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Cuando Juega el Tri el Deseo Explota

6625 palabras

Cuando Juega el Tri el Deseo Explota

Tú llegas a la casa de tu carnala Lupe justo cuando el Tri está por salir a la cancha. El aire ya vibra con el escándalo de la tele, un chorro de güeyes gritando desde la sala, el olor a chelas frías mezclándose con el de los tacos al pastor que humean en la cocina. Órale, qué chido, piensas, mientras te abres paso entre la raza, tu short vaquero pegándose un poco a tus muslos por el calor de la noche mexicana. La pantalla gigante muestra el estadio repleto, banderas verdes ondeando como olas de pasión.

Ahí lo ves. Alto, moreno, con una camiseta del Tri que se le ajusta a los pectorales como si la hubieran cosido en su cuerpo. Está recargado en la pared, chela en mano, riendo con unos compas. Sus ojos te atrapan al instante, oscuros y juguetones, como si ya supiera el juego que se va a armar. Te sonríe, levanta la botella en saludo. Tú sientes un cosquilleo en el estómago, no por los nervios del partido, sino por esa mirada que te recorre de arriba abajo.

¿Qué pedo con este pendejo tan rico? Cuando juega el Tri, todo se pone más intenso, ¿no? Como si el fuego de la cancha se metiera en la sangre.

¡Pásale, morra! —grita Lupe, jalándote del brazo hacia el sofá—. ¡Échate una chela!

Te sientas cerca de él, porque no hay de otra en el relajo. Se llama Alex, te dice mientras el árbitro pita el inicio. Sus rodillas se rozan, y tú no te mueves. El primer ataque del Tri hace que todos salten, cuerpos chocando, sudor fresco brotando. Su mano cae en tu muslo por "accidente" cuando celebra un tiro al arco. Caliente, firme. No la quita de inmediato, y tú sientes el pulso acelerarse, igual que el de la multitud en la tele.

El primer tiempo avanza con jugadas que te dejan al borde. Cada vez que México presiona, Alex se inclina hacia ti, su aliento con sabor a cerveza y limón rozando tu oreja.

—¿Ves cómo el Chicharito la hace sudar? —te susurra, su voz grave vibrando en tu piel.

Tú ríes, nerviosa, pero respondes:

—Neta, cuando juega el Tri, se siente en todo el cuerpo.

Su mano sube un poquito más, ahora intencional. Dedos trazando círculos suaves en tu piel, enviando chispas directo a tu entrepierna. El estadio en la tele ruge con un casi-gol, y todos gritan. Tú y él se miran, el deseo crudo en el aire, más espeso que el humo de los cigarros que alguien prendió.

Al medio tiempo, Lupe arma más tacos, la raza se estira. Alex te jala discreto hacia la cocina, su mano en tu cintura, fuerte pero suave. Ahí, solos por un segundo, te acorrala contra la mesa. Su boca encuentra la tuya, beso hambriento, lengua explorando con la misma urgencia que un contragolpe. Sabe a sal y pasión, sus manos en tus nalgas apretando, levantándote un poco. Tú gimes bajito, tus pezones endureciéndose bajo la blusa, rozando su pecho.

¡No mames! Este wey me va a volver loca. Su verga ya se siente dura contra mí, gruesa, lista.

—Ven —te dice, mordiéndote el labio inferior—. Vamos a mi cuarto, nomás para no perdernos el segundo tiempo.

Tú asientes, empapada ya, el calor entre tus piernas latiendo al ritmo del corazón. Suben las escaleras, el ruido de la tele y los gritos amortiguados por la puerta. El cuarto es sencillo, cama king con sábanas verdes del Tri, posters de Copas del Mundo en las paredes. Cierra la puerta, te empuja suave contra ella, besos descendiendo por tu cuello, chupando la piel sensible, dejando marcas que mañana serán trofeos.

Sus manos quitan tu blusa con prisa, pero pausada, admirando tus tetas libres, pezones oscuros erguidos. Los lame, succiona, un placer eléctrico que te hace arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! Piensas, mientras tus uñas se clavan en su espalda. Él gime, bajando tus shorts y tanga en un movimiento, exponiendo tu concha húmeda, hinchada de necesidad.

—Estás chingona —murmura, arrodillándose. Su lengua te encuentra, lamiendo lento al principio, saboreando tus jugos dulces y salados. Tú jadeas, piernas temblando, el sonido de la tele filtrándose: ¡Gol del Tri! La casa explota en gritos, y tú explotas en su boca, orgasmos gemelos, el placer multiplicado por la euforia colectiva.

Pero no para. Te carga a la cama, se quita la ropa. Su verga salta libre, venosa, cabeza brillante de precum. Tú la agarras, dura como hierro caliente, la acaricias, saboreándola con la lengua, el gusto almizclado invadiendo tu boca. Él gruñe, caderas empujando suave.

Quiero que me llene, que me rompa como un hat-trick.

Te pone boca arriba, piernas abiertas, entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote delicioso. ¡Qué rica fricción! Sus embestidas empiezan lentas, profundas, el colchón crujiendo al ritmo. Sudor perlando sus músculos, goteando en tu piel, mezclándose con el tuyo. El olor a sexo crudo llena el cuarto, almizcle y deseo puro.

El partido sigue en la tele del cuarto, volumen bajo. Cada jugada intensa acelera sus caderas: un tiro, un empujón más fuerte; una falta, un giro que roza tu clítoris. Tú clavas las uñas en sus nalgas, urgiéndolo, más, cabrón, más. Él te voltea a cuatro patas, penetrándote desde atrás, bolas golpeando tu piel, sonido obsceno y excitante. Tus tetas rebotan, pezones rozando las sábanas ásperas.

¡Te voy a venir adentro! —jadea, cuando la tele anuncia otro gol.

La casa ruge de nuevo, y tú gritas con ellos, tu concha apretándolo en espasmos, ordeñándolo. Sientes su leche caliente llenándote, chorros potentes, mientras ondas de placer te recorren desde el útero hasta las yemas de los dedos. Colapsan juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

Se quedan así, él aún dentro, besos suaves ahora, lenguas perezosas. La tele celebra la victoria del Tri, silbatos y vuvuzelas lejanas. Tú acaricias su cabello húmedo, el corazón calmándose.

Cuando juega el Tri, todo es posible. Este wey no es cualquier cosa; neta, quiero más partidos así.

Se salen de la cama, se visten riendo bajito. Bajando, la fiesta sigue, chelas brindando por el triunfo. Lupe te guiña el ojo, sabiendo. Alex te pasa una cerveza, su mano en tu espalda baja, promesa de revancha.

La noche termina con abrazos y planes. Tú sales a la calle, el aire fresco besando tu piel encandecida, el eco del partido en tu sangre, el sabor de él en tus labios. Mañana será otro día, pero cuando juega el Tri, el fuego no se apaga fácil.

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