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Trio App Deseos Desatados

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Trio App Deseos Desatados

Yo era Carla, una morra de veintiocho tacos viviendo en la Condesa, con un jale chido en una agencia de publicidad que me dejaba tiempo libre para disfrutar la vida. Pero neta, llevaba meses sin acción decente. Mis amigas, unas pinches vividoras, me hablaban de la Trio App, esa app que prometía tríos sin complicaciones, todo consensual y con calificaciones para que no te salga un pendejo. "Órale, carnala, bájatela y déjate llevar", me dijo Lupita una noche en un bar de Polanco, con los ojos brillando de picardía.

Esa misma madrugada, recostada en mi cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, saqué el celular. El corazón me latía como tamborazo en fiesta. Descargué la Trio App, subí unas fotos mías en bikini de la playa en Cancún –curvas al aire, sonrisa pícara– y escribí en el perfil: "Busco dos machos que sepan complacer sin dramas. Neta y al grano". No pasaron ni dos horas cuando llegaron las notificaciones. Diego y Marco, dos galanes de veintinueve y treinta, con fotos que me hicieron mojarme de solo verlos: Diego, moreno atlético con tatuajes en los brazos, ojos negros profundos; Marco, güero de gym, sonrisa de galán de telenovela.

Chateamos toda la noche. "Somos carnales de toda la vida, nos late lo mismo: hacer sentir a una reina como diosa", escribió Diego. Marco agregó: "Si te animas, mañana en el bar La Occidental, unas chelas y lo que siga". El pulso se me aceleró imaginándolos.

¿Y si son unos falsos? No mames, las reseñas en la app son cinco estrellas, neta pros
, pensé mientras me tocaba despacito bajo las sábanas, oliendo mi propia excitación dulce y salada.

Al día siguiente, me puse un vestido negro ceñido que marcaba mis chichis firmes y mi culo redondo, tacones rojos que resonaban como promesas en el piso de madera de mi depa. El espejo me devolvió una versión salvaje de mí: labios rojos, perfume de vainilla y jazmín que se pegaba a la piel como un amante. Llegué al bar a las nueve, el lugar vibraba con jazz suave, olor a tequila reposado y cigarros finos. Ahí estaban, en una mesa de esquina, altos, musculosos, con camisas ajustadas que dejaban ver pechos velludos y brazos fuertes.

"¡Carla! Qué chingona te ves", dijo Diego levantándose, su voz grave como ronca caricia. Me besó la mejilla, su barba de tres días raspándome la piel, olor a colonia cítrica invadiéndome. Marco me abrazó por la cintura, su mano grande posándose un segundo de más en mi cadera, calor irradiando a través de la tela. Puta madre, esto va en serio, pensé, sintiendo el cosquilleo entre las piernas.

Pedimos tequilas con limón y sal. Hablamos de todo: fútbol, tacos al pastor, la vida en la CDMX caótica pero viva. Sus risas profundas retumbaban en mi pecho, y cada roce accidental –la rodilla de Diego contra la mía, los dedos de Marco rozando mi brazo al pasar el shot– encendía chispas. "En la Trio App dijiste que querías sentirte diosa. ¿Lista para eso?", murmuró Marco, sus ojos azules clavados en los míos, aliento caliente con toques de tequila.

"Más que lista, weyes. Llévenme a volar", respondí con voz ronca, el deseo ya un nudo ardiente en mi vientre. Salimos del bar, el aire nocturno fresco de la ciudad besándonos la piel, risas mezcladas con el claxon de los coches. Subimos a un Uber hasta mi depa –no quería hotel, quería mi territorio. En el elevador, Diego me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento, lengua explorando mi boca con sabor a tequila y menta. Marco observaba, mano en mi muslo subiendo lento, rozando el encaje de mis panties húmedas.

