Esposa Trio Sexo Inolvidable
La noche caía sobre nuestro departamento en Polanco como un manto caliente y pegajoso. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a la comida de tacos que habíamos pedido para cenar. Yo, Javier, estaba recargado en el sofá de cuero negro, con una chela fría en la mano, viendo cómo Ana, mi esposa, se movía por la sala con ese shortcito ajustado que le marcaba el culo perfecto. Hacía diez años que nos casamos y la neta, cada día la veía más rica, con su piel morena brillando bajo la luz tenue de las lámparas y su cabello negro suelto cayéndole por la espalda.
¿Y si hoy le decimos a Carlos que venga? pensé, mientras mi verga empezaba a endurecerse solo de imaginarlo. Ana y yo habíamos platicado mil veces de nuestras fantasías. Ella confesó una vez, con la voz ronca de excitación, que soñaba con un esposa trio sexo, algo prohibido pero consensuado, con alguien de confianza. Carlos era el carnal perfecto: mi compa de la uni, soltero, guapo y con un cuerpo atlético de tanto gym. Lo habíamos invitado a barbacoas y fiestas, y siempre notaba cómo Ana lo veía de reojo, mordiéndose el labio.
—Órale, Javi, ¿qué traes en la cabeza? —me dijo Ana, sentándose en mis piernas y rozando su nalga contra mi paquete creciente. Su perfume dulce, mezcla de vainilla y algo más salvaje, me invadió las fosas nasales.
La besé en el cuello, saboreando el salado de su piel. —Llama a Carlos, mi reina. Hoy hacemos realidad lo del esposa trio sexo. ¿Qué dices?
Sus ojos se iluminaron como luces de Navidad. —¡Neta! ¿Estás seguro, amor? No quiero que te arrepientas después.
Le apreté la chucha por encima del short, sintiendo el calor húmedo que ya se filtraba. —Estoy más encendido que volcán, Ana. Llámalo.
Diez minutos después, el timbre sonó. Carlos entró con una sonrisa pícara, una botella de tequila Don Julio en la mano y una camisa blanca que se le pegaba al pecho musculoso. —¡Qué onda, carnales! ¿Qué pedo con la invitación tan repentina?
Ana lo abrazó más de lo normal, presionando sus tetas grandes contra él. Yo vi cómo él la olfateaba discretamente, y mi corazón latió fuerte, una mezcla de celos calientes y deseo puro. Nos sentamos en el sofá amplio, sirviendo shots de tequila que quemaban la garganta como fuego líquido. La plática fluyó: risas sobre anécdotas viejas, pero el aire se cargaba de electricidad. Ana cruzaba y descruzaba las piernas, dejando que su short se subiera, mostrando el borde de su tanguita roja.
En el segundo shot, solté la bomba. —Carnal, Ana y yo hemos estado pensando en algo... un esposa trio sexo. Tú, ella y yo. ¿Le entras?
Carlos se quedó callado un segundo, sus ojos clavados en las piernas de Ana. Luego sonrió. —Pendejos, si es en serio... neta que sí. Ana, ¿tú quieres?
Ella se paró, quitándose la blusa despacio, revelando un bra de encaje negro que apenas contenía sus pezones duros. —Más que nunca, chavos. Pero todo con respeto, ¿eh? Nada de pendejadas.
Acto uno cerrado. La tensión era palpable, como el zumbido de un enjambre en el estómago. Nos mudamos al cuarto, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de satén fresco. El olor a su loción y al tequila flotaba, mezclado con el aroma inicial de excitación: ese musk salado que sale cuando la sangre hierve.
Ana se recostó en medio, invitándonos con los ojos. Yo me quité la playera, sintiendo el aire fresco en mi piel sudada, y Carlos hizo lo mismo. Sus abdominales marcados me recordaron por qué las morras babeaban por él. Me acerqué a Ana primero, besándola profundo, mi lengua saboreando el tequila en su boca. Ella gemía bajito, mmmh, un sonido que me ponía la verga como fierro.
