La Triada Clasica de Endometriosis Desatada
Me llamo Ana, y desde hace años vivo con esa triada clásica de endometriosis que el doc me diagnosticó: dolores menstruales que me parten en dos, sexo que duele como la chingada y esa sombra de infertilidad que me carcome el alma. Pero neta, no soy de las que se rinden. Vivo en un depa chido en la Roma, con mi carnal, digo, mi viejo, Luis, que es un wey paciente y ardiente como pocos. Él sabe todo de mis males, y aun así me mira con esos ojos que me prenden el fuego interno.
Era una tarde de viernes, el sol se colaba por las cortinas blancas, pintando rayas doradas en la cama king size. Olía a café recién hecho y a las gardenias que Luis había traído del mercado. Yo andaba con el periodo a nada de llegar, ese pinchazo familiar en el bajo vientre me recordaba la triada clásica de endometriosis, pero hoy no quería pensar en eso. Quería sentirlo a él, su piel morena contra la mía, clara y suave.
¿Y si hoy duele menos? ¿Y si su toque mágico hace que el dolor se convierta en placer?me dije, mientras me quitaba la blusa ligera, dejando que mis tetas medianas se liberaran, los pezones ya duros por la anticipación.
Luis entró al cuarto, con su sonrisa pícara, camisa desabotonada mostrando ese pecho velludo que tanto me gusta lamer. Órale, mami, murmuró, su voz ronca como tequila añejo. Se acercó despacio, sus manos callosas de tanto trabajar en la constructora rozaron mis hombros, bajando por mis brazos. El tacto era eléctrico, un cosquilleo que me erizaba la piel. Olía a jabón Irish Spring mezclado con su sudor varonil, ese aroma que me moja la panocha sin remedio.
Nos besamos lento, sus labios carnosos chupando los míos, lengua danzando con la mía en un ritmo que aceleraba mi pulso. Te deseo tanto, Ana, susurró contra mi boca, mientras sus dedos jugaban con el botón de mis jeans. Yo gemí bajito, sintiendo el calor subir desde mi entrepierna. Pero ahí venía el miedo: ¿y si el dolor me arruina todo otra vez?
Acto uno: la chispa. Nos recostamos en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda desnuda. Luis me masajeó el vientre con aceite de coco que sacó de la mesita, sus palmas calientes presionando suave donde la endometriosis me jode. Relájate, mi reina, dijo, y neta, su voz era como un bálsamo. El olor dulce del aceite se mezclaba con mi excitación, ese musk femenino que él adora inhalar.
Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, ya tiesa y palpitante, la vena marcada latiendo como mi corazón. La tomé en mi mano, piel sedosa sobre dureza de acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. ¡Ay, wey, qué rico! exclamé, mientras él me quitaba las calzas, exponiendo mi chochito depilado, húmedo y rosado.
Pero el conflicto ardía: la triada clásica de endometriosis no perdona. Recordé las visitas al ginecólogo, cómo me explicó los quistes y adherencias que convierten el amor en tormento.
No quiero que duela, Luis. No hoy, le confesé, mi voz temblorosa.
Él se detuvo, ojos fijos en los míos. Entonces vamos despacio, mi amor. Te conozco, sé cómo hacerte volar sin lastimarte. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, bajando por la espina dorsal con labios húmedos. Sus manos amasaron mis nalgas firmes, separándolas para lamer mi ano con ternura, lengua caliente y circular. ¡Madre mía! El placer anal era mi escape, puro y sin dolor endometrial.
Acto dos: la escalada. El cuarto se llenaba de nuestros jadeos, el ventilador zumbando arriba como testigo. Luis untó más aceite en su verga, lubricándola reluciente, y presionó la punta contra mi entrada trasera. Yo arqueé la espalda, sintiendo la presión deliciosa, el estiramiento que ardía placero. Despacio, carnal, pedí, y él obedeció, entrando centímetro a centímetro, su grosor llenándome hasta el fondo.
El tacto era abrumador: su pubis peludo rozando mis nalgas, bolas pesadas golpeando suave. Yo me tocaba el clítoris, dedos resbalosos en mi jugo, círculos rápidos que mandaban chispas por mi cuerpo. ¡Más fuerte, pendejo! grité, el slang saliendo natural en mi excitación mexicana. Él aceleró, embestidas profundas que hacían crujir la cama, su sudor goteando en mi espalda, caliente y salado.
Internamente, luchaba: el vientre dolía un poco por la posición, recordatorio de la endometriosis, pero el placer lo ahogaba todo.
Esto es mío, este éxtasis es mi victoria sobre la triada, pensé, mientras ondas de calor subían desde mi culo hasta mi cerebro. Luis me volteó, ahora misionero invertido, su verga aún dentro, y me penetró mientras chupaba mis tetas, dientes rozando pezones sensibles. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, llenaba el aire junto a nuestro ay, ay, ay sincronizado.
La tensión crecía: mis muslos temblaban, el orgasmo acechando como tormenta en el Popo. Él gemía mi nombre, Ana, mi diosa, su aliento caliente en mi cuello. Yo clavé uñas en su espalda, oliendo su esencia pura, sintiendo cada vena de su verga frotando mis paredes internas. El clímax me golpeó primero: un estallido blanco, mi chochito contrayéndose vacío pero extasiado, jugos brotando mientras gritaba ¡Me vengo, wey!.
Luis no paró, sus caderas pistoneando furiosas, hasta que rugió, llenándome con chorros calientes que se sentían como lava voluptuosa. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante, no aplastante.
Acto tres: el resplandor. La habitación olía a sexo crudo, semen y sudor mezclados con gardenias marchitas. Luis se salió suave, besando mi frente sudorosa. ¿Ves? Podemos vencerla juntos, murmuró, trayendo una toalla tibia para limpiarme. Yo sonreí, el vientre ahora calmado, la triada clásica de endometriosis momentáneamente silenciada por el amor.
Nos acurrucamos, su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando círculos perezosos en mi piel.
Quizá la infertilidad no sea el fin. Quizá encontremos nuestro camino, con o sin hijos, reflexioné, mientras el sol se ponía, tiñendo todo de naranja. Afuera, el bullicio de la Roma: cláxones, risas de vecinos, vida mexicana palpitante.
Pero el deseo no se apagó. Horas después, bajo la ducha caliente, agua cascando como lluvia tropical, nos enjabonamos mutuamente. Sus manos en mi jabón espumoso, resbalando por curvas, yo arrodillándome para mamar su verga de nuevo, agua salpicando, sabor limpio y salado. Él me levantó contra la pared azulejada, piernas enroscadas en su cintura, y me penetró vaginal esta vez, lento, cuidadoso. Sorprendentemente, no dolió tanto; el orgasmo previo había relajado todo.
¡Chingón! exclamé, mientras veníamos juntos otra vez, el vapor envolviéndonos en niebla erótica. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos de suadero por app, riendo de tonterías. Esa noche, durmiendo pegados, supe que nuestra conexión era más fuerte que cualquier enfermedad. La triada clásica de endometriosis era parte de mí, pero no me definía. El placer, el amor, eso sí.
Y así, en el corazón de México, encontré mi liberación.