Entramos al depa, luces tenues, música de Natalia Lafourcade de fondo suave. Me quitaron el vestido como si fuera papel, sus manos callosas y cálidas deslizándose por mi piel arrebolada. "Qué rica estás, pinche Carla", gruñó Diego, chupando mi cuello, mordisqueando hasta dejar marcas rosadas que dolían rico. Marco se arrodilló, besando mi ombligo, bajando a mis tetas, lamiendo pezones duros como piedras preciosas. Olía a sus sudores mezclados, masculino y embriagador, mi coño palpitando, jugos resbalando por mis muslos.

Caímos en la cama, un revoltijo de cuerpos. Yo en el centro, reina absoluta. Diego me besaba la boca, su verga dura presionando mi panza, gruesa y venosa, latiendo contra mí. Marco separó mis piernas, inhalando profundo: "Hueles a miel, morra". Su lengua entró en mi panocha como flecha, lamiendo clítoris hinchado, chupando labios mayores jugosos, dedos curvándose dentro tocando ese punto que me hacía arquear la espalda.

¡No mames, esto es el paraíso! Dos lenguas, cuatro manos, todo para mí
, gemí en mi mente, uñas clavándose en las sábanas.

Les pedí que se quitaran la ropa. Diego se paró, su pito moreno erguido, cabeza brillante de precum, bolas pesadas colgando. Marco, más grueso, venas marcadas, listo para follar. Me puse de rodillas, las manos envolviendo ambas vergas, piel suave sobre acero duro, olor almizclado subiendo a mi nariz. Chupé a Diego primero, lengua girando en la punta salada, garganta profunda hasta que tosió placer. Marco se metía en mi mano, resbaladizo. Intercambié, mamando su glande ancho, bolas en mi barbilla, saliva goteando.

"Quiero que me cojan ya, cabrones", supliqué, voz entrecortada. Diego se recostó, yo montándolo despacio, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Gemí alto, paredes vaginales apretándolo, jugos chorreando por su pubis. Marco detrás, lubricante fresco en mi culo, dedo primero, luego dos, preparándome. "Relájate, reina, te vamos a hacer volar", susurró, empujando su pito lubricado en mi ano apretado. Dolor inicial se fundió en placer obsceno, doble penetración pulsando en sincronía.

Follaban ritmado, Diego abajo embistiendo arriba, Marco atrás clavándose profundo. Pieles chocando con palmadas húmedas, sudores perlando cuerpos, olores de sexo crudo –esperma, coño, culo– llenando la habitación. Mis tetas rebotaban, pezones rozados por dedos de Diego. Soy una diosa, neta, follada por dos dioses, pensé en éxtasis. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Marco en la boca, Diego en el coño, luego viceversa. Cada embestida mandaba ondas de placer desde el clítoris al cerebro, gemidos míos ahogados por verga, gargantas profundas.

El clímax se acercaba como tormenta. "Me vengo, pinches machos", grité, coño contrayéndose en espasmos, chorro caliente salpicando la cama. Diego gruñó primero, llenándome de leche espesa, caliente inundando mi matriz. Marco salió, eyaculando en mi espalda, chorros blancos calientes resbalando por mi espinazo. Colapsamos, jadeos pesados, corazones galopando como caballos desbocados. Sus cuerpos flanqueándome, manos acariciando mi piel sensible, besos suaves en hombros y cuello.

Nos quedamos así un rato, el aire pesado con aroma post-sexo, sábanas revueltas y pegajosas. "Eres increíble, Carla. La Trio App nos bendijo", murmuró Diego, dedo trazando mi cadera. Marco asintió: "Vuelve a matcharnos cuando quieras, diosa". Me reí bajito, satisfecha hasta los huesos, el cuerpo lánguido pero vivo, cada músculo recordando sus toques.

Se fueron al amanecer, con promesas de más noches locas. Yo me quedé en la cama, piel marcada de besos y pellizcos, sabor a ellos en la boca. Miré el techo, sonrisa boba.

Quién diría que una app cambiaría mi mundo así. Neta, la vida es para vivirse sin frenos
. Abrí la Trio App de nuevo, lista para la próxima aventura, el deseo ya latiendo fresco en mis venas.

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