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Trío Oficinista Ardiente

6110 palabras

Trío Oficinista Ardiente

Estás en la oficina de esa empresa en Polanco, México, un viernes por la noche cuando todos ya se han largado a sus casas. El aire acondicionado zumba bajito, soltando un fresco que contrasta con el calor que sientes subiendo por tu cuello. Tú, el wey que siempre se queda hasta el final para terminar reportes, miras de reojo a Ana y a Karla, tus compañeras del departamento de ventas. Ana, con su falda lápiz que abraza sus curvas como un guante, y Karla, la morena de pelo suelto y blusa escotada que deja ver justo lo suficiente para volverte loco. ¿Qué pedo con estas mamacitas hoy? piensas, mientras el olor a café recién hecho y perfume caro impregna el cubículo.

—Órale, carnal —dice Ana, estirándose en su silla con un bostezo que hace que su blusa se tense sobre sus chichis firmes—. Ya son las nueve, ¿no nos vamos a ir?

Tú niegas con la cabeza, sintiendo cómo tu verga da un tirón leve bajo el escritorio. —Neta, chicas, solo un rato más. Este pinche reporte del trío oficinista de cuentas nos tiene jodidos.

Karla se ríe, un sonido ronco y juguetón que te eriza la piel. Se para y camina hacia ti, sus caderas balanceándose como en un baile de reggaetón. —Trío oficinista, ¿eh? Suena a algo más chido que papeleo. —Sus dedos rozan tu hombro, un toque eléctrico que manda chispas directo a tu entrepierna.

Joder, esta chava sabe lo que hace. Su piel huele a vainilla y algo más, como deseo puro.

El corazón te late fuerte, el pulso retumbando en tus oídos como tambores. Ana se une, poniéndose al otro lado. —Vamos a hacer equipo, ¿no? Como un trío de verdad. —Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa pícara, y sientes su aliento cálido en tu oreja.

La tensión crece lenta, como el calor de un tequila reposado bajando por la garganta. Empiezan con bromas, pero pronto las manos se vuelven audaces. Karla se sienta en el borde de tu escritorio, su falda subiendo lo justo para mostrar la piel suave de sus muslos. Tú alargas la mano, rozándola, y ella suspira, un sonido suave que te hace apretar los dientes.

Acto uno termina ahí, pero el dos explota cuando Ana cierra la puerta de la oficina con llave. El clic resuena como una promesa. —Nadie nos va a interrumpir, wey —murmura, y te besa primero. Sus labios son suaves, húmedos, con sabor a menta y lipstick cherry. Tu lengua se enreda con la de ella, explorando, mientras Karla te quita la camisa, sus uñas arañando leve tu pecho, dejando rastros rojos que arden delicioso.

Esto es real, neta, piensas, mientras las bajas de tu escritorio al piso alfombrado. El olor a sus cuerpos se mezcla: sudor ligero, perfume floral de Ana, almizcle terroso de Karla. Tus manos viajan por sus espaldas, desabrochando blusas con dedos temblorosos de pura adrenalina. Chichis perfectos saltan libres, pezones duros como piedras preciosas bajo tu boca. Chupas uno de Ana, lamiendo círculos lentos, y ella gime, arqueando la espalda. —¡Ay, cabrón, qué rico!

Karla no se queda atrás. Baja tu pantalón, libera tu verga tiesa como fierro. —Mira nomás qué pedazo de cosa —dice con voz ronca, envolviéndola con su mano cálida, suave. La acaricia despacio, subiendo y bajando, mientras tú metes dedos en su panocha húmeda, resbaladiza. El sonido chido de jugos se oye, chapoteo obsceno en la quietud de la oficina. Ella jadea, montándose en tu muslo, frotándose contra ti como gata en celo.

El pulso me va a estallar el pecho. Sus gemidos son música, el tacto de su piel seda caliente contra la mía.

La intensidad sube. Cambian posiciones fluidas, como si hubieran ensayado. Ana se pone a cuatro sobre el escritorio, su culo redondo invitándote. Entras en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha te aprieta, caliente, palpitante. —¡Más duro, pendejo! —gruñe, y tú obedeces, embistiéndola con ritmo creciente. El escritorio cruje, papeles vuelan, pero nada importa. Karla se acurruca debajo, lamiendo donde se unen, su lengua juguetona en tus bolas y el clítoris de Ana. El placer es eléctrico, triples sensaciones: vista de curvas meneándose, sonido de piel contra piel slap-slap, olor a sexo puro impregnando el aire.

Tú sales de Ana, jadeante, sudor perlando tu frente. Karla te empuja a la silla ejecutiva, se monta a horcajadas. Su peso es perfecto, bajando sobre tu verga hasta el fondo. —¡Sí, así! —grita, cabalgándote salvaje, chichis rebotando hipnóticos. Ana besa tu cuello, mordisquea tu oreja, sus dedos jugando con tus pezones. El clímax se acerca, tensión en espiral. Sientes el orgasmo construyéndose en tu base, bolas apretadas, mientras Karla aprieta alrededor tuyo, corriéndose primero con un alarido que retumba en las paredes. —¡Me vengo, wey, me vengo chingón!

La ola te arrastra. Eyaculas dentro de Karla, chorros calientes que la llenan, mientras Ana se frota contra tu pierna, alcanzando su pico con gemidos ahogados. El mundo se reduce a pulsos, temblores compartidos, piel pegajosa de sudor y fluidos. Colapsan sobre ti, risas jadeantes rompiendo el silencio.

En el afterglow, actúa el cierre. Se acurrucan en el sofá de la sala de juntas cercana, luces tenues bañándolos en ámbar. Ana acaricia tu pecho, trazando lazy círculos. —Esto fue lo mejor del pinche año —susurra, besándote suave.

Neta, un trío oficinista como este cambia todo. No solo el cuerpo, sino algo adentro, conexión profunda.

Karla asiente, lamiendo labios hinchados. —Repetimos, ¿verdad? Mañana mismo, si quieres. —Su mano baja perezosa, rozando tu verga semi-dura, prometiendo más. Tú sonríes, el cuerpo pesado de placer, mente flotando en euforia. El aroma a sexo lingera, mezclado con el café frío olvidado. Fuera, la ciudad bulle, pero aquí, en este nido secreto, han forjado algo empoderador, mutuo, inolvidable. Mañana será otro día, pero este trío oficinista ardiente queda grabado en la piel, en los sentidos, en el alma.

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