Tratando de Ayudar a Mi Vecina Cachonda
Era un sábado caluroso en la colonia Roma, de esos que te pegan el sudor a la piel como si estuvieras en un sauna. Yo, Marco, acababa de mudarme al depa de al lado del de Laura, una morra de unos treinta pirulos, con curvas que te hacen voltear dos veces y una sonrisa que ilumina todo el pasillo. La vi por primera vez cargando unas bolsas del súper, con el escote de su blusa blanca dejando ver el borde de un brasier negro. Chin, qué chula, pensé, pero no le dije nada, nomás la saludé con un "qué onda, vecina".
Al día siguiente, mientras yo tomaba mi café en el balcón, la oí renegando en su depa. "¡Pendejo aire acondicionado! ¡No mames!" gritaba. Salí a ver qué onda y la encontré con la cara roja, sudando a chorros, tratando de arreglar el aparato que colgaba chueco de la ventana. Llevaba un shortcito de mezclilla que le marcaba el culo perfecto y una playera sin brasier, con los pezones endurecidos por el enojo o el calor, quién sabe.
—Órale, Laura, ¿qué pasa? —le dije, acercándome con mi mejor sonrisa.
—Este pinche aparato se descompuso y no tengo ni madres de idea de cómo arreglarlo. Estoy tratando de ayudar pero no jala —me contestó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su piel brillaba, oliendo a vainilla y sal, un aroma que me revolvió las tripas.
—Déjame ver, carnala. Yo soy bueno con estas chingaderas —le ofrecí, sintiendo ya un cosquilleo en el estómago. Entré a su depa, fresco y moderno, con muebles de diseño y plantas por todos lados. Ella me siguió, rozándome el brazo accidentalmente, y juro que sentí una descarga eléctrica.
Me subí a una silla para revisar el AC. Mientras destornillaba, platicamos. Me contó que era diseñadora gráfica, soltera después de un cabrón que la dejó por otra. Yo le dije de mi curro en una agencia de publicidad, soltero también, buscando algo que valga la pena. El aire estaba cargado, no solo de calor, sino de esa tensión que se siente cuando dos personas se miden, oliendo el deseo en el ambiente.
¿Y si le digo algo? No, wey, estás tratando de ayudar, no de ligar. Pero su cuerpo... pinche cuerpazo.
Al fin logré que el aparato jalara. Un chorro de aire frío salió, y ella aplaudió como niña chiquita.
—¡Eres mi héroe, Marco! ¿Quieres una chela para celebrar? —me dijo, yendo a la refri. Volvió con dos coronas heladas, chocándolas contra las mías. Nos sentamos en el sofá, cerca, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. El sudor se secaba en su piel, dejando un brillo tentador. Hablamos de todo: de la vida en la Roma, de tacos al pastor en la esquina, de lo chido que era tener un vecino como yo.
La plática se puso más íntima. Ella se recargó en mi hombro, su pelo negro oliendo a shampoo de coco.
—Sabes, tratando de ayudar con el AC me salvaste el día. Estaba que me derretía —susurró, su aliento cálido en mi cuello.
Mi verga ya estaba semi-dura, presionando contra el pantalón. La miré a los ojos, cafés y profundos, y vi el fuego ahí. Sin decir nada, acerqué mi boca a la suya. Nuestros labios se tocaron suaves al principio, probando, saboreando la cerveza y el salado de su piel. Ella gimió bajito, un sonido que me puso la piel chinita.
Acto dos: la cosa escaló rápido. Sus manos subieron por mi pecho, quitándome la playera con urgencia. Sentí sus uñas arañando suave mi espalda, mientras yo le bajaba los tirantes de la blusa, liberando sus chichis firmes, con pezones rosados endurecidos como piedras. Los chupé, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta que ella arqueó la espalda, jadeando.
—¡Ay, Marco, no pares! —suplicó, su voz ronca, mexicana hasta los huesos.
La recosté en el sofá, bajándole el short. Su panocha estaba mojada, depilada con una rayita sexy, oliendo a mujer en celo, a miel y deseo. Metí dos dedos despacio, sintiendo su calor apretado, sus jugos cubriéndome la mano. Ella se movía contra mí, gimiendo, sus caderas ondulando como en un baile de cumbia prohibida.
Esto es lo que necesitaba. No solo ayudar con el AC, sino esto. Su calor me quema.
Me quitó el pantalón, liberando mi verga tiesa, palpitante. La miró con hambre, lamiéndose los labios.
—Ven, métemela ya, cabrón —me ordenó, juguetona.
Me puse encima, rozando la punta contra su clítoris, lubricándola más. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, caliente y húmeda. Empecé a bombear, suave al principio, escuchando el slap-slap de piel contra piel, sus gemidos subiendo de tono. El sofá crujía, el aire frío del AC contrastando con nuestro calor animal.
Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como reina, sus chichis rebotando, sudor goteando de su cuello a mi pecho. La agarré de las nalgas, redondas y firmes, guiándola. Olía su aroma mezclado con el mío, puro sexo mexicano, intenso y sin filtros. Sus paredes internas me ordeñaban, llevándome al borde.
—Más fuerte, pendejo, dame todo —gruñó ella, clavándome las uñas.
La volteé a perrito, embistiéndola profundo, viendo su culo perfecto moverse. El sonido de mis bolas contra su piel, sus gritos ahogados, el olor a sexo impregnando el aire. Sentí su orgasmo venir: se tensó, tembló, gritando mi nombre mientras chorros de placer la sacudían. Eso me llevó al límite; me vine dentro, explosión tras explosión, llenándola con mi leche caliente.
Colapsamos juntos, jadeando, piel pegada a piel, corazones latiendo como tambores de banda. El afterglow fue puro paraíso: la besé suave, saboreando el sudor en su cuello, ella acariciándome el pelo.
—Gracias por tratando de ayudar, Marco. No solo con el AC —dijo, riendo bajito.
Nos quedamos así un rato, platicando en susurros sobre repetir, sobre ser más que vecinos. Salí de su depa con las piernas flojas, pero el alma llena. La Roma nunca había olido tan chido.