Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Inténtalo Un Poquito Más Duro Inténtalo Un Poquito Más Duro

Inténtalo Un Poquito Más Duro

7774 palabras

Inténtalo Un Poquito Más Duro

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad, luces neón parpadeando como promesas calientes contra el cielo estrellado. Ana se ajustó el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, sintiendo el roce sedoso contra su piel morena. Hacía calor, ese bochornoso que te hace sudar y desear una brisa fresca, pero lo que realmente la tenía inquieta era la mirada de Marco desde el otro lado de la terraza. Él, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho, charlaba con unos cuates, pero sus ojos cafés la devoraban cada vez que volteaba.

Qué chingón se ve este wey, pensó ella, mordiéndose el labio inferior mientras un sorbo de tequila quemaba su garganta con ese sabor ahumado y dulce. Habían estado juntos dos años, pero cada vez que lo veía así, con esa sonrisa pícara y el cuerpo atlético de tanto gym, le daban ganas de arrastrarlo a un rincón oscuro. La música ranchera fusionada con reggaetón retumbaba, haciendo vibrar el piso bajo sus tacones, y el aroma a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire, mezclándose con el perfume floral de su piel.

Marco se acercó por fin, su mano grande y cálida posándose en la curva de su cintura. Mamacita, ¿ya te cansaste de verme de lejos? murmuró cerca de su oreja, su aliento con olor a cerveza Corona rozándole el lóbulo. Ana sintió un escalofrío delicioso bajarle por la espina, y su cuerpo respondió con un cosquilleo entre las piernas.

Es que estás muy pendejo coqueteando con las morras de allá, le contestó ella juguetona, presionando su cadera contra la suya para sentir la dureza creciente en sus jeans. Él rio bajito, ese sonido ronco que le erizaba la piel, y la jaló hacia la salida. Vámonos a la casa, que aquí no hay privacidad pa' lo que quiero hacerte.

En el Uber de regreso, el tráfico de Reforma era un caos, pero ellos no lo notaban. Sus manos se exploraban disimuladamente: los dedos de él subiendo por su muslo, rozando el encaje de sus panties húmedas ya. Ana jadeaba quedito, el olor a su excitación mezclándose con el cuero del asiento. No aguanto más, carnal, méteme los dedos ya, suplicaba en silencio mientras él trazaba círculos lentos sobre su clítoris hinchado a través de la tela.

Acto de escalada

Llegaron al depa en Condesa, un nido moderno con vistas al Parque México. La puerta se cerró con un clic que sonó como una promesa, y Marco la empujó contra la pared del pasillo, sus labios devorando los de ella con hambre. Sabían a tequila y deseo, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje. Ana metió las manos bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen contraer bajo sus uñas, arañando lo justo para hacerlo gruñir.

Te voy a comer entera, nena, prometió él, bajando por su cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Ella arqueó la espalda, el vestido subiéndose hasta revelar sus muslos torneados. El aire olía a su colonia cítrica y al almizcle de sus cuerpos calentándose. Marco la cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndola, y la tiró sobre la cama king size, las sábanas frescas contrastando con su piel ardiente.

Desnuda ya, Ana se recostó, sus pechos medianos y firmos subiendo y bajando con cada respiración agitada, pezones oscuros endurecidos como piedritas. Él se quitó la ropa despacio, torturándola, dejando que viera su verga gruesa y venosa erguirse orgullosa, la punta brillando con pre-semen. Qué vergota, Dios mío, me va a partir en dos, pensó ella, pasando la lengua por sus labios resecos.

Marco se arrodilló entre sus piernas abiertas, inhalando profundo el aroma almizclado de su concha depilada, jugosa y rosada. Estás chorreando, mi reina, dijo con voz ronca, y hundió la cara allí. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando el néctar salado-dulce que manaba de ella. Ana gritó, agarrando su cabello negro revuelto, empujándolo más adentro. Los sonidos eran obscenos: chupeteos húmedos, gemidos ahogados, el slap de su boca contra su carne hinchada.

Pero ella quería más, necesitaba sentirlo dentro. Métemela ya, pendejo, no me hagas esperar, suplicó, las caderas moviéndose solas. Él se incorporó, frotando la cabeza gorda de su verga contra su entrada resbaladiza, entrando poquito a poco. Ana sintió el estiramiento delicioso, centímetro a centímetro, las venas pulsando contra sus paredes internas. ¡Ay, qué rico! Lléname toda.

Empezaron lento, un ritmo hipnótico: él embistiendo profundo, ella clavando las uñas en su espalda ancha, dejando marcas rojas. El sudor los unía, piel contra piel resbaladiza, el colchón crujiendo bajo ellos. El cuarto se llenó de sus olores: sexo crudo, sudor masculino, su perfume floral ahora mezclado con feromonas. Marco aceleró, sus bolas peludas golpeando su culo con cada estocada, el sonido rítmico como un tambor primal.

Ana sentía la presión building en su vientre, ese nudo apretándose. Más duro, wey, inténtalo un poquito más duro, jadeó ella, y él sonrió perverso. Try just a little bit harder, baby? contestó en inglés juguetón, ese acento mexicano suyo haciéndolo sexy. Empujó con más fuerza, el glande golpeando su punto G una y otra vez. Ella vio estrellas, el placer electrico recorriéndole las terminaciones nerviosas, sus paredes contrayéndose alrededor de él como un puño caliente.

No pares, cabrón, vas a hacer que me venga como nunca
, pensó Ana mientras él la volteaba a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas. Desde atrás, la penetraba brutal pero consentido, sus dedos hurgando su clítoris en círculos rápidos. El espejo del clóset reflejaba la escena: sus tetas balanceándose, su cara de éxtasis puro, él sudando profusamente, músculos flexionados.

La tensión crecía, sus gemidos convirtiéndose en gritos. ¡Sí, así! Try just a little bit harder, Marco, ¡rompe mi panocha! lo urgió ella, y él obedeció, follando como un animal en celo, el sudor goteando de su frente a su espalda. El orgasmo la golpeó como un tsunami: ondas de placer convulsionándola, chorros de squirt empapando las sábanas, su voz rompiéndose en un alarido gutural.

Clímax y afterglow

Marco no tardó, sus embestidas erráticas anunciando su liberación. Me vengo, nena, agárrate, rugió, y se hundió hasta el fondo, su verga latiendo mientras llenaba su concha de semen caliente, espeso. Colapsaron juntos, un enredo de miembros temblorosos, respiraciones entrecortadas. Él se quedó dentro de ella un rato, suave ahora, besando su nuca húmeda.

Ana giró la cara, saboreando sus labios salados en un beso perezoso. El cuarto olía a sexo satisfecho, a ellos dos fundidos en uno. Esto es lo que amo de ti, carnal, esa entrega total, reflexionó mientras trazaba patrones en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón martillando calmándose poco a poco.

Se ducharon juntos después, el agua caliente cascabeando sobre sus cuerpos magullados dulcemente, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Rieron de tonterías, como siempre, planeando el desayuno de chilaquiles en la fonda de la esquina. En la cama fresca, envueltos en las cobijas, Ana se acurrucó contra él, su mano descansando sobre su verga dormida.

La próxima, yo te voy a hacer rogar try just a little bit harder, murmuró ella con picardía. Marco rio, atrayéndola más cerca. La ciudad zumbaba afuera, pero en ese momento, el mundo era solo ellos, saciados, conectados en cuerpo y alma. El deseo no se apagaba; solo se recargaba para la siguiente ronda.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.