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La Triada Ecologica de la Tifoidea en Llamas

7184 palabras

La Triada Ecologica de la Tifoidea en Llamas

El calor de la selva chiapaneca nos envolvía como un amante posesivo, pegajoso y húmedo. Yo, Mariana, bióloga de campo con años pisando estos lares selváticos, lideraba la expedición junto a Javier y Luis. Estábamos ahí por la triada ecológica de la tifoidea: el agente patógeno, Salmonella typhi, el huésped humano vulnerable y el ambiente que lo propiciaba todo, como estos ríos contaminados y moscos zumbando. Pero entre el sudor y las muestras de agua, algo más se cocía. Javier, el microbioanalista, con su torso marcado bajo la camisa empapada, olía a tierra mojada y hombre en esfuerzo. Luis, el epidemiólogo, de ojos profundos y sonrisa pícara, siempre con esa calma que me erizaba la piel.

—Neta, Mari, esta triada ecológica de la tifoidea nos va a volver locos antes que el bicho —dijo Javier esa tarde, mientras recolectábamos muestras en el arroyo. Su voz ronca cortaba el zumbido de los insectos, y cuando se agachó, su nalga prieta se marcó en los shorts. Sentí un cosquilleo en el bajo vientre, como si el calor no fuera solo del sol.

Yo me reí, salpicándolo con agua fresca.

¿Qué carajos me pasa? Estos weyes me traen de cabeza desde el primer día en el campamento.
Luis nos miró, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y su mirada se demoró en mis pechos, que el bra húmedo apenas contenía.

—Órale, no se peleen por la triada, carnales. Hay suficiente tifoidea pa’ todos —bromeó, y su acento chilango me vibró en el pecho.

Regresamos al campamento al atardecer, con el cielo tiñéndose de rojo como piel arrebolada. El aire olía a hojas podridas y humo de la fogata que armamos. Cenamos tacos de carnitas que trajimos de Tuxtla —bien chidos, con salsa que picaba en la lengua como un beso ansioso—. La tensión crecía con cada mirada cruzada, cada roce accidental al pasar la tortilla. Mi cuerpo ardía, no por fiebre tifoidea, sino por esa química salvaje que flotaba entre nosotros tres.

La noche cayó como un manto pesado, y empezó la lluvia, ese golpeteo rítmico en las lonas de la tienda principal. Nos apretujamos ahí, los tres catres juntos por necesidad. El olor a tierra húmeda se colaba, mezclado con nuestro sudor salado. Yo en el medio, flanqueada por ellos. Javier a mi derecha, su respiración cálida en mi cuello; Luis a la izquierda, su pierna rozando la mía.

—Hace un chingo de calor, ¿no? —murmuró Javier, quitándose la playera. Su pecho lampiño brillaba a la luz de la linterna, músculos tensos como cuerdas de guitarra.

Yo tragué saliva, sintiendo mi piel erizarse.

Ya valió, Mari. Estos pendejos me van a volver loca.
Me quité la blusa también, quedando en bra deportivo, mis pezones endurecidos traicionándome.

—Pos sí, wey. Mejor nos quitamos todo y dejamos que la selva nos refresque —propuso Luis, con esa sonrisa lobuna. Sus ojos me devoraban, bajando hasta mis caderas anchas.

El corazón me latía como tambor de son huasteco. La lluvia arreciaba, un coro sensual que ahogaba nuestros jadeos iniciales. Javier se acercó primero, su mano grande posándose en mi muslo, subiendo despacio, dejando un rastro de fuego.

—¿Está chido, Mari? —preguntó, voz grave, oliendo a testosterona y selva.

Sí, pendejo, no pares —susurré, girándome para besarlo. Sus labios eran firmes, ásperos por la barba incipiente, sabían a sal y a tacos picantes. Su lengua invadió mi boca, explorando como si fuera una muestra rara.

Luis no se quedó atrás. Desde el otro lado, besó mi cuello, mordisqueando suave, su aliento caliente enviando chispas a mi centro. Sus manos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis tetas pesadas. Las amasó con devoción, pulgares rozando pezones que dolían de necesidad.

Me recosté, abriéndome a ellos como un río en crecida. La tienda olía ahora a excitación: almizcle femenino, vergas endurecidas. Javier bajó a mi pecho, chupando un pezón con hambre, mientras Luis lamía el otro. Gemí, el sonido perdido en el trueno.

—Eres una chingona, Mari. Tu cuerpo es puro fuego —gruñó Javier, deslizando mi short y tanga. Sus dedos encontraron mi chochita empapada, resbaladiza como el arroyo de la mañana. Me metió dos, curvándolos, tocando ese punto que me hacía arquear.

Luis se desvistió, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él besaba mi boca, tragándose mis quejidos.

La tensión subía como la fiebre de la tifoidea que estudiábamos.

Esta es nuestra triada: yo el huésped ansioso, ellos los agentes infecciosos, la selva el ambiente perfecto.
Javier se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada. Miró a Luis, un pacto silencioso.

—Vamos despacio, carnal —dijo Luis, guiando.

Javier empujó, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, dolor-placer que me nublaba la vista. Empecé a mover caderas, cabalgándolo desde abajo, piel contra piel chapoteando húmeda.

Luis se arrodilló cerca de mi cara, ofreciendo su pinga. La chupé ansiosa, lengua girando en la cabeza salada, garganta acomodándose a su grosor. Él gemía, manos en mi pelo, follando mi boca con ritmo suave.

Cambiaron turnos, la lluvia como testigo. Luis ahora en mi coño, embistiendo profundo, bolas golpeando mi culo. Javier en mi boca, su sabor más intenso, sudor goteando en mis tetas. El olor era embriagador: sexo crudo, selva salvaje, lluvia fresca.

Me voltearon, a cuatro patas. Javier detrás, metiéndomela por el culo —habíamos hablado de límites antes, todo claro y chido—. Lubricado con mi propia humedad, entró lento, abriéndome. Dolor inicial se fundió en éxtasis, mientras Luis debajo lamía mi clítoris hinchado.

—¡Ay, cabrones! ¡Me van a matar! —grité, orgasmos encadenándose. El primero me sacudió como sismo, coño contrayéndose, chorro caliente salpicando.

Ellos no paraban, sudando, gruñendo. Javier aceleró en mi culo, piel cacheteando. Luis se levantó, metiendo su verga en mi boca de nuevo. Sentía sus pulsos, venas latiendo.

—Me vengo, Mari... —jadeó Javier, llenándome el culo con chorros calientes.

Luis siguió, corriéndose en mi garganta, leche espesa que tragué con gusto salado.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones entrecortadas. La lluvia amainaba, dejando gotas frescas en la lona. Javier me besó la frente, Luis acarició mi espalda.

—Esa fue la mejor triada ecológica de la tifoidea que he estudiado —bromeó Luis, riendo bajito.

Yo sonreí, cuerpo laxo, satisfecho.

En esta selva, no solo bacteria, huéspedes y ambiente se conectan. Nosotros tres somos indisolubles ahora.
El amanecer nos encontró así, planeando más muestras... y más noches.

La expedición siguió, pero con un secreto ardiente. Cada mención a la triada ecológica de la tifoidea nos guiñaba el ojo, recordándonos que el verdadero contagio era el deseo mutuo, consensual y eterno.

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