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El Trio en Familia XXX Pasional

7184 palabras

El Trio en Familia XXX Pasional

Era una noche calurosa en nuestra casa de Guadalajara, de esas que te pegan el cuerpo a la sábana y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi piel morena brillando bajo la luz tenue de las velas, preparaba la cena familiar. Mi carnala Luisa, mi hermana menor, había llegado de visita desde Monterrey. Veintiocho años, soltera y con un cuerpazo que volvía locos a todos: curvas perfectas, tetas firmes y un culo que se meneaba como en un video de reggaetón. Mi marido, Marco, el wey alto y musculoso con tatuajes en los brazos, andaba en la cocina ayudándome, pero sus ojos no se despegaban de Luisa.

¿Qué pedo con este calor?, pensé, mientras sentía el aire espeso cargado de algo más que humedad. El olor a mole poblano subía del sartén, mezclado con el perfume dulce de Luisa, que se colaba por la ventana abierta.

Nos sentamos a la mesa de roble, con platos humeantes y una botella de tequila reposado que Marco destapó con un ¡Órale, salud por la familia!. Luisa reía con esa voz ronca que me erizaba la piel, contando anécdotas de su pinche jefe pendejo. Yo notaba cómo Marco la miraba, cómo sus dedos rozaban los míos al pasar la sal. El roce era eléctrico, como un chispazo en la oscuridad. Mi concha empezó a palpitar bajito, un cosquilleo traicionero que me hacía apretar las piernas bajo la mesa.

Ya cállense, cabrones, y coman —dijo Luisa, guiñándome el ojo. Sus labios carnosos se curvaban en una sonrisa pícara, y yo juraba que olía su excitación mezclada con el cilantro fresco.

La cena se estiró, el tequila fluía como río, y las pláticas se pusieron subidas de tono. Hablamos de todo: de exnovios culeros, de noches locas en antros, de fantasías que uno no confiesa ni en el confesionario. Marco soltó una de sus clásicas:

—Yo siempre he pensado que un trio en familia xxx sería lo máximo, ¿no? Algo prohibido pero entre gente que se quiere de verdad.

Luisa se sonrojó, pero no de vergüenza. Sus pezones se marcaron bajo la blusa ligera, duros como piedritas. Yo sentí un nudo en el estómago, no de celos, sino de puro deseo.

¿Y si lo hacemos? ¿Y si esta noche exploto con ellos dos?
El corazón me latía en el pecho como tamborazo zacatecano.

Apagamos las luces principales, dejamos solo la lámpara de la sala con su resplandor anaranjado. La música de fondo, un bolero suave de Luis Miguel, envolvía el aire. Marco se acercó a Luisa por detrás, masajeándole los hombros. Ella suspiró, cerrando los ojos, y yo me quedé mirando, hipnotizada por cómo sus manos grandes bajaban despacio, rozando el nacimiento de sus tetas.

—Ana, ven pa'cá, mi reina —me llamó Marco, con esa voz grave que me moja en segundos.

Me acerqué, temblando un poco. Luisa abrió los ojos, negros y brillantes como obsidiana, y me jaló de la mano. Nuestros labios se rozaron primero, su aliento a tequila y menta invadiéndome la boca. Sabía dulce, prohibida. Marco nos vio y gruñó bajito, su verga ya dura presionando contra el pantalón.

Nos fuimos al sillón grande, de cuero que crujía bajo nuestro peso. Yo desabotoné la blusa de Luisa, liberando esas tetas perfectas, coronadas de pezones oscuros y erectos. Los lamí despacio, sintiendo su textura aterciopelada contra mi lengua, el sabor salado de su sudor mezclado con loción de coco. Ella gemía bajito, ¡Ay, carnala, qué rico!, mientras sus uñas me arañaban la espalda.

Marco se quitó la playera, mostrando ese pecho velludo y marcado por el gym. Se arrodilló frente a nosotras, bajándonos las faldas al mismo tiempo. Mi tanga estaba empapada, el olor a sexo puro flotando en el aire caliente. Él inhaló profundo, como animal en celo.

—Están de huevos, mis reinas —murmuró, antes de enterrar la cara en mi panocha primero. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando con fuerza mientras introducía dos dedos gruesos. Yo arqueé la espalda, el placer subiendo como ola furiosa, mis jugos chorreando por sus labios.

Luisa no se quedó atrás. Se inclinó y sacó la verga de Marco del bóxer: gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de precum. La mamó con hambre, succionando ruidosamente, saliva goteando por el eje. ¡Qué chula se ve mi hermana chupándosela!, pensé, mientras el cuarto se llenaba de sonidos húmedos y jadeos.

El calor nos envolvía, sudor perlando nuestras pieles, pegándonos unos a otros. Cambiamos posiciones: yo encima de Marco, hundiéndome en su pija hasta el fondo. Sentía cada centímetro estirándome, llenándome como nunca. Luisa se sentó en la cara de su cuñado, restregando su conchita lampiña contra su boca. Él lamía voraz, sus manos amasando mi culo mientras yo cabalgaba, rebotando con fuerza, mis tetas saltando al ritmo.

¡Chíngame más duro, wey! —le grité, sintiendo el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre.

Luisa se corrió primero, gritando como loca, sus jugos salpicando la barba de Marco. Ese sonido, ese olor almizclado a corrida femenina, me empujó al borde. Me vine temblando, contrayendo alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas.

Pero no paramos. Marco nos puso de rodillas, una al lado de la otra, y nos dio verga alternadamente, embistiéndonos por detrás. Primero a mí, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas resonantes. Luego a Luisa, que se mordía el labio para no gritar demasiado. El cuero del sillón olía a sexo, a sudor, a nosotros tres fundidos en uno.

Esto es el paraíso, un trio en familia xxx que nunca imaginé pero que necesitaba como el aire
, pensé en medio del éxtasis, mientras sus dedos encontraban mi clítoris de nuevo.

La intensidad subía. Marco gruñía como toro, sus embestidas más salvajes. Luisa y yo nos besábamos, lenguas enredadas, compartiendo el sabor de su verga en nuestras bocas. Él se retiró y nos hizo voltear, mamándosela juntas. Nuestras lenguas se rozaban sobre la cabeza hinchada, lamiendo bolas pesadas, succionando hasta la garganta.

—Me vengo, putas ricas —rugió Marco.

Exploto en chorros espesos, semen caliente salpicándonos la cara, las tetas, goteando por nuestros cuerpos. Nos lamimos mutuamente, tragando lo que podíamos, el sabor salado y amargo invadiendo nuestros sentidos.

Caímos exhaustos en el sillón, un enredo de piernas y brazos sudorosos. El aire estaba cargado de nuestro aroma: sexo, tequila, piel morena. Marco nos abrazaba a las dos, besándonos las frentes.

—Eso fue de la verga, familia —dijo riendo bajito.

Luisa me miró, ojos brillantes de satisfacción. —Carnala, repitámoslo pronto, ¿eh?

Yo asentí, el cuerpo aún temblando en afterglow. Afuera, la noche de Guadalajara seguía caliente, pero adentro, nuestro lazo familiar se había teñido de pasión eterna. Nos quedamos así, respirando al unísono, sabiendo que este trio en familia xxx había cambiado todo para bien. El corazón me latía tranquilo ahora, lleno de un amor nuevo, profundo y carnal.

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