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Trío Rubí Bajo el Arbolito Lindo de Navidad

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Trío Rubí Bajo el Arbolito Lindo de Navidad

La luz parpadeante del arbolito lindo de navidad llenaba la sala con un brillo cálido y rojizo, como si las guirnaldas rubíes cobraran vida propia. Era Nochebuena en mi casa de la colonia Roma, con el olor a ponche caliente flotando en el aire, mezclado con el aroma fresco del pino y un toque de canela de las buñuelas que acababa de sacar del horno. Yo, Ana, de treinta y dos años, curvas que volvían locos a los hombres y una sonrisa que prometía pecados, había invitado a Marcos, mi novio de toda la vida, y a Rubí, esa morra fire que conocí en el gym, con su pelo negro azabache, labios carnosos pintados de rojo intenso y un cuerpo que parecía esculpido por los dioses del deseo.

Estábamos los tres sentados en la alfombra mullida, rodeados de regalos envueltos en papel brillante. Marcos, con su barba de tres días y esa mirada pícara que me derretía, me pasaba un vaso de ponche. Rubí, sentada con las piernas cruzadas, su falda corta subiéndose juguetona por los muslos, reía con esa voz ronca que erizaba la piel. Neta, ¿por qué invité a esta chula? pensé, mientras sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. La tensión había empezado desde que Rubí llegó, con un abrazo demasiado largo para Marcos y un beso en la mejilla que rozó mis labios.

"Este arbolito lindo de navidad está chidísimo, Ana", dijo Rubí, inclinándose para tocar una bola roja que colgaba baja. Su escote se abrió como una invitación, dejando ver el encaje negro de su brasier. Marcos tragó saliva, y yo noté cómo su pantalón se tensaba. El calor de la chimenea falsa crepitaba suave, pero el verdadero fuego ardía en nosotros. Brindamos con los vasos, el líquido dulce bajando por mi garganta, calentándome el pecho. "Por las noches mágicas", propuso Marcos, y sus ojos se clavaron en las tetas de Rubí.

La plática fluyó entre villancicos bajitos de fondo y anécdotas picantes. Rubí contó cómo en su última fiesta de fin de año terminó besando a dos weyes al mismo tiempo. "Fue un trío rubí", soltó con picardía, refiriéndose al color de su lipstick que dejó marcas en ambos. Marcos se rio, pero yo vi el hambre en su mirada. Mi mano rozó accidentalmente la de Rubí al alcanzar una buñuela, y su piel era suave como terciopelo caliente. Un escalofrío me recorrió la espina, y entre mis piernas sentí esa humedad traidora que delataba mi excitación.

¿Qué pedo conmigo? ¿Quiero esto de veras? me pregunté, mientras el pulso me latía en las sienes. Pero el deseo era más fuerte. Me acerqué a Marcos, besándolo lento, mi lengua danzando con la suya, saboreando el ponche en su boca. Rubí nos miró, mordiéndose el labio inferior. "Uff, qué rico se ven", murmuró, y sin pensarlo, su mano se posó en mi rodilla, subiendo despacio por mi falda.

El beso se profundizó, y sentí los dedos de Rubí trazando círculos en mi muslo interno. Marcos gimió bajito contra mi boca, su verga ya dura presionando mi cadera. Me separé un segundo, jadeante, el aire cargado de nuestro aroma mezclado: sudor ligero, perfume floral de Rubí y mi propia esencia almizclada. "Rubí... ¿estás segura?", pregunté con voz ronca, pero ella ya se inclinaba, besando mi cuello, su aliento caliente como una promesa pecaminosa.

Ahí empezó todo. Marcos nos miró con ojos de lobo, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos. Mis pechos saltaron libres, los pezones duros como piedras bajo la luz del arbolito lindo de navidad. Rubí los lamió primero, su lengua ávida girando alrededor de uno mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrona! grité en mi mente, arqueándome contra ella. El sabor salado de mi piel en su boca, el roce húmedo, me volvía loca. Marcos se quitó la camisa, su pecho moreno y musculoso brillando con sudor fino, y se unió, chupando mi otro pezón mientras sus manos bajaban a mi entrepierna.

La alfombra raspaba mis rodillas cuando me puse de cuatro, el trío rubí cobrando forma bajo las luces titilantes. Rubí se quitó la falda, revelando un tanga rojo que apenas cubría su panocha depilada, hinchada y lista. Marcos gruñó de placer al verla, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. "Ven, mi amor", le dije, guiándola hacia mí. La besé con furia, nuestras lenguas enredándose como serpientes, mientras Marcos se posicionaba detrás de mí, frotando la cabeza de su pija contra mi entrada húmeda.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso me arrancó un gemido que Rubí ahogó con su boca. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando, mientras yo lamía su cuello, bajando hasta sus pezones oscuros y erectos. Olía a vainilla y deseo puro. Marcos embestía rítmico, sus bolas golpeando mi clítoris con cada thrust, el sonido chapoteante de mi coño mojado llenando la sala junto al crepitar del fuego artificial.

"Más fuerte, pendejo... hazme gritar", le supliqué en voz baja, y él obedeció, clavándome profundo mientras yo metía dos dedos en la concha de Rubí, sintiendo sus paredes calientes contrayéndose alrededor de mí. Ella jadeaba, cabalgando mi mano, su jugo chorreando por mi muñeca.

Nos cambiamos de posiciones como en un baile erótico. Rubí se sentó en mi cara, su panocha rosada y goteante presionando mis labios. La saboreé como un manjar navideño: dulce, salado, con ese toque ácido que volvía adictivo. Mi lengua exploraba cada pliegue, chupando su clítoris hinchado mientras ella gemía alto, tirando de mi pelo. Marcos la penetró desde atrás, su verga entrando en ella con un pop húmedo. Sentí cómo su cuerpo se tensaba encima de mí, sus muslos temblando contra mis mejillas.

El arbolito lindo de navidad parecía testigo silencioso, sus luces bailando sobre nuestros cuerpos sudorosos. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, fluidos, piel caliente. Marcos salía de Rubí y entraba en mí alternadamente, compartiéndonos como un regalo prohibido. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras Rubí se corría primero, un chorro caliente mojándome la cara, gritando "¡Sí, pinche rica!".

La tensión crecía como una tormenta. Mis uñas se clavaban en los hombros de Marcos, mi orgasmo construyéndose en oleadas. Rubí se unió, frotando mi clítoris con dedos expertos mientras lamía la unión donde Marcos me follaba. El mundo se redujo a sensaciones: el latido de su verga en mí, el roce resbaloso, los gemidos entrecortados, el sabor de Rubí en mi lengua aún.

Exploté con un grito ahogado, mi coño apretando como un puño, oleadas de placer sacudiéndome entera. Marcos se retiró justo a tiempo, eyaculando chorros calientes sobre mis tetas y el vientre de Rubí, quien lo lamió con deleite, compartiendo el semen en un beso tresero.

Jadeantes, colapsamos en la alfombra, cuerpos enredados bajo el resplandor del arbolito lindo de navidad. El sudor enfriaba nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Marcos me besó la frente, Rubí acurrucada contra mi pecho. Esto fue mágico, neta, pensé, un calorcito de satisfacción expandiéndose en mi alma. Afuera, los cohetes de medianoche estallaban, pero nuestro fuego particular ardía más brillante.

Nos vestimos lento, riendo bajito de lo que acababa de pasar. "Feliz Navidad, mis amores", susurró Rubí, y supimos que esto no era el fin, sino el principio de más noches como esta. El trío rubí había nacido bajo ese arbolito lindo de navidad, y nada volvería a ser igual.

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