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El Pasta Trio Ardiente

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El Pasta Trio Ardiente

Era una noche de esas en mi depa de la Condesa, con el skyline de la Ciudad de México brillando por la ventana como si estuviera de fiesta. Yo, Karla, acababa de llegar del gym, sudada y con esa hambre de loba que te da después de romperte el culo en las pesas. Mis dos carnales, Sofía y Diego, ya estaban en la cocina armando desmadre. "¡Órale, güey, mira lo que trajimos!" gritó Sofía, agitando una bolsa de pasta italiana que olía a gloria desde lejos.

El plan era simple: preparar el pasta trio, esa receta que inventamos una vez pedos en una fonda de la Roma. Tres tipos de pasta —espagueti, fettuccine y penne— cada uno con su salsa especial: una de tomate fresco con albahaca, otra cremosa de queso y champiñones, y la tercera picosa con chorizo y chile de árbol. El aire se llenó de ese aroma embriagador, ajo dorado chisporroteando en el sartén, tomate rompiéndose suave contra el metal caliente, y el queso derritiéndose como promesas pecaminosas. Mi piel se erizó con el vapor caliente que subía, y sentí un cosquilleo en el estómago que no era solo hambre.

Diego, con su playera ajustada marcando esos pectorales que me volvían loca en secreto, removía la salsa picosa.

"Karla, carnala, ¿ya te estás mojando con estos olores o qué?"
bromeó, guiñándome un ojo. Sofía soltó una carcajada ronca, su cabello negro cayendo en cascada sobre hombros bronceados. Ella era la reina del desmadre, con curvas que gritaban ven y tócalas. Yo me reí, pero neta, el calor en la cocina me hacía sentir la tela de mis leggings pegándose a mis muslos. ¿Por qué siempre terminamos así, al borde? pensé, mientras picaba el cilantro con manos temblorosas.

La mesa estaba puesta con velas parpadeantes, vino tinto de Valle de Guadalupe abierto, y platos humeantes de pasta trio. Nos sentamos cerquita, piernas rozándose bajo la madera. El primer bocado fue puro éxtasis: el espagueti resbaloso con salsa de tomate explotando en jugo dulce y ácido en mi lengua, el fettuccine envolviéndome cremoso como una caricia prohibida, y el penne picante quemándome la garganta con fuego delicioso. "¡Qué chingón está esto!" gemí, lamiendo salsa de mis labios. Diego me miró fijo, sus ojos oscuros devorándome. Sofía dejó caer un fideo en mi escote a propósito, riendo. Su dedo rozó mi piel al limpiarlo, y juro que un rayo me subió por la espina.

El vino fluía, las risas se volvían susurros. Hablamos de todo y nada: de la vez que nos emborrachamos en un antro de Polanco, de fantasías que nunca confesamos.

"¿Y si probamos algo nuevo esta noche?"
soltó Sofía de repente, su voz ronca como el chorizo en la salsa. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en las sienes. Diego se inclinó, su aliento cálido en mi oreja: "Karla, neta, te ves tan rica con esa salsa en la boca." El roce de su rodilla contra la mía era eléctrico, y sentí mi centro humedeciéndose, un pulso insistente entre las piernas.

La tensión creció como la salsa hirviendo. Sofía se paró, se quitó la blusa con un movimiento fluido, quedando en bra de encaje negro. Sus pechos subían y bajaban con cada respiro, pezones endurecidos contra la tela. "¿Quién se anima a untar un poco de esta crema en mí?" dijo, metiendo un dedo en el plato de fettuccine. Diego y yo nos miramos, el aire cargado de deseo crudo. Me levanté, temblando, y acerqué un bocado a su cuello. El queso se deslizó tibio sobre su piel salada, y lo lamí despacio, saboreando queso, champiñones y su esencia femenina. Ella gimió bajito, "Ay, pendeja, qué rico..."

Diego no se quedó atrás. Me jaló hacia él, untando salsa picosa en mi clavícula. Su lengua la recogió con hambre, el picor mezclándose con su saliva caliente, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. "Diego, güey, me estás volviendo loca." Murmuré, mientras mis manos exploraban su pecho firme, bajando a la cremallera de su jeans. Sofía se unió, besándome el cuello mientras Diego me devoraba la boca. Sus lenguas se enredaron en un beso a tres, sabores del pasta trio fusionándose: dulce, cremoso, ardiente. Olía a sexo inminente, a sudor mezclado con ajo y tomate.

Nos movimos al sillón de la sala, ropa volando como confeti. Yo caí de rodillas primero, liberando la verga de Diego, dura y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La unté con salsa de tomate, resbalosa y roja, y la chupé profunda, el sabor salado-picante explotando en mi boca. Él gruñó, "¡Chingada madre, Karla!" mientras sus caderas se mecían. Sofía se recostó, abriendo las piernas, su coño depilado reluciendo húmedo. Metí dos dedos en la salsa cremosa y los hundí en ella, follándola lento mientras lamía su clítoris hinchado. Sus gemidos llenaban la habitación, altos y guturales, mezclados con el slap de mi boca en Diego.

La intensidad subió. Diego me levantó, penetrándome de un solo empujón contra la pared. Sentí cada vena de su polla estirándome, llenándome hasta el fondo, mientras Sofía lamía mis tetas, mordisqueando pezones duros como piedras. "¡Más fuerte, cabrón!" le exigí, uñas clavadas en su espalda. El sudor nos pegaba, piel contra piel resbaladiza por salsas y fluidos. Cambiamos: Sofía encima de Diego, cabalgándolo con furia, sus nalgas rebotando, mientras yo me sentaba en su cara. Su lengua me perforaba, lamiendo mi humedad mezclada con crema de pasta, y yo me mecía, el orgasmo construyéndose como una ola.

Era puro fuego: el slap de carne, gemidos roncos, olores a sexo y cena fusionados. Diego se tensó primero, "¡Me vengo, putas!" rugió, llenando a Sofía con chorros calientes. Ella se convulsionó encima, gritando mi nombre mientras yo la besaba. Mi clímax llegó como tsunami, piernas temblando, coño contrayéndose en espasmos interminables sobre la boca de Diego. Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes, risas exhaustas.

Después, en la cama king size, nos acurrucamos bajo sábanas frescas que olían a lavanda. Diego me besó la frente, Sofía trazó círculos en mi vientre.

"Esto del pasta trio siempre nos prende, ¿verdad?"
susurró Sofía. Yo sonreí, sintiendo un calor residual en el cuerpo, el corazón lleno. Neta, qué chido es tener carnales así, sin complicaciones, puro placer mutuo. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro, éramos un mundo de tres, satisfechos y conectados. Mañana cocinaríamos de nuevo, pero esta noche, el ardor perduraba en la piel y el alma.

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