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El Trio de la Boda Ardiente

7177 palabras

El Trio de la Boda Ardiente

La boda de mi carnala Lupe estaba en su apogeo en ese rancho chulo cerca de Guadalajara. El sol ya se había escondido, dejando el cielo lleno de estrellas que parpadeaban como ojos pícaros. El aire olía a jazmines frescos, mezclado con el humo de las carnes asadas en la barbacoa y el dulzor del tequila reposado que corría como agua. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, vestida con un vestido rojo ceñido que me hacía ver como una diosa mexica, bailaba al ritmo de la banda norteña. Mis tetas rebotaban con cada zapateado, y sentía las miradas de los vatos clavadas en mi culo prieto.

¿Por qué carajos vine soltera a esta pedo de boda? pensé mientras tomaba un trago de mi chela helada, el líquido fresco bajando por mi garganta reseca. Ahí estaban ellos: Marco, el primo del novio, alto, moreno, con esa sonrisa de pendejo que te derrite, y su compa Diego, más delgado pero con unos ojos verdes que prometían travesuras. Los dos me habían estado siguiendo con la vista toda la noche, y neta, el calor entre mis piernas ya me traicionaba.

—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de bailar sola? —me dijo Marco acercándose, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor.

Le sonreí, sintiendo el roce de su mano en mi cintura, cálida y firme. —Neta, wey, estoy esperando a alguien que me siga el paso.

Diego se unió, ofreciéndome un shot de tequila. Sus dedos rozaron los míos, enviando chispas por mi espina. Bebimos, y el ardor del licor se extendió por mi cuerpo, despertando un hormigueo en mis pezones que se endurecieron bajo la tela delgada.

La fiesta seguía, pero nosotros tres nos fuimos apartando hacia un rincón del jardín, donde las luces de las guirnaldas parpadeaban suaves. Hablamos pendejadas, riéndonos de la borrachera del padrino, pero el aire se cargaba de algo más. Marco me tomó de la mano y me jaló hacia un cuarto vacío en la casa principal, Diego siguiéndonos con una mirada lobuna.

Esto va a ser el trio boda del año, cabrones, pensé, el corazón latiéndome como un mariachi enloquecido.

Adentro, el cuarto olía a madera vieja y sábanas limpias. La luz de una vela solitaria bailaba en las paredes, proyectando sombras que jugaban con nuestros cuerpos. Marco me besó primero, sus labios gruesos devorando los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su verga ya dura contra mi vientre.

Diego no se quedó atrás. Sus manos expertas bajaron el cierre de mi vestido, liberando mis tetas llenas. —Mamacita, qué ricas, murmuró, lamiendo un pezón mientras lo chupaba con hambre. El placer me recorrió como un rayo, mis rodillas flaqueando. Me recargué en Marco, que me mordisqueaba el cuello, su aliento caliente en mi oreja.

—Quieres esto, ¿verdad, Ana? Un trio boda que no se olvide —susurró Marco, su voz ronca de deseo.

—Sí, pendejos, córremanme ya —respondí, mi voz temblorosa, empujándolos hacia la cama king size.

Nos desvestimos con prisa, pero saboreando cada roce. La piel de Marco era morena y suave, salpicada de vello en el pecho que raspaba delicioso contra mis palmas. Diego, más pálido, tenía músculos definidos que se tensaban bajo mis uñas. Caí de rodillas entre ellos, el piso fresco contra mis rodillas desnudas. Tomé la verga de Marco en mi mano, gruesa y venosa, palpitando caliente. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Diego gimió cuando le di alcance, su pinga más larga, curva perfecta para golpear hondo.

¡Neta, dos vergas pa' mí sola! Esto es mejor que cualquier pinche fantasía.

Me turnaba mamándolos, succionando fuerte, oyendo sus jadeos roncos mezclados con mis slurps húmedos. Marco me jaló el pelo suave, guiándome, mientras Diego me masajeaba las nalgas, un dedo rozando mi concha ya empapada. El olor a sexo llenaba el cuarto, almizclado y embriagador, mi jugo chorreando por mis muslos.

Me levantaron como si fuera una pluma, acostándome en el centro de la cama. Las sábanas frescas besaron mi espalda ardiente. Marco se posicionó entre mis piernas, su verga frotando mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer que me arquearon. —Dime si quieres que te meta, reina —gruñó.

—¡Métemela ya, cabrón! —supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité de gusto, mi concha apretándolo como un guante caliente y húmedo. Diego se arrodilló junto a mi cabeza, ofreciéndome su verga. La chupé con furia mientras Marco me cogía profundo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas rítmicas. El sonido era obsceno, chap-chap-chap, mezclado con nuestros gemidos ahogados.

Cambiaron posiciones. Diego me penetró ahora, su curva golpeando mi punto G con cada embestida, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados. Marco me besaba, sus dedos pellizcando mis tetas, tirando de los pezones hasta doler placenteramente. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ballet sudoroso. Olía a nosotros, a piel caliente, a sexo puro.

Esto es el paraíso, wey. No pares, no pares, rogaba en mi mente, mis caderas moviéndose al unísono, persiguiendo el orgasmo que se acumulaba como tormenta.

Me puse encima de Diego, cabalgándolo como jinete en rodeo, mi culo rebotando contra su pubis. Marco se paró detrás, escupiendo en mi ano apretado. —Relájate, mi amor —dijo, presionando su punta lubricada. Entró lento, el ardor inicial convirtiéndose en éxtasis pleno cuando me llenaron los dos al mismo tiempo. Grité fuerte, mi voz rompiendo el silencio del cuarto, el placer tan intenso que lágrimas rodaron por mis mejillas.

Se movían coordinados, uno entrando cuando el otro salía, rozándose dentro de mí a través de la delgada pared. Mis nervios explotaban, el clímax construyéndose como volcán. —¡Me vengo, pendejos! —aullé, mi concha convulsionando, ordeñándolos, jugos salpicando.

Ellos no tardaron. Diego gruñó primero, llenándome de semen caliente que se sentía como lava dentro. Marco siguió, su corrida pulsando en mi culo, goteando fuera cuando se retiró. Colapsamos en un enredo de miembros temblorosos, el aire pesado con nuestro olor compartido. Besos suaves ahora, lenguas perezosas lamiendo sudor salado de pieles.

—Eso fue el trio boda más chingón de mi vida —dijo Marco, acariciando mi pelo revuelto.

—Y la mía, ricura —agregó Diego, besando mi hombro.

Me acurruqué entre ellos, el corazón aún acelerado latiendo contra sus pechos. Afuera, la banda seguía tocando rancheras lejanas, pero aquí dentro reinaba la paz del después. Neta, vine por la boda de Lupe, pero me llevo un pedazo de cielo, pensé, sonriendo en la penumbra.

Nos vestimos despacio, robándonos besos robados. Salimos del cuarto como si nada, pero con una complicidad que brillaba en nuestras miradas. La noche de la boda no terminó ahí; se grabó en mi piel, en mi alma, un recuerdo ardiente que me hace mojarme cada vez que lo evoco.

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