No Intentes Como Gerard Way
El antro en la Condesa estaba a reventar esa noche, con el eco de guitarras eléctricas y la voz rasposa de un tributo a My Chemical Romance que me erizaba la piel. El aire olía a tequila reposado mezclado con perfume barato y ese sudor fresco de cuerpos bailando pegados. Yo, Valeria, de veintiocho pirulos, con mi falda negra ajustada y una blusa que dejaba ver justo lo suficiente, me abrí paso entre la gente buscando un trago que me quitara el estrés del pinche trabajo.
Ahí lo vi. Apoyado en la barra, con el cabello negro desordenado cayéndole sobre los ojos verdes intensos, una chamarra de cuero gastada y unos jeans rotos que marcaban sus piernas delgadas pero firmes. Parecía sacado de un video de los Emos de los dosmiles. Neta, un clon de Gerard Way. Mi corazón dio un brinco, y sentí un calor subiéndome por el estómago. ¿Qué wey tan cabrón? pensé, mientras me acercaba fingiendo casualidad.
—Órale, ¿tú también fan de MCR? —le solté, pidiendo un cuba libre al barman.
Él giró la cabeza, me miró de arriba abajo con una sonrisa pícara que me mojó las bragas al instante. —Simón, wey. Soy Gerardo, pero todos me dicen Gerard Way por obvias. No intentes como Gerard Way, eh. Es adictivo y peligroso.
Su voz era grave, con ese acento chilango arrastrado que me volvía loca. Reí, tocándole el brazo sin pensarlo. Su piel estaba caliente bajo la tela, y olía a colonia wood con un toque de tabaco. —No mames, ¿y si ya quiero probar?
Charlamos un rato, bailamos pegados cuando sonó "Welcome to the Black Parade". Sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. Cada roce era electricidad: el sonido de su respiración agitada en mi oído, el sabor salado de su cuello cuando lo besé disimuladamente.
¡Chin güey, este pendejo me va a volver loca! ¿Será que me lo chingo esta noche?La tensión crecía, mis pezones duros contra la blusa, su verga palpitando contra mí. No era solo físico; había algo en sus ojos, una vulnerabilidad emo que me hacía querer protegerlo y devorarlo al mismo tiempo.
—Vamos a mi depa, está cerca —me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a ron—. Pero don't try Gerard way si no estás lista para el desmadre.
Asentí, el deseo me nublaba el juicio. Salimos al fresco de la noche, el viento juguetón levantándome la falda, sus dedos entrelazados con los míos. Caminamos por las calles iluminadas de la Condesa, riendo de tonterías, pero el pulso acelerado traicionaba la urgencia. Su departamento era chido: un loft minimalista con posters de bandas y velas aromáticas a vainilla que ya ardían.
Apenas cerramos la puerta, sus labios chocaron contra los míos. Bésalo hambriento, lengua explorando mi boca, sabor a ron dulce y menta. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro mientras él me empujaba contra la pared. Qué rico su cuerpo flaco pero fuerte, pensé, sintiendo sus músculos tensos bajo la chamarra. La quitó rápido, revelando un torso pálido con tatuajes: uno en el pecho decía "Don't try Gerard way" en letra gótica chueca.
—Es mi mantra —murmuró, besándome el cuello, lamiendo hasta mi clavícula—. No lo intentes si no quieres caer.
Lo jalé hacia el sofá, quitándome la blusa con impaciencia. Mis tetas saltaron libres, pezones rosados endurecidos por el aire fresco. Él jadeó, ojos devorándome. —Eres una diosa, Valeria. Neta, no intentes como Gerard Way conmigo, porque te voy a hacer mía toda la noche.
Sus manos expertas masajearon mis senos, pellizcando suave, enviando chispas directo a mi panocha húmeda. Bajó la boca, chupando un pezón mientras su mano se colaba bajo mi falda, dedos rozando mis bragas empapadas.
¡Ay wey, ya no aguanto! Su toque es fuego puro.Gemí fuerte, arqueándome, el sonido de mi propia voz ahogada en la habitación. Olía a nuestra excitación: almizcle femenino mezclado con su aroma masculino terroso.
Lo desvestí, bajando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen que lamí con deleite. Sabor salado, cálido en mi lengua. Él gruñó, manos en mi cabeza: —¡Qué chingón tu boca, cabrona!
Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size con sábanas negras suaves. Me quitó todo, besando cada centímetro: muslos internos temblando, el olor de mi excitación llenando el aire. Sus dedos abrieron mi concha, frotando el clítoris hinchado en círculos perfectos. Entró uno, luego dos, curvándose justo ahí, el sonido chapoteante de mi jugo mojándolo todo. —Estás chorreando, mi reina —dijo, voz ronca.
La tensión era insoportable, mi cuerpo retorciéndose, uñas clavadas en su espalda. Quiero su verga ya, llenándome. Lo empujé boca arriba, montándolo a horcajadas. Su punta rozó mi entrada, resbaladiza, y bajé despacio, centímetro a centímetro. ¡Qué estirón delicioso! Llenándome hasta el fondo, su grosor pulsando dentro. Empecé a moverme, caderas girando, tetas rebotando. Él las atrapó, chupando mientras yo cabalgaba más rápido. El slap-slap de piel contra piel, sus gemidos graves mezclados con mis chillidos: —¡Más duro, Gerard! ¡No pares!
Cambié de posición, él encima, misionero profundo. Sus embestidas feroces, verga golpeando mi punto G, sudor goteando de su frente al mío, salado en mis labios. Olía a sexo puro, vainilla quemándose de fondo.
Esto es el cielo, wey. Su mirada en la mía, conectados más allá de lo físico.La intensidad creció, mis paredes apretándolo, orgasmos acercándose como ola.
—Córrete conmigo —suplicó, acelerando.
Exploté primero, un grito gutural, concha convulsionando alrededor de su verga, jugos chorreando. Él siguió unos segundos, gruñendo "¡Valeriaaa!", llenándome con chorros calientes que sentí palpitar. Colapsamos, jadeantes, su peso reconfortante sobre mí.
En el afterglow, pieles pegajosas, besos suaves. Su dedo trazó mi espalda, olor a semen y sudor nuestro perfume íntimo. —Neta, no lo intentes como Gerard Way a menudo —bromeó, riendo bajito—. O sí, pero solo conmigo.
Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. Esto fue más que un polvo, pensé. Intercambiamos números, prometiendo más. Salí al amanecer, piernas temblando, sonrisa pendeja, el recuerdo de su "don't try Gerard way" tatuado en mi mente y cuerpo. Algo cambió esa noche: descubrí mi lado salvaje, y él fue el detonador perfecto.