El Tri Color Corgi que Enciende Pasiones
Estaba en el parque de Chapultepec un domingo por la mañana soleado como solo en la Ciudad de México se dan esos días perfectos pa' salir con mi perrita. El aire traía ese olor a tierra húmeda y jacarandas en flor que me pone de buenas. Mi labrador, Chispita, corría como loca persiguiendo una pelota mientras yo la veía desde la banca, tomando un café de olla que me había traído del Oxxo. Neta, qué chido es desconectarse del desmadre de la semana.
De repente, vi aparecer a un wey con un perrito precioso. Era un tri color corgi, con su pelaje blanco, negro y café fuego brillando bajo el sol, las patitas cortas moviéndose como si bailara cumbia. El tipo era guapo, alto, con barba recortada y una sonrisa que iluminaba más que el sol. Vestía jeans ajustados y una playera negra que marcaba sus brazos fuertes. Mi corazón dio un brinco. Órale, qué rico, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
¿Y si me acerco? No mames, ¿y si me ve como loca? Pero ese tri color corgi es la excusa perfecta. Simón, voy.
—¡Qué padre tu corgi! le grité mientras Chispita se acercaba curiosa a olfatear al perrito.
Él volteó, sus ojos cafés clavándose en los míos. —¡Gracias! Se llama Mochi. Es un tri color corgi puro, ¿verdad que es un chiste con patas? —rió, y su voz grave me erizó la piel.
Nos pusimos a platicar. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance que andaba capturando el parque. Yo, Ana, diseñadora gráfica que necesitaba aire fresco pa' inspirarme. Los perros jugaban mientras nosotros coqueteábamos sin disimulo. Su olor, una mezcla de colonia cítrica y sudor fresco del ejercicio, me mareaba. Cada vez que se reía, su pecho subía y bajaba, y yo imaginaba mis manos ahí.
—Oye, ¿te late ir por un helado? Hay una nevería aquí cerca que está de lujo —me propuso, y sus ojos decían más que palabras.
No seas pendeja, Ana, di que sí, me dije. —¡Simón! Vamos con los peludos.
Acto uno cerrado: la chispa encendida, el deseo latiendo bajito como un tambor lejano.
Caminamos por los senderos empedrados, Mochi el tri color corgi trotando delante con su colita en alto, Chispita siguiéndolo embobada. Diego rozaba mi mano "accidentalmente" y cada toque era como electricidad. En la nevería, pedimos nieves de limón y chamoy, el picor en la lengua avivando el fuego interno. Nos sentamos en una mesa al aire libre, el viento jugando con mi falda ligera, subiéndola un poquito y notando cómo él desviaba la mirada pa' no ser obvio.
—Neta, Mochi me ha salvado la vida. Después de mi divorcio, él me sacó de la depre. ¿Y tú? —preguntó, su rodilla tocando la mía bajo la mesa.
Le conté de mi ex, un pendejo que no valoraba nada. Hablamos de sueños, de viajes a la playa en Oaxaca, de lo chido que es la vida en la CDMX. Su mano se posó en mi muslo, suave al principio, luego firme. Sentí mi piel arder, el calor subiendo entre mis piernas. Quiero besarlo ya, carajo.
—¿Sabes qué? Mi depa está cerca, tengo una alberca en el roof y unos chescos fríos. ¿Te late seguir la plática ahí? Los perros se llevan chido —dijo, su aliento cálido en mi oreja cuando se acercó.
Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando como tamborazo zacatecano. —¡Claro, wey! Vamos.
En su coche, un Tsuru viejo pero limpio, Mochi en el asiento de atrás con Chispita. La radio ponía cumbia rebajada, y su mano en mi pierna subía despacio mientras manejaba. Olía a su excitación, ese aroma masculino que me moja sin remedio. Paramos en semáforo y me besó, labios suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a chamoy dulce-picante. Gemí bajito, mis pezones endureciéndose contra la blusa.
Llegamos a su depa en la Roma, moderno con plantas y arte en las paredes. Los perros se echaron en la sala mientras nosotros subimos al roof. La ciudad se extendía infinita, el sol calentando nuestra piel. Abrió chescos, chocamos botellas. —Eres preciosa, Ana —murmuró, jalándome por la cintura.
Sus besos bajaron a mi cuello, mordisqueando suave. Manos en mi espalda, bajando la cremallera de mi vestido. Lo dejé caer, quedando en brasier y tanga. Él se quitó la playera, revelando torso definido, vello oscuro invitando a tocar. Lo besé el pecho, saboreando sal de su piel, oliendo su esencia pura.
Caímos en la cama de toldo, sus dedos trazando mis curvas, pellizcando pezones hasta hacerme jadear. —Qué rica estás, mamacita —gruñó, voz ronca. Bajó mi tanga, besando mi vientre, muslos. Su lengua en mi chochita, lamiendo clítoris con maestría, chupando jugos que fluían como miel. Gemí fuerte, caderas arqueándose, uñas en su cabello. ¡No pares, pendejo divino!
Lo volteé, desabroché su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La lamí desde la base, saboreando su gusto salado-musgoso, chupando cabeza hasta la garganta. Él jadeaba, manos en mis tetas, pellizcando. —¡Carajo, qué chingona!
Tensión al máximo, cuerpos sudados brillando, el roof lleno de nuestros gemidos y el lejano bullicio citadino.
Me puso a cuatro, verga rozando mi entrada húmeda. —¿Quieres que te chingue? preguntó, juguetón.
—¡Sí, métemela toda! —supliqué, ansiosa.
Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada vena pulsando dentro. Empezó a bombear, lento al principio, luego rápido, cachetadas de sus huevos contra mi clítoris. El placer subía en olas, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Sudor goteaba, mezclándose con nuestros fluides, olor a sexo crudo invadiendo el aire.
Cambié de posición, cabalgándolo. Sus manos en mis caderas guiando, yo rebotando, tetas saltando. Miré sus ojos, conexión profunda más allá de lo físico. —Te sientes increíble, jadeó. Aceleré, clítoris frotando su pubis, orgasmos acercándose como tormenta.
Exploté primero, grito ahogado, cuerpo temblando, chochita contrayéndose en espasmos. Él gruñó, verga hinchándose, corriéndose dentro profundo, chorros calientes inundándome. Colapsamos, entrelazados, respiraciones agitadas sincronizándose.
Después, tumbados bajo las estrellas tempranas, Mochi el tri color corgi ladrando juguetón desde abajo, rompiendo la burbuja. Reímos, besos suaves. —Esto fue neta lo mejor que me ha pasado en meses —dijo, acariciando mi cabello.
—Y todo por un tri color corgi chistoso —respondí, sintiendo paz profunda, deseo satisfecho pero promesa de más.
Nos vestimos lento, bajamos con los perros. Caminamos de regreso al parque, manos unidas, el sol poniéndose en tonos naranjas. Sabía que esto no acababa aquí; el fuego apenas empezaba.