Triara Telmex Tentacion Irresistible
En el corazón de Triara, ese rincón de lujo en San Pedro Garza García donde los edificios brillan como joyas bajo el sol regiomontano, yo, Ana, me sentía atrapada en mi propio paraíso. Tenía veintiocho años, un departamento amplio con vistas al skyline y un marido que pasaba más tiempo en vuelos de negocios que en nuestra cama king size. El aire acondicionado zumbaba suave, cargado con el aroma fresco de mi perfume de vainilla, pero el maldito internet de Telmex se había caído otra vez. "¡Neta, qué coraje!", murmuré mientras marcaba el número de soporte.
Me contestaron rápido, con esa voz robótica que siempre promete soluciones en menos de dos horas. Me puse un shortcito de yoga que abrazaba mis curvas y una blusita escotada, no por nada en especial, o eso me dije. El calor de Monterrey se colaba por las ventanas polarizadas, haciendo que mi piel se erizara con anticipación. Me miré en el espejo del pasillo: cabello negro suelto cayendo en ondas, labios carnosos pintados de rojo cereza, y unos ojos cafés que gritaban aburrimiento.
¿Y si llega un técnico bien perrón? Sería como en esas novelas eróticas que leo a escondidas. Ay, Ana, no seas pendeja, solo arregla el modem y ya.
El timbre sonó puntual. Abrí la puerta y ahí estaba él: alto, moreno, con el uniforme azul de Telmex ajustado a unos músculos que delataban horas en el gym. Su nombre en la placa: Marco. Olía a jabón fresco mezclado con un toque de sudor masculino, ese olor que te hace apretar los muslos sin querer. "Buenas tardes, señora. Vengo por lo de Triara Telmex, el reporte de conexión inestable", dijo con voz grave, regiomontana pura, arrastrando las erres como un ronroneo.
"Pásale, por favor. Está en la sala, el modem ese pinche que no jala", respondí, guiñándolo un ojo sin poder evitarlo. Lo llevé al comedor, donde el aparato parpadeaba rojo como mi deseo creciente. Se agachó a revisar cables, y yo no pude evitar admirar cómo su pantalón se tensaba sobre su culo firme. El sonido de sus herramientas tintineando era hipnótico, y el aire se llenó con su aroma, haciendo que mi boca se secara.
Mientras él trabajaba, charlamos. "¿Vives sola aquí en Triara? Este fraccionamiento está chido, pero caro de madre", comentó, levantando la vista con una sonrisa pícara. "Mi esposo viaja mucho, así que sí, casi sola. ¿Y tú, Marco? ¿Siempre salvas el día con Telmex?" Le rocé el brazo al pasarle un vaso de agua fría, sintiendo la electricidad en esa piel tibia. Sus dedos rozaron los míos, y juro que oí mi pulso acelerarse como un tambor en fiesta de quince.
El arreglo tomó más de lo esperado. "Es el router, necesita reset total. ¿Me dejas un ratito más?" Asentí, sentándome en el sofá de piel italiana, cruzando las piernas para que viera lo que quisiera. Él se incorporó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y sus ojos bajaron a mi escote. Lo pillé mirándome, cabrón. Y me encanta. "Hace calor aquí adentro, ¿no? ¿Quieres que baje el AC?", pregunté, levantándome para acercarme. Mi mano rozó su pecho por "accidente", sintiendo los latidos fuertes bajo la camisa.
"Órale, Ana, no seas tan obvia", pensé, pero el deseo ardía como chile en nogada. Marco dejó la herramienta y me miró fijo. "Señora, si sigue así de cerca, no respondo". Su voz era ronca, cargada de promesas. Me mordí el labio, el sabor salado de mi gloss invadiéndome. "¿Y si no quiero que respondas? Solo por hoy, aquí en Triara, sin compromisos".
Acto seguido, sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en el desierto. Sabían a menta y a hombre hambriento, su lengua explorando con urgencia mientras sus manos grandes me apretaban la cintura. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el beso. Me levantó como si no pesara nada, sentándome en la mesa de cristal fría que contrastaba con el fuego de su cuerpo. "Eres una diosa, neta", murmuró, bajando besos por mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula.
Le arranqué la camisa, revelando un torso esculpido, pectorales duros con vello oscuro que olía a testosterona pura. Mis uñas rasguñaron su espalda, oyendo su gruñido gutural que vibró en mi piel. "Quítate eso, Marco, quiero sentirte todo", exigí, mi voz temblorosa de excitación. Él obedeció, despojándome del short con dientes, exponiendo mi tanguita húmeda. El aire fresco besó mi intimidad, haciendo que me arqueara.
¡Dios, qué mojada estoy! Su mirada me quema, como si ya me estuviera follando con los ojos.
Sus dedos gruesos separaron mis labios, rozando el clítoris hinchado. Jadeé, el placer eléctrico subiendo por mi espina como el servicio de Telmex al fin conectado. "Estás chorreando, Ana. ¿Tanto te prendo?" Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el sonido chapoteante de mi arousal llenando la sala. Lamí su cuello, saboreando sal y deseo, mientras mis caderas se movían al ritmo de su mano experta. El orgasmo se acercaba, tensión en espiral, mis pezones duros rozando su pecho.
Pero quería más. Lo empujé al sofá, arrodillándome entre sus piernas. Su verga saltó libre al bajar el zipper, gruesa, venosa, palpitante con una gota perlada en la punta. Olía a macho puro, embriagador. La tomé en mi boca, saboreando el precum salado, chupando con hambre mientras él gemía "¡Puta madre, qué rica!". Mi lengua giraba alrededor del glande, sintiendo cada vena pulsar, sus manos enredadas en mi pelo guiándome más profundo.
No aguantó mucho. "Para, o me vengo ya". Me levantó, volteándome contra la mesa. Sentí su miembro caliente presionando mi entrada, frotándose en mis fluidos. "¿Lista, preciosa?" "¡Sí, métemela toda, cabrón!", supliqué. Empujó lento al principio, estirándome deliciosamente, el ardor dulce convirtiéndose en éxtasis pleno. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi clítoris. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el cuero del sofá y mi perfume.
Aceleró, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones que enviaban chispas al centro de mi ser. "¡Más fuerte, Marco! ¡Dame todo!" Grité, el placer construyéndose como tormenta en el Cerro de la Silla. Él gruñía palabras sucias: "Tu panocha es de otro mundo, aprietas como virgen". El clímax nos golpeó juntos; yo exploté primero, contrayéndome alrededor de él en oleadas cegadoras, jugos corriendo por mis muslos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro.
Colapsamos en el suelo alfombrado, jadeantes, cuerpos entrelazados en sudor pegajoso. Su corazón latía contra mi mejilla, el sabor de su piel aún en mis labios. "Eso fue... épico", murmuró, besándome la frente. Reí bajito, el afterglow envolviéndonos como sábana tibia. Miré por la ventana: Triara brillaba al atardecer, testigo mudo de nuestro secreto.
Mi marido regresa mañana, pero esto... esto me recargó como el servicio de Telmex nuevo. Volverá a pasar, lo sé.
Se vistió con lentitud, robándome un último beso profundo. "Si el internet falla otra vez, ya sabes a quién llamar". Guiñé, oliendo su esencia en mi piel. Cerró la puerta, y yo me quedé ahí, sonriendo, el modem parpadeando verde por fin. En Triara, las tentaciones de Telmex eran irresistibles.