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Pasión Descalza en Gel Noosa Tri 12

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Pasión Descalza en Gel Noosa Tri 12

Me subí las Gel Noosa Tri 12 nuevas esa mañana soleada en el Bosque de Chapultepec, sintiendo cómo el gel mullido se amoldaba a mis pies como una caricia suave. Eran unas zapatillas chidas, rojas con negro, perfectas para mi rutina de trote. El aroma a hule fresco y esa amortiguación que prometía volar por el sendero me puso de buenas desde el arranque. Órale, hoy voy a romperla, pensé mientras ataba los cordones, el sudor ya empezando a perlar mi frente por la humedad del DF.

Salí disparada por el camino de tierra, el crujido de las hojas secas bajo las suelas, el viento fresco rozando mis piernas tonificadas. Llevaba shorts ajustados y un top deportivo que dejaba ver mi ombligo, el sol calentándome la piel morena. De repente, lo vi: un vato alto, musculoso, con una playera sin mangas que marcaba sus bíceps. Corría con ritmo, sus zapatillas también Asics, pero las mías, las Gel Noosa Tri 12, me daban esa ventaja de rebote que me hacía sentir invencible.

¡Qué buena pisada traes, carnala! —me gritó cuando me alcanzó, su voz grave y juguetona, con ese acento chilango puro.

Me volteé, jadeando un poco, el corazón latiéndome fuerte no solo por el ejercicio. Se llamaba Marco, 28 años, triatleta amateur como yo. Charlamos mientras seguíamos el paso, el olor a tierra húmeda y eucaliptos mezclándose con su sudor masculino, ese que huele a hombre limpio y activo.

¿Por qué carajos me late tanto este wey? Sus ojos cafés me comen, y sus piernazas... ay, pinche calor
, me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que nada tenía que ver con el trote.

Paramos en una banca junto al lago, las Gel Noosa Tri 12 aún calientes por el roce. Me senté, estirando las pantorrillas, y él se dejó caer a mi lado, tan cerca que su muslo rozó el mío. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y salada. Me ofreció agua de su botella, y al beber, nuestras manos se tocaron. Sus dedos ásperos por el entrenamiento me erizaron la nuca.

—Tus Gel Noosa Tri 12 se ven chingonas, ¿las acabas de sacar del cajón? —preguntó, bajando la vista a mis pies.

—Sí, wey, ayer las compré. El gel ese se siente como si flotara. ¿Quieres probar? —le dije coqueta, extendiendo la pierna sin pensarlo dos veces.

Se rio, pero no dudó. Tomó mi pie con cuidado, palpando la suela. Su toque es fuego, pensé, mientras su pulgar presionaba el gel mullido, enviando ondas de placer hasta mi centro. El sol nos doraba, pájaros piando alrededor, y el deseo crecía como la marea en el lago artificial.

—Vamos a mi depa, está cerca, en Polanco. Te invito un smoothie post-trote —propuso, sus ojos brillando con esa hambre que yo también sentía.

Asentí, el pulso acelerado. Caminamos lado a lado, mis Gel Noosa Tri 12 pisando el pavimento con un ritmo que ahora era preludio de algo más. En el elevador de su edificio moderno, el aire se cargó. Nos miramos, y sin palabras, sus labios cayeron sobre los míos. Beso húmedo, urgente, saboreando sal y menta de su chicle. Sus manos en mi cintura, apretando, y yo respondiendo con las mías en su pecho firme.

Entramos al depa, minimalista con ventanales al skyline. Me quitó el top de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco del AC. Qué rico se siente su mirada devorándome. Yo le arranqué la playera, oliendo su piel sudada, ese aroma almizclado que me mojó al instante. Nos besamos camino al baño, riendo como pendejos cachondos.

—Dúchate conmigo, nena —murmuró, abriendo la regadera.

El agua caliente nos envolvió, vapor subiendo, jabón resbalando por nuestros cuerpos. Le enjaboné el pecho, bajando a su verga ya dura, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. Él gimió, ¡chingao qué mano!, mientras sus dedos exploraban mi panocha depilada, resbaladiza de excitación. El gel de mi shampoo olía a coco, mezclándose con nuestro sudor, y el sonido del agua golpeando azulejos era banda sonora perfecta.

Salimos envueltos en toallas, gotas perlando su torso definido. Lo empujé a la cama king size, con sábanas blancas crujientes. Me trepé encima, frotando mi clítoris contra su erección, sintiendo el calor irradiar.

Lo quiero adentro ya, pero no, hay que saborearlo
. Bajé besando su abdomen, lamiendo el surco del V, hasta llegar a su pito. Lo chupé despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando su pre-semen salado. Él arqueó la espalda, manos en mi pelo: ¡Qué rico mamas, pinche diosa!

Me volteó, poniéndome a cuatro. Besó mi espalda, bajando a mis nalgas, mordisqueando. Luego, sus labios en mis Gel Noosa Tri 12, que aún traía puestas. ¿Fetichista? Me vale, me prende más. Lamía la suela, el gel húmedo ahora por el agua, y yo gemía, panocha chorreando. Se las quitó despacio, oliendo mis pies cansados pero sexys, masajeándolos con manos expertas.

—Eres una chingona con estas Gel Noosa Tri 12 —dijo, antes de penetrarme de un solo empujón.

¡Ay, cabrón! Su verga me llenó completa, estirándome delicioso. Embestidas lentas al principio, piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo puro invadiendo la habitación. Aceleró, yo clavando uñas en las sábanas, gritando ¡más duro, wey!. El sudor nos unía, resbaloso, pulsos latiendo al unísono. Cambiamos a misionero, piernas en sus hombros, él besándome el cuello, mordiendo suave. Sentía cada vena de su pito rozando mis paredes, el clítoris hinchado pidiendo roce.

Me vine primero, explosión de placer, contrayéndome alrededor de él, jugos calientes bajando por mis muslos. ¡Qué chingón orgasmo! Él siguió, gruñendo, hasta vaciarse dentro, semen caliente inundándome. Colapsamos, jadeando, cuerpos entrelazados, el aire pesado de nuestro aroma compartido.

Después, en la cama revuelta, con las Gel Noosa Tri 12 tiradas en el piso como testigos mudos, fumamos un cigarro —bueno, él sí, yo solo lo vi—. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse.

—Fue lo máximo, ¿verdad? Tus zapatillas me inspiraron —bromeó, acariciando mi pelo.

Reí, besándolo suave.

Esto no es solo un polvo de trote, hay chispa aquí. Mañana corro contigo otra vez
. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y supe que mis Gel Noosa Tri 12 ahora cargaban con este recuerdo ardiente. Un polvo consensual, empoderador, que me dejó con una sonrisa pendeja y el cuerpo satisfecho.

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