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Los Riesgos Ardientes de Hacer un Trio

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Los Riesgos Ardientes de Hacer un Trio

Imagina que estás en la playa de Cancún, el sol de mediodía derramándose sobre tu piel morena como aceite caliente. Tú, Karla, con tu bikini rojo que apenas contiene tus curvas generosas, sientes la arena tibia entre los dedos de los pies. A tu lado, tu marido Marco, ese wey alto y musculoso con tatuajes que te vuelven loca desde el primer día que lo viste en la disco de Polanco. Han estado casados tres años, y la chispa sigue viva, pero últimamente han platicado de avivar el fuego con algo nuevo. Riesgos de hacer un trío, piensas mientras tomas un trago de tu piña colada, el dulzor tropical explotando en tu lengua. ¿Y si sale mal? ¿Celos? ¿Arrepentimientos? Pero la idea te moja las panties de solo imaginarlo.

Marco te besa el cuello, su aliento cálido con olor a tequila y mar. "Órale, mi reina, ¿qué dices si invitamos a Luis? Ese carnal mío siempre anda coqueteando contigo." Luis, el mejor amigo de Marco, un chulo de ojos verdes y sonrisa pícara que vive en Playa del Carmen. Lo has visto en fotos, todo fibroso y bronceado, con esa verga que se marca en los bóxer cuando se baña en la piscina. Tu corazón late fuerte, un tambor en el pecho. "Neta, ¿estás seguro?", le preguntas, pero tu mano ya se desliza por su pecho, sintiendo los vellos duros bajo tus uñas.

La noche cae como un velo negro salpicado de estrellas. Están en la suite del hotel, el aire acondicionado zumbando suave, mezclándose con el rumor lejano de las olas. Luis llega con una botella de mezcal, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho lampiño y definido. "¡Qué onda, carnales!" dice, abrazándote un poquito más de lo necesario, su cuerpo firme presionando contra el tuyo. Huele a colonia fresca y sal marina, un aroma que te eriza la piel. Se sientan en la cama king size, las sábanas blancas crujiendo bajo su peso. Hablan de tonterías, pero la tensión crece como la marea: miradas que se cruzan, risas nerviosas, roces accidentales.

¿Y si esto destroza todo? Los riesgos de hacer un trío no son moco de pavo: un mal movimiento y adiós confianza, adiós matrimonio. Pero joder, mi concha palpita solo de verlos a los dos mirándome como lobos hambrientos.

Marco toma la iniciativa, como siempre. Te jala hacia él y te besa con hambre, su lengua invadiendo tu boca, saboreando el mezcal en tus labios. Sientes sus manos grandes desatando tu blusa, los pezones endureciéndose al aire fresco. Luis observa, su respiración pesada, la polla ya hinchándose en los jeans. "Ven, wey", le dice Marco, y Luis se acerca, sus dedos temblorosos rozando tu muslo. Tocarte los tres al mismo tiempo es eléctrico: la barba de Marco raspando tu cuello, la suavidad de las yemas de Luis en tu nalga, el calor de sus cuerpos envolviéndote como una manta viva.

Te tumban en la cama, el colchón hundiéndose suave. Marco te quita el bikini, exponiendo tus tetas llenas, los pezones rosados pidiendo atención. Luis gime bajito, "Estás rica, Karla, neta", y se lanza a mamar uno, su boca caliente succionando con fuerza, la lengua girando como un remolino. Sientes el tirón delicioso hasta el útero. Marco, celoso pero excitado, te abre las piernas, oliendo tu excitación: ese aroma almizclado y dulce de tu panocha empapada. "Mira cómo chorreó mi vieja", le dice a Luis, y ambos ríen, un sonido ronco que vibra en tu clítoris.

La escalada es lenta, tortuosa. Marco lame tu coño con maestría, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, saboreando tus jugos salados. Luis te besa, su saliva mezclándose con la tuya, mientras pellizca tus tetas, enviando chispas de dolor-placer por tu espina. Internamente luchas: Esto es demasiado bueno, pero ¿y mañana? ¿Luis se va a encoñar? ¿Marco va a dudar? Pero el deseo ahoga las dudas. Te incorporas, queriendo darles placer. Desabrochas los pantalones de Marco primero, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante, con ese olor masculino que te enloquece. La chupas profundo, garganta relajada, sintiendo las venas pulsar contra tu lengua.

Luis se une, sacando su pinga más larga y delgada, curvada como un gancho perfecto. Las coges alternadas, el sabor diferente: Marco salado y espeso, Luis más dulce, con un toque de pre-semen. Ellos gimen, "¡Pinche rica!", manos enredadas en tu pelo, guiándote sin forzar. Te sientes poderosa, diosa del placer, controlando dos hombres con tu boca húmeda. El cuarto huele a sexo: sudor, fluidos, mezcal derramado.

El clímax se acerca en oleadas. Te ponen a cuatro patas, Marco detrás embistiéndote con fuerza, su pelvis chocando contra tus nalgas en palmadas sonoras, el sudor goteando de su pecho a tu espalda. Cada estocada roza tu punto G, haciendo que grites "¡Más, cabrón!". Luis enfrente, follando tu boca, bolas peludas golpeando tu barbilla. Sientes el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Los riesgos de hacer un trío valen cada segundo, piensas mientras el mundo se nubla.

Cambian posiciones fluidamente, como si lo hubieran ensayado. Ahora Luis te coge el coño, su curva golpeando spots nuevos, mientras Marco te mete los dedos en el culo, lubricados con tu propio néctar. El doble estímulo es abrumador: el estiramiento ardiente, el roce interno, sus alientos jadeantes en tus orejas. "Te vamos a romper, mi amor", susurra Marco, y explotas. Tu concha se contrae en espasmos violentos, chorros calientes salpicando las sábanas, un grito gutural rasgando el aire. Ellos no paran, prolongando tu éxtasis hasta que lágrimas de placer corren por tus mejillas.

Marco se corre primero, gruñendo como bestia, llenándote la boca con leche espesa y caliente que tragas ansiosa, el sabor amargo-empalagoso bajando por tu garganta. Luis te voltea, corriéndose sobre tus tetas, chorros blancos pintando tu piel, calientes como lava. Colapsan a tu lado, pechos subiendo y bajando, pieles pegajosas de sudor y semen. El cuarto gira en silencio, solo el zumbido del AC y respiraciones entrecortadas.

Después, en la ducha compartida, el agua tibia lavando los restos, se ríen nerviosos. Marco te abraza por detrás, Luis por delante, un sándwich humano resbaladizo de jabón. "Fue chido, ¿verdad?", dice Luis, y tú asientes, besándolos a ambos. No hay celos, solo una conexión más profunda, como si hubieran cruzado un puente juntos.

Al final, los riesgos de hacer un trío no fueron tales. Solo placer puro, confianza renovada y un secreto ardiente que nos une más. ¿Repetimos? Neta que sí.

Duermes entre ellos, el olor de sus cuerpos mezclado con el tuyo, el mar susurrando promesas de más noches locas. Mañana será otro día, pero esta noche cambió todo para bien.

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