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La Triada de Becks

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La Triada de Becks

El sol de la tarde caía a plomo sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul eléctrico que se fundía con el horizonte. Yo, neta, no podía creer que estuviera ahí, en esa villa de ensueño con piscina infinita y palmeras susurrando con la brisa salada. Me había topado con Becks en un bar la noche anterior, una morra de ojos verdes y curvas que te hacen salivar, con ese acento gringo mezclado con fluido español que la hacía sonar como una diosa pagana. "Ven mañana", me dijo, rozándome el brazo con uñas pintadas de rojo fuego. "Te voy a mostrar algo que no olvidarás: la Becks triad". Su risa fue como un trago de tequila reposado, ardiente y prometedora.

Llegué sudando, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. La puerta se abrió y ahí estaba ella, en un bikini diminuto que apenas contenía sus chichis perfectos, el olor a coco de su loción invadiéndome las fosas nasales. "Pasa, wey", dijo, tirando de mi mano. Dentro, el aire acondicionado era un alivio fresco contra mi piel ardiente, y olía a jazmín y algo más, un aroma almizclado que me puso la verga en alerta. En la sala, recostada en un sofá de cuero blanco, estaba Lupe, su amiga mexicana, una chula de piel morena y labios carnosos que me miró con ojos hambrientos. "Él es el afortunado", anunció Becks, sirviéndome un ron con cola que sabía a caramelo y picante.

Nos sentamos en círculo, las piernas rozándose accidentalmente al principio. Becks empezó a platicar, su voz ronca como grava bajo las olas. "La Becks triad no es solo sexo, carnal. Es conexión, es los tres cuerpos entrelazados como raíces de ceiba, sintiendo cada pulso, cada jadeo". Lupe asintió, su mano posándose en mi muslo, el calor de su palma traspasando el pantalón. Yo tragaba saliva, el ron bajando como fuego líquido por mi garganta.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es demasiado bueno para ser real, pero su piel huele a deseo puro, a mango maduro y sudor dulce.
La tensión crecía con cada mirada, cada roce. Becks se inclinó, sus tetas rozando mi pecho, y me besó el cuello, su lengua dejando un rastro húmedo y salado que me erizó la piel.

El principio fue lento, como el atardecer que teñía la habitación de naranjas y rosas a través de las cortinas. Lupe se acercó por el otro lado, sus dedos desabotonando mi camisa con deliberada lentitud, el sonido de las telas susurrando como secreto compartido. "Relájate, pendejo guapo", murmuró ella, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a menta y ron. Becks rio bajito, quitándose el bikini con un movimiento fluido, revelando pezones rosados endurecidos por el aire fresco. Yo la miré, hipnotizado por el brillo de su piel bajo la luz dorada, el vello púbico recortado como una invitación.

Me pusieron de pie, las dos como sirenas depredadoras. Sus manos exploraban: Becks por delante, apretando mi paquete a través del bóxer, sintiendo cómo se ponía dura como piedra; Lupe por atrás, sus uñas arañando mi espalda, enviando chispas de placer-dolor por mi espina. El olor a excitación llenaba el aire, ese almizcle femenino mezclado con mi sudor masculino. "Siente la triad", susurró Becks, hincándose y bajándome el bóxer. Su boca envolvió mi verga, caliente y húmeda, la lengua girando como remolino en el mar, saboreando la gota salada de mi pre-semen. Lupe me besaba, su lengua invadiendo mi boca con sabor a frutas tropicales, mientras sus chichis se aplastaban contra mi pecho, los pezones duros como balines.

Me llevaron a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel caliente. Ahí empezó la verdadera Becks triad: Becks se recostó primero, abriendo las piernas como alas de mariposa, su coño rosado y reluciente de jugos. "Ven, amor", dijo, guiándome dentro de ella. Entré despacio, sintiendo cada pliegue apretado, cálido como horno de tortillas recién hechas. Lupe se montó en la cara de Becks, que lamía su clítoris con gemidos ahogados, el sonido húmedo y obsceno resonando en la habitación. Yo empujaba, el slap-slap de mi pelvis contra la de Becks marcando ritmo, su interior contrayéndose como puño suave alrededor de mi verga.

La intensidad subía como marea alta. Cambiamos posiciones en una danza instintiva: yo de rodillas, Becks chupándome las bolas mientras Lupe me montaba, su culo redondo rebotando, el sudor goteando por su espalda morena y cayendo en mi pecho como lluvia tibia. Olía a sexo puro, a pieles fundidas, a jugos vaginales y semen contenido.

Neta, esto es el paraíso. Sus gemidos son música, sus cuerpos templos donde me pierdo.
Lupe gritaba "¡Ay, cabrón, más duro!", su voz ronca rompiendo el aire, mientras Becks metía un dedo en mi culo, masajeando mi próstata con precisión quirúrgica, haciendo que mi verga palpitara dentro de Lupe como bestia enjaulada.

El clímax se acercaba, tensión eléctrica en el aire cargado de feromonas. Becks se posicionó entre nosotras, no, entre los tres: yo la penetraba por atrás, doggy style, mi vientre chocando contra sus nalgas firmes, el sonido carnoso y rítmico; Lupe debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi verga y el clítoris de Becks. "¡La triad completa!", jadeó Becks, su voz quebrada. Sentía sus paredes internas apretándome, ordeñándome, mientras Lupe gemía contra mi piel. El olor era abrumador: sudor salado, coños empapados, mi propia esencia masculina. Mis bolas se tensaron, el placer subiendo por mi columna como rayo.

Exploté primero, gruñendo como animal, llenando a Becks con chorros calientes que salpicaban y goteaban hacia la boca ávida de Lupe. Ella se vino segundos después, temblando, su clítoris pulsando contra la lengua de su amiga, gritando "¡Chingado, sí!". Becks fue la última, su orgasmo un terremoto que me exprimió hasta la última gota, su coño convulsionando en ondas que me dejaron temblando. Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, pechos agitados, el aire pesado con el aroma post-coital de satisfacción profunda.

El afterglow fue dulce, como siesta después de pozole en domingo. Becks me besó la frente, su piel pegajosa contra la mía, oliendo a nosotros tres mezclados. "Bienvenido a la Becks triad, wey", murmuró Lupe, acurrucándose, su mano aún acariciando mi verga flácida con ternura. Afuera, las olas rompían suaves, un eco de nuestros jadeos. Me quedé ahí, el corazón calmándose, pensando en cómo esa conexión había sido más que carne: había sido almas entrelazadas en éxtasis puro. No quería moverme nunca, perdido en ese paraíso olfativo, táctil, eterno.

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