Carlos se unió, besando su cuello mientras yo bajaba a sus tetas. Le quité el bra y chupé un pezón rosado, duro como piedra, sintiendo su textura rugosa en la lengua. Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mi hombro. —¡Ay, Javi! ¡Qué rico!
El carnal le bajó el short, exponiendo su panocha depilada, ya brillando de jugos. Olía delicioso, a mujer en celo, dulce y ácido. Carlos se arrodilló y le dio una lamida larga, desde el clítoris hasta el ano. Ana gritó de placer, sus caderas moviéndose solas. —¡No mames, Carlos! ¡Sigue!
Yo observaba, masturbándome despacio, el corazón retumbando en los oídos.
Esto es lo que soñábamos. Mi esposa compartida, pero mía al fin. Qué chingón.La vi cómo lo jalaba del pelo, guiándolo más profundo. Su lengua chapoteaba en los labios hinchados, y el sonido era obsceno, húmedo, adictivo.
Escalada brutal. Ana nos miró con ojos vidriosos. —Quiero las dos vergas ahora. Vengan.
Nos paramos frente a ella. Ella se hincó en la cama, como reina, y nos jaló los chones abajo. Mi verga saltó libre, venosa y palpitante; la de Carlos era más gruesa, con una cabeza morada enorme. Ana la tomó en una mano, la mía en la otra, y empezó a mamarlas alternando. Primero la mía, succionando hasta la garganta, saliva chorreando por su barbilla. Sabía a sal y pre-semen. Luego a Carlos, gorgoteando como puta experta. —¡Qué sabrosas, cabrones! —dijo entre chupadas.
El cuarto se llenó de sonidos: succiones, gemidos roncos, piel contra piel. Sudábamos, el olor a macho y hembra impregnaba todo. La toqué el culo mientras mamaba, metiendo un dedo en su ano apretado, lubricado por sus jugos. Ella se meneaba, pidiendo más.
La puse a cuatro patas. Carlos se acostó debajo, penetrándola con su verga gorda. Ana gritó al sentirlo entrar, centímetro a centímetro, estirándola. —¡Es enorme, Javi! ¡Mírala cómo se lo traga!
Yo me paré atrás y le unté saliva en el culo. Empujé despacio, sintiendo la resistencia y luego el desliz caliente. Entré hasta las bolas, su esfínter apretándome como guante. Nos movimos en ritmo: él abajo follándole la panocha, yo el culo. Ana era un mar de sensaciones: tetas rebotando, sudor goteando, gritos ahogados. —¡Sí, sí! ¡Fóllenme así! ¡El mejor esposa trio sexo ever!
La intensidad subía. Sus paredes internas me ordeñaban, oía el slap-slap de Carlos contra su clítoris. Olía a sexo puro: semen, sudor, jugos. Mi mente era un torbellino: Es mía, pero verla gozar con otro me hace explotar.
Cambiamos posiciones. Ana encima de mí, cabalgándome la verga en reversa, su culo perfecto subiendo y bajando. Carlos se paró frente a ella, metiéndosela en la boca. La vi tragar, babeando, mientras yo la pellizcaba las nalgas. El orgasmo de ella vino primero: convulsionó, gritando con la verga en la garganta, chorros calientes mojándome las bolas.
Yo no aguanté. —¡Me vengo, Ana!
La llené de leche caliente, pulsando dentro de su panocha contraída. Carlos salió de su boca y eyaculó en sus tetas, chorros blancos gruesos que ella se untó como crema, lamiendo sus dedos.
Caímos exhaustos en la cama, un enredo de cuerpos sudorosos y jadeantes. El aire olía a clímax: semen fresco, piel salada, paz profunda. Ana se acurrucó entre nosotros, besándonos alternos.
—Gracias, amores. Esto fue... inolvidable —susurró, su voz ronca y satisfecha.
Carlos se vistió después de un rato, abrazándonos fuerte. —Carnales, cuando quieran repetimos. Neta chingón.
Quedamos solos, Ana y yo. La abracé, sintiendo su corazón aún acelerado contra mi pecho.
No hay celos, solo amor más fuerte. El esposa trio sexo nos unió más.Dormimos pegados, con el sabor de la noche en la piel y el alma en llamas suaves.