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Triada Ecologica Agente Causal del Placer

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Triada Ecologica Agente Causal del Placer

En las profundidades de la selva veracruzana, donde el aire huele a tierra húmeda y flores silvestres, trabajaba como biólogo en una estación de investigación ecológica. El sol filtraba sus rayos entre las copas de los ceibos gigantes, pintando todo de un verde intenso que hacía que el corazón latiera más rápido. Yo era el nuevo, el agente causal que acababa de llegar para estudiar la triada ecológica: el agente patógeno, el huésped y el ambiente. Pero nadie me advirtió que esa triada se transformaría en algo mucho más carnal, un ciclo de deseo que nos enredaría a los tres.

Ana era la jefa, una morena de curvas pronunciadas, con ojos cafés que brillaban como el chocolate de Oaxaca y una risa que resonaba como el llamado de las guacamayas. Llevaba shorts ajustados que marcaban su culo redondo y una blusa delgada empapada por el sudor, dejando ver el contorno de sus chichis firmes. Su marido, o mejor dicho, su compañero de vida, Raúl, era un tipo fornido, con barba espesa y brazos tatuados con motivos mayas, el clásico macho veracruzano que olía a café tostado y testosterona. Yo, Luis, el pendejo citadino que se aventuró al monte, no podía evitar mirarlos cuando creían que no veía.

El primer día, mientras recolectábamos muestras en el río, Ana se agachó para tomar agua y su blusa se abrió un poco, dejando ver el borde de su sostén negro.

Carajo, qué rica está esta mujer
, pensé, sintiendo un cosquilleo en la verga que me obligó a darme la vuelta rápido. Raúl lo notó y soltó una carcajada gutural: Órale, güey, no te apures, aquí en la selva todo se ve y se siente más vivo. Sus palabras fueron como una invitación velada, y desde entonces, la tensión creció como la niebla matutina.

La triada ecológica que estudiábamos era perfecta: el agente viral en las hojas, los monos como huéspedes y el bosque como ambiente propicio. Pero en mis noches solo en la cabaña, con el zumbido de los grillos y el aroma a jazmín nocturno, mi mente divagaba. Imaginaba a Ana cabalgándome mientras Raúl me chupaba las bolas, un trío salvaje donde yo era el agente causal del placer. Me pajeaba furiosamente, el semen salpicando mi pecho al ritmo de sus gemidos imaginarios.

Al tercer día, durante una caminata para monitorear el hábitat, la lluvia tropical nos cayó encima como un diluvio bíblico. Corrimos hacia una cueva natural, resguardada por enredaderas colgantes. El agua chorreaba de nuestros cuerpos, pegando la ropa a la piel. Ana temblaba, sus pezones erectos como botones duros bajo la tela mojada. Ven, acércate, me dijo Raúl, quitándose la camisa para revelar su torso velludo y musculoso. Lo hice, y él me jaló hacia ella, nuestras bocas chocando en un beso salado por la lluvia.

Esto no puede estar pasando, pero joder, sabe a gloria
, rugió mi mente mientras mi lengua exploraba la de Ana, dulce como el mango maduro. Sus manos bajaron a mi pantalón, desabrochándolo con urgencia. Mi verga saltó libre, dura como tronco de cedro, venosa y palpitante. Raúl se arrodilló, su aliento caliente en mis muslos, y la tomó en su boca experta. El calor húmedo me hizo gemir, un sonido gutural que se mezcló con el golpeteo de la lluvia.

Ana se desvistió despacio, revelando su cuerpo perfecto: caderas anchas para parir placer, panocha depilada con labios hinchados brillando de excitación. Chúpame, Luis, sé el agente que me infecta de gusto, susurró con voz ronca, jalándome el pelo hacia su entrepierna. Olía a mar y a mujer en celo, ese aroma almizclado que enloquece. Lamí su clítoris hinchado, saboreando su flujo jugoso, salado y dulce a la vez. Ella se arqueó, sus muslos apretando mi cabeza como un torno de placer.

Raúl se unió, su verga gruesa rozando mi mejilla. La chupé sin pensarlo, el sabor terroso de su prepucio llenándome la boca. Así, carnal, trágatela toda, gruñó él, follándome la garganta con embestidas controladas. Ana se masturbaba viéndonos, sus dedos hundiéndose en su coño chorreante. La tensión subía como la marea, nuestros jadeos ahogados por el rugido del agua cayendo.

Nos movimos como animales en celo. Ana se montó en mi cara, restregando su panocha contra mi nariz mientras Raúl me penetraba el culo con lubricante natural de su saliva. El dolor inicial se convirtió en éxtasis puro, su verga llenándome como un pistón caliente.

Mierda, esto es la triada perfecta: yo el agente, ellos los huéspedes, la selva el ambiente que lo permite
. Empujé hacia atrás, sintiendo cada vena de su polla rozando mi próstata, ondas de placer subiendo por mi espina.

Cambié de posición, tumbando a Ana boca abajo sobre una manta improvisada de hojas secas. La penetré de doggy, mi verga deslizándose en su calor resbaladizo como en miel caliente. Ella gritaba: ¡Más duro, pendejo, rómpeme!. Raúl se acostó debajo de ella, chupando sus tetas mientras yo la taladraba. Sus bolas peludas rozaban las mías con cada embestida, un roce eléctrico que aceleraba mi pulso.

El clímax se acercaba como tormenta. Ana se corrió primero, su coño contrayéndose alrededor de mi verga en espasmos violentos, squirt salpicando mis muslos. ¡Sí, cabrón, ahhh!, aulló, su voz quebrándose. Raúl la siguió, llenándole la boca de leche espesa que ella tragó con avidez, gotas cayendo por su barbilla. Yo exploté dentro de ella, chorros calientes inundando su útero, mi cuerpo convulsionando en un orgasmo que me dejó ciego por segundos.

Nos desplomamos en un enredo de miembros sudorosos, el olor a sexo impregnando la cueva como incienso pagano. La lluvia amainaba, dejando un silencio roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas. Ana besó mi frente, su piel pegajosa contra la mía. Eres nuestro agente causal, Luis. Has infectado esta triada ecológica con el virus del placer, murmuró ella, riendo bajito.

Raúl me palmó el culo con cariño: Qué chingón, güey. Esto apenas empieza. En ese momento, entendí que la verdadera triada ecológica agente causal no era solo ciencia: era nosotros, en simbiosis perfecta, donde el deseo era el patógeno más potente, el bosque nuestro reservorio y nuestros cuerpos los huéspedes eternos.

De vuelta en la estación, bajo las estrellas que titilaban como ojos lascivos, compartimos una cerveza fría. El afterglow nos envolvía en una calidez profunda, reflexiones susurradas sobre cómo la naturaleza nos había unido. No había culpas, solo promesas de más expediciones, más noches donde el agente causal del placer nos dominaría de nuevo. La selva guardaba nuestros secretos, susurrando aprobación con el viento en las hojas.

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