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Tríada Eléctrica

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Tríada Eléctrica

El sol de Puerto Vallarta caía como una caricia ardiente sobre mi piel morena, mientras el mar Caribe lamía la arena con un chac-chac rítmico que me ponía la piel de gallina. Yo, Carla, de treinta y dos años, caminaba descalza entre las olas, sintiendo la salitre pegajosa en mis muslos. A mi lado, Marco y Diego, mis dos carnales, mis amantes en esta tríada eléctrica que nos había unido hace seis meses. Marco, el alto y moreno con ojos de fuego, y Diego, el güero atlético con esa sonrisa pícara que me derretía.

Neta, ¿cómo carajos llegué aquí? pensé, recordando la noche en un antro de Polanco donde nos conocimos. Un roce casual, una mirada que prendió chispas, y de pronto éramos tres enredados en besos y promesas. Nada forzado, todo puro desmadre consensual, empoderándonos mutuamente en esta danza de cuerpos.

Marco me tomó de la mano, su palma áspera por el trabajo en la construcción rozando mi piel suave.

"Órale, Carla, mira cómo brilla el agua... como tus ojos cuando nos ves a los dos"
, murmuró con esa voz grave que me erizaba el vello. Diego se acercó por el otro lado, su aliento cálido oliendo a coco de la crema solar, y me plantó un beso en el cuello. Su lengua sabe a sal y deseo, sentí el pulso acelerarse, el corazón latiendo como tamborazo en mis oídos.

Regresamos al bungaló rentado, un paraíso con hamacas y vista al mar. El aire olía a jazmín y mariscos asados de la taquería cercana. Nos quitamos las playeras mojadas, revelando torsos sudorosos y curvas tentadoras. Mi bikini rojo se pegaba a mis pechos, endureciendo los pezones bajo sus miradas hambrientas.

Esto es lo que me encanta de nuestra tríada eléctrica, reflexioné mientras Marco me jalaba hacia la cama king size, Diego siguiéndonos con una botella de mezcal. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, soltando tensiones.

"Wey, hoy te vamos a hacer volar"
, dijo Diego, guiñando. Reí, sintiendo el calor subir desde el vientre.

Acto uno del desmadre: besos suaves al principio, labios explorando cuellos, hombros. Marco chupaba mi lóbulo, su barba raspando delicioso, mientras Diego trazaba círculos en mi ombligo con el dedo. Oí mis propios gemidos, bajos y roncos, mezclados con el zumbido de las olas lejanas. El tacto de sus manos, una en mi nalga, otra en mi pecho, creaba corrientes invisibles, como si nuestra piel generara su propia electricidad.

La tensión crecía lenta, como tormenta en el horizonte. Me recosté, abriendo las piernas, invitándolos. No hay celos aquí, solo puro gozo compartido. Marco descendió primero, su boca caliente sobre mi monte de Venus, lamiendo el bikini empapado.

"Qué chingón sabor, Carla, dulce como tamarindo"
. Diego me besaba la boca, su lengua danzando con la mía, saboreando mezcal y sal. Sentí vibraciones en mi clítoris, pulsos eléctricos subiendo por mi espina.

Me quité el bikini, desnuda bajo ellos. El aire fresco besaba mi piel húmeda, pezones duros como piedras. Diego se desvistió, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. Marco lo imitó, la suya más larga, curvada tentadoramente. Dios, qué privilegio tenerlas a las dos.

Escalada en el medio acto: tomé la de Diego en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándola lento mientras Marco me penetraba con dos dedos, curvándolos en mi punto G. ¡Ay, cabrón! Grité bajito, el jugo chorreando por sus nudillos. Sonidos húmedos, chap-chap, llenaban la habitación, aroma a sexo y sudor mezclándose con el jazmín.

"¿Te late, amor? ¿Quieres que te cojamos juntos?"
preguntó Marco, ojos brillantes de lujuria contenida. Asentí, interna lucha disuelta: Antes temía herir sentimientos, pero esta tríada nos fortalece, nos hace invencibles. Diego se posicionó detrás, untando lubricante fresco que olía a vainilla. Marco adelante, frotando su glande en mi entrada resbaladiza.

Entraron despacio, centímetro a centímetro. Sentí plenitud abrumadora, venas pulsando contra mis paredes, estirándome al límite delicioso. Electricidad pura, chispas en cada nervio. Me moví entre ellos, caderas ondulando como bailarina de cumbia. Marco gemía en mi oído,

"Neta, eres nuestra diosa"
, Diego mordisqueaba mi hombro, manos en mis tetas amasando.

Intensidad subiendo: ritmos sincronizados, embestidas profundas alternadas. Sudor chorreaba, pieles chocando con plaf-plaf húmedo. Oí sus respiraciones agitadas, olí su excitación almizclada. Mi clítoris rozaba el pubis de Marco, frotándose frenético. Ya vengo, weyes, no paren. Tensiones internas explotando: miedos a la rutina disueltos en éxtasis compartido.

Pequeñas resoluciones: un beso entre ellos sobre mi boca, lenguas entrelazadas, afirmando nuestro lazo. Cambiamos posiciones, yo encima de Diego cabalgando su verga, Marco en mi culo desde atrás. Vista del mar por la ventana, gaviotas gritando como testigos. Cada thrust enviaba ondas de placer, pechos rebotando, manos clavándose en carne.

Clímax aproximándose: aceleramos, jadeos convirtiéndose en rugidos. Siento la tríada eléctrica en su máxima carga, pensé, mientras orgasmos nos barrían. El mío primero, explosión cegadora, paredes contrayéndose ordeñando sus vergas, jugos salpicando. Marco gruñó, llenándome caliente, semen espeso goteando. Diego siguió, pulsos calientes en mi coño, mezclándose.

Caímos enredados, afterglow envolviéndonos como manta tibia. Cuerpos pegajosos, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, aroma a sexo persistiendo dulce.

"Esto es lo nuestro, carnales. Nuestra tríada eléctrica, eterna"
, susurré, lágrimas de dicha en ojos. Marco acarició mi pelo, Diego mi espalda. No hay finales aquí, solo más chispas por venir. Reflexión final: en esta unión, encontramos poder, placer infinito, amor multiplicado por tres. El mar seguía cantando afuera, prometiendo más noches así.

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