este paraíso, y menos que esperaba toparme con ellos. Marco y Luis, mis compas de la uni, los weyes que me habían hecho volar en aquella noche loca que aún me erizaba la piel al recordarla.

Los vi acercándose por la playa, bronceados y con esa sonrisa pícara que no había cambiado. Marco, el alto con el tatuaje de águila en el pecho, y Luis, el moreno de ojos verdes que siempre olía a mar y a colonia barata pero adictiva. "¡Ana, neta qué chingón verte!" gritó Marco, abrazándome fuerte. Su pecho duro contra mis tetas, el sudor salado mezclándose con mi protector solar de coco. Luis me plantó un beso en la mejilla, su aliento a tequila joven rozándome el oído. "¿Te acuerdas de los tríos del ayer, carnala?" murmuró Luis, guiñándome el ojo.

Mi corazón dio un brinco.

¿Cómo olvidarlos? Esa suite en la playa, las luces tenues, sus manos explorando cada rincón de mi cuerpo mientras yo me perdía en el placer de ser el centro de su mundo.
Me mordí el labio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. "Claro que sí, pendejos. ¿Vienen a revivirlos o qué?" respondí, con la voz ronca de anticipación. Reímos, pero el aire se cargó de electricidad. Pedimos más chelas y nos sentamos en la orilla, las olas lamiendo nuestros pies, el olor a sal y algas subiendo con la marea.

La plática fluyó como el mar: anécdotas de la uni, trabajos en la CDMX, divorcios y aventuras. Pero el tema volvía una y otra vez a esa noche. "Éramos unos salvajes, ¿no?" dijo Marco, su mano rozando mi muslo desnudo bajo la mesa de la palapa. El toque fue casual al principio, pero su palma cálida se quedó ahí, subiendo despacito. Mi piel se erizó, el calor de su piel contra la mía mandando chispas directo a mi clítoris. Luis, del otro lado, me miró fijo, su mirada devorándome. "Yo digo que probamos si aún la armamos tan chido", soltó, y su pie se coló entre mis piernas, presionando suave contra mi bikini húmedo.

¿Estoy loca? Diez años después, aquí estamos, adultos consentidores, con el deseo latiendo como tambores en una fiesta de pueblo. Quiero esto. Los quiero a los dos, como antes.
Asentí, el pulso acelerado en las sienes. "Vamos a mi suite, weyes. Pero con reglas: todo al tiro, todo rico, todo nuestro."

Subimos al elevador en silencio, el zumbido del motor amplificando nuestros jadeos contenidos. En el pasillo, Marco me acorraló contra la pared, su boca devorando la mía. Sabía a tequila y a menta, su lengua invadiendo con hambre. Luis abrió la puerta, y entramos tropezando, riendo como chamacos. La habitación olía a aire acondicionado y a mi perfume de jazmín. Cerré la puerta y me quité el pareo, quedando en bikini negro que apenas contenía mis curvas.

Marco se acercó por detrás, sus manos grandes cubriendo mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. "Qué mamadas tan perfectas, Ana", gruñó en mi oído, mordisqueándome el lóbulo. El sonido de su voz grave me mojó más. Luis se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento hasta mi monte de Venus. Su aliento caliente traspasaba la tela, y gemí cuando su lengua lamió por encima del bikini, saboreando mi humedad. "Estás empapada, mi reina. Neta, hueles a deseo puro".

Me temblaban las rodillas. Los empujé a la cama king size, con sábanas blancas crujientes y vistas al mar. Me desaté el bikini, mis tetas rebotando libres, la piel erizada por el aire fresco. Ellos se quitaron las playeras, revelando torsos marcados por gym y sol. Marco tenía la verga ya dura marcando el short, gruesa y venosa. Luis, más larga, palpitando. "Desnúdense, cabrones", ordené, y obedecieron, quedando en pelotas, vergas tiesas apuntándome.

Me subí a la cama de rodillas, entre ellos. Tomé la verga de Marco en la mano derecha, suave terciopelo sobre acero, oliendo a hombre limpio y excitado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Luis gimió cuando chupé su glande, metiéndomela hasta la garganta, el sonido obsceno de saliva y succión llenando la habitación. Marco me jaló el pelo suave, guiándome, "Así, mami, trágatela toda". Intercambié, mamándolos por turnos, mis labios hinchados, la mandíbula doliendo rico.

Esto es poder. Soy la diosa de sus tríos del ayer, y hoy renazco en sus gemidos.
Marco me tumbó boca arriba, abriéndome las piernas. Su boca atacó mi panocha, lengua plana lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores jugosos. Olía a mi excitación almizclada, a sexo inminente. Luis se puso a mis tetas, mamando un pezón mientras pellizcaba el otro, su verga rozando mi brazo. Gemí alto, arqueándome, las olas del mar de fondo como banda sonora.

La tensión crecía, mis nervios vibrando. "Cójanme ya, pendejos", supliqué. Marco se colocó entre mis muslos, frotando su verga en mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "Estás tan apretada, tan caliente", jadeó, embistiéndome profundo. El slap de piel contra piel, su sudor goteando en mi vientre. Luis se arrodilló a mi cabeza, metiéndomela en la boca para acallarme, follándome la garganta mientras Marco me taladraba el coño.

Cambiaron posiciones fluidos, como en los viejos tiempos. Ahora Luis debajo de mí, su verga clavándose en mi culo –había lubricante en la mesita, todo preparado–. Entró suave, el ardor inicial convirtiéndose en placer pleno cuando me moví. Marco frente, embistiéndome la panocha, las dos vergas separadas solo por una delgada pared, frotándose mutuamente dentro de mí. "¡Sí, cabrones, así! ¡Másenme!" grité, el orgasmo building como tormenta. Sus manos everywhere: nalgadas suaves, pellizcos, besos. Olía a sexo puro, sudor, lubricante, mar.

El clímax me golpeó como ola gigante. Mi coño se contrajo alrededor de Marco, mi culo apretando a Luis, chorros de placer saliendo mientras temblaba, gritando su nombre. Ellos no tardaron: Marco se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome. Luis me siguió, su leche derramándose en mi interior. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, pulsos latiendo al unísono, el ventilador zumbando sobre nosotros.

Nos quedamos así un rato, respirando pesado, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo. "Los tríos del ayer nada que ver con esto. Ahora somos mejores", dijo Luis, riendo bajito. Sonreí, sintiendo su semen escurrir entre mis piernas, el cuerpo saciado pero vivo.

Esto no es nostalgia. Es renacer. Mañana, quién sabe, pero hoy, soy suya, son míos, y el fuego arde eterno.
El sol se ponía sobre el Pacífico, tiñendo la habitación de naranja, y supe que los tríos del ayer eran solo el principio.

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