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Probando Tu Fuego Oculto

7108 palabras

Probando Tu Fuego Oculto

Tú caminas por las calles empedradas de la Roma, con el sol del atardecer tiñendo todo de naranja y rosa. El aire huele a tacos de canasta y a jazmín de algún jardín cercano. Llevas un vestido ligero que se pega a tu piel por el calor húmedo, y sientes cómo el roce de la tela despierta un cosquilleo en tus muslos. Hace meses que sientes esa chispa adormecida con Alex, tu novio de tres años. Ese wey te vuelve loca con su sonrisa pícara y sus manos fuertes de mecánico, pero la rutina se ha vuelto como un pozole recalentado: sabroso, pero ya no quema.

—Oye, carnala —te dice esa noche en la cama, mientras su aliento cálido te roza el cuello—. ¿Y si probamos algo nuevo? Algo que nos prenda de una vez.

Su voz grave te eriza la piel. Tú lo miras, con el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

¿Y si duele? ¿Y si no me gusta? Pero neta, quiero sentirme viva, quiero que me haga suya de una forma que no hemos intentado.
Asientes, mordiéndote el labio inferior, que sabe a la fresa de tu gloss.

Él se incorpora, sus ojos cafés brillando con esa hambre que tanto te gusta. El cuarto huele a su colonia terrosa mezclada con el sudor ligero de sus cuerpos después de un día largo. Afuera, el tráfico de Insurgentes zumba como un río lejano, pero aquí dentro solo existe el pulso acelerado de vuestros corazones.

La noche comienza con besos lentos, como si probaran un tequila añejo. Sus labios carnosos presionan los tuyos, la lengua explorando con delicadeza, saboreando el dulzor de tu boca. Tú pasas las uñas por su espalda tatuada —un águila real que parece cobrar vida bajo tus dedos—. Chido, piensas, mientras su mano grande sube por tu muslo, abriendo camino hasta el encaje de tus panties.

—Vamos despacio, mi reina —murmura, y su voz es como terciopelo raspado—. Solo dime si quieres parar.

Tú respondes arqueando la cadera, invitándolo. Él desliza la tela a un lado, y sus dedos gruesos encuentran tu humedad, resbaladiza y caliente. El sonido húmedo de su roce llena el aire, un chap chap suave que te hace gemir bajito. Hueles tu propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el almohadón de algodón egipcio que cruje bajo vuestros pesos.

Gradualmente, la tensión sube como el volumen de un cumbia rebajada. Alex te besa el lóbulo de la oreja, succionando suave, mientras un dedo se introduce en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace ver estrellas.

Neta, este pendejo sabe cómo hacerme volar. ¿Por qué no hemos probado más antes?
Tú aprietas las sábanas, sintiendo el frescor del algodón contra tu piel ardiente. Tus pezones se endurecen como piedras bajo su boca, que los lame con círculos lentos, el sabor salado de tu sudor en su lengua.

Él se detiene un momento, jadeando. —Quiero probar algo atrás, ¿dale? Lubricante, todo chido, sin prisas.

Tu pulso se acelera, un tambor en el pecho. Has fantaseado con eso, visto en esas novelas eróticas que lees a escondidas en el metro. Asientes, empoderada por su respeto, por cómo te mira como si fueras la diosa de la Guadalupe.

Se levanta por el lubricante de la mesita —frío y resbaloso al tacto cuando lo esparce en sus dedos—. Tú te pones de rodillas, el colchón hundiéndose bajo ti, el aire fresco besando tu trasero expuesto. Él masajea primero, círculos suaves alrededor de tu entrada trasera, el gel helado contrastando con tu calor. El olor químico dulce del lubricante se mezcla con el almizcle de vuestros cuerpos.

—Relájate, preciosa —susurra, besando tu espinazo—. Respira conmigo.

Inhalas profundo, exhalas, y sientes la presión de un dedo, lento, invasivo pero placentero. Un estiramiento nuevo, como probar un chile que pica pero enciende. Gimes, un sonido gutural que sale de tu garganta, mientras él bombea suave, agregando un segundo dedo. El sonido es obsceno: resbaloso, húmedo, acompañado de tus jadeos y sus gruñidos bajos.

¡Qué padre! Duele un poquito, pero es como fuego que se expande, me moja más adelante.

La intensidad crece. Tú te tocas el clítoris, círculos rápidos, mientras él prepara su verga —dura, venosa, palpitante contra tu nalga—. La piel de su glande roza tu piel, caliente como hierro forjado. —Dime si sí —pide, siempre atento.

Sí, wey, pruébala —respondes, voz ronca de deseo.

Él empuja despacio, la cabeza abriéndose paso. Sientes el ardor inicial, un estiramiento que quema delicioso, como cuando te raspas la lengua con tajín. Gritas bajito, pero es placer puro, tus paredes contrayéndose alrededor de él. Él se detiene, deja que te acostumbres, sus manos masajeando tus caderas, el sudor goteando de su frente al hueco de tu espalda. Huele a macho excitado, a testosterona y lubricante.

Comienza a moverse, lento al principio, un vaivén que roza nervios que no sabías que tenías. Cada embestida envía ondas de placer al frente, donde tus dedos aceleran. El cuarto se llena de sonidos: carne contra carne, plaf plaf húmedo, tus gemidos agudos como rancheras pasionales, sus gruñidos roncos. Ves en el espejo del clóset vuestras siluetas: tú arqueada, pechos balanceándose, él detrás como un toro montado.

La tensión sube como volcán en erupción.

No mames, esto es otro nivel. Cada empujón me acerca al borde, siento su verga gruesa llenándome, pulsando.
Él acelera, una mano bajando a unir sus dedos a los tuyos, frotando tu clítoris hinchado. El tacto doble te enloquece: áspero y suave, rápido y preciso.

—Estás tan apretada, mi amor —jadea, mordiendo tu hombro suave—. Me vas a hacer venir.

Tú sientes el orgasmo construyéndose, una ola desde las entrañas. Tus muslos tiemblan, el sudor perla tu frente, sabe salado cuando lo lames. Él embiste más profundo, rozando la próstata suya propia, gruñendo como fiera.

Explotas primero: un grito ahogado, tu cuerpo convulsionando, jugos chorreando por tus piernas. Las paredes internas aprietan su verga como puño, ordeñándolo. Él ruge, se hunde una última vez, y sientes el calor de su semen llenándote, pulsación tras pulsación, desbordando tibio por tus muslos.

Colapsan juntos, un enredo sudoroso y jadeante. El aire huele a sexo crudo, a clímax compartido. Él te besa la nuca, suave, protector. Tú giras, besándolo lento, saboreando el sudor salado de su labio superior.

—Fue chido, ¿verdad? —murmura, ojos brillando.

—Neta, el mejor try de mi vida —respondes riendo, usando esa palabra gringa que tanto les gusta en la cama.

Se quedan así, envueltos en sábanas revueltas, el tráfico afuera ahora un arrullo distante. Tu cuerpo zumba con réplicas placenteras, una calidez profunda en el pecho.

Esto nos unió más. No era solo carnal, era confianza, entrega. Mañana probaremos más, wey.
Duermes pegada a él, soñando con fuegos que no se apagan.

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