Cojí a Mi Esposa en Trío
Todo empezó en esa noche de verano en Cancún, con el aire cargado de sal marina y el rumor de las olas rompiendo a lo lejos. Mi esposa, Karla, y yo llevábamos años casados, pero la chispa nunca se apagaba del todo. Ella, con su piel morena brillando bajo las luces tenues de nuestro hotel, me miró con esos ojos cafés que siempre me ponían como pendejo. ¿Por qué no probar algo nuevo? me dijo una vez, medio en broma, mientras nos mecíamos en la hamaca de la terraza. Yo, siempre el aventurero, le seguí la corriente. Esa noche invitamos a Marco, un wey que conocimos en la playa: alto, musculoso, con una sonrisa de cabrón que prometía diversión. Todo consensual, claro, con reglas claras: nada de celos, puro placer mutuo.
Entramos al cuarto y el ambiente ya olía a anticipación, a ese perfume dulce que Karla se echa, mezclado con el sudor ligero del día. Ella se paró en medio de la cama king size, vestida solo con un tanga rojo que apenas cubría su culo redondo y firme. "Vengan, cabrones", dijo riendo, con esa voz ronca que me enciende. Yo me acerqué primero, besándola profundo, saboreando sus labios carnosos con sabor a tequila. Marco nos miró, esperando su turno, su verga ya marcando en el short.
Me quité la camisa y la abracé por la cintura, sintiendo su calor contra mi pecho.
Esto va a ser chingón, carnal, pensé, mientras mis manos bajaban a apretar sus nalgas. Karla gimió bajito, un sonido que vibró en mi boca. Marco se unió, poniéndose atrás de ella, besándole el cuello. Sentí su mano rozar mi brazo accidentalmente, pero no me jodió; al contrario, me prendió más ver cómo Karla se arqueaba entre nosotros dos. El cuarto se llenó de respiraciones pesadas, el ventilador zumbando arriba como un testigo silencioso.
La desvestimos despacio, como si fuéramos a desenvolver un regalo. Yo le quité el tanga, oliendo su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que me vuelve loco. Marco le sacó el brasier, liberando sus chichis perfectos, tetas medianas con pezones duros como piedras. Pinche suerte la mía, murmuré, chupando uno mientras Marco mamaba el otro. Karla jadeaba, "Sí, así, mis amores", jalándonos del pelo. Sus uñas en mi cuero cabelludo me mandaban chispas por la espalda.
La acostamos en la cama, las sábanas frescas contra su piel caliente. Yo me puse entre sus piernas, lamiéndole el coño despacio, saboreando su jugo dulce y salado. Marco se arrodilló a su lado, metiéndole la verga en la boca. La vi chupársela con ganas, babeando, los labios estirados alrededor de su grosor.
Cojiendo a mi esposa en trío, ¿quién chingados diría que sería tan cabrón?El sonido de succión era hipnótico, chapoteos húmedos mezclados con sus gemidos ahogados. Mi lengua entraba y salía de su clítoris hinchado, sintiendo cómo palpitaba contra mi boca. Karla temblaba, sus muslos apretándome la cabeza.
El deseo crecía como una ola. Cambiamos posiciones; Karla se montó en mí, empalándose en mi verga dura como fierro. Sentí su interior apretado, caliente, envolviéndome entero. "¡Ay, wey, qué rico!" gritó, cabalgándome con ritmo, sus caderas girando como en un baile de reggaetón. Marco se puso detrás, untándole lubricante en el culo. Ella asintió ansiosa, quiero todo, y él entró despacio. La vi morderse el labio, el dolor placer mezclándose en su cara. Ahora la teníamos doblemente penetrada, yo abajo follándola el coño, él el culo. Sus paredes se contraían alrededor de mí, sintiendo el roce de su verga a través de la delgada membrana. El sudor nos chorreaba, goteando en mi pecho, olor a sexo puro impregnando el aire.
Marco y yo nos miramos, un pacto silencioso de machos compartiendo el paraíso. "Está bien chingona tu jefa", me dijo jadeando. Yo reí, sí, pendejo, y es mía, pero el morbo de compartirla me tenía al borde. Karla gritaba ahora, "¡Más fuerte, cojanme duro!", sus tetas rebotando con cada embestida. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, sus jugos chorreando por mis bolas. Yo le pellizcaba los pezones, ella me clavaba las uñas en los hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso.
La tensión subía, como un volcán a punto de reventar. Cambiamos otra vez: Karla de rodillas, mamándome la verga empapada de ella mientras Marco la cogía por atrás. Saboreé mi propio sabor mezclado con el suyo, salado y dulce. La vi arquearse, su culo tragándose la verga de Marco hasta las bolas.
Esto es cojiendo a mi esposa en trío de verdad, puro fuego mexicano. Él la jalaba del pelo suave, ella lo pedía, empinando más. Yo le metí los dedos en la boca, follándole la garganta con mi puño. Sus ojos lagrimeaban de placer, mirándome suplicante.
El clímax se acercaba. La puse en cuatro, yo cogiéndola el coño con furia, Marco en su boca. Ella gemía alrededor de su verga, vibraciones que lo volvían loco. "Me vengo, cabrón", gruñó Marco primero, sacando y pintándole la cara de leche espesa, chorros calientes que ella lamía ansiosa. Eso me empujó al límite; embestí profundo, sintiendo su coño ordeñarme, y exploté dentro, semen caliente llenándola mientras ella se corría temblando, chorros de squirt mojando las sábanas. Pinche éxtasis, sus paredes pulsando, ordeñándome hasta la última gota.
Caímos los tres en un enredo de cuerpos sudorosos, respiraciones entrecortadas. Karla en medio, yo acariciándole el pelo revuelto, Marco besándole la espalda. El cuarto olía a semen, sudor y mar, un perfume de satisfacción. "¿Estuvo chido, verdad?", preguntó ella, voz ronca, sonriendo pícara. Yo la besé, mejor que chido, amor, fue inolvidable. Marco se despidió con un choque de puños, prometiendo discreción. Nos quedamos Karla y yo, abrazados, sintiendo los latidos calmarse.
Al día siguiente, caminando por la playa, el sol quemando la arena, ella me tomó la mano.
Cojiendo a mi esposa en trío nos unió más, carnal. No hubo celos, solo una conexión más profunda, un secreto caliente que avivaría nuestras noches por venir. El mar lamía nuestros pies, fresco y salado, como un eco de la noche anterior. Karla me miró, guiñando: "¿Repetimos algún día, pendejo?". Yo reí, sabiendo que sí, siempre sí.