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La Triada de Hipertensión Endocraneana Desatada

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La Triada de Hipertensión Endocraneana Desatada

Estás en el turno de noche del Hospital Ángeles en la Ciudad de México, el aire cargado con ese olor a desinfectante que se pega a la piel como un amante pegajoso. Las luces fluorescentes zumban sobre tu cabeza mientras revisas el expediente de un paciente nuevo. Triada de hipertensión endocraneana, lees en voz baja: cefalea intensa, vómitos proyectiles y papiledema. Neta, este cuate la trae fea, piensas, sintiendo el pulso acelerado no solo por el caso, sino porque sabes que la Dra. Sofía anda por ahí, con su bata blanca que no logra ocultar esas curvas que te vuelven loco.

Entras a la sala de emergencias, el sonido de monitores pitando como un corazón desbocado. Sofía ya está ahí, inclinada sobre el paciente, su cabello negro suelto cayendo como una cascada sobre sus hombros. Huele a jazmín mezclado con sudor fresco, un aroma que te eriza la piel. "Órale, wey, mira esto", te dice con esa voz ronca que parece acariciar el aire. Se gira y sus ojos cafés te clavan, labios carnosos curvándose en una sonrisa pícara. ¿Por qué carajos cada vez que la veo me late el pecho como tamborazo en fiesta?

Piensas en cómo su piel morena brillaría bajo las sábanas, en el sabor salado que tendría su cuello si lo besaras justo ahí, donde late esa venita.

Trabajan juntos estabilizando al paciente. Tus manos rozan las de ella al ajustar el suero, un toque eléctrico que sube por tu brazo como corriente. Sientes el calor de sus dedos, suaves pero firmes, y por un segundo imaginas esas manos explorando tu cuerpo. Ya párale, pendejo, concéntrate, te regañas, pero el bulto en tus pantalones no obedece. Sofía suelta una risa baja cuando el paciente gime. "Pobre carnal, esta triada de hipertensión endocraneana lo tiene bien jodido. Hay que mandarlo a tomografía ya".

El reloj marca las dos de la mañana. El hospital está casi vacío, solo el eco de pasos lejanos y el zumbido de las máquinas. Salen a la cafetería, piden unos cafés negros que queman la lengua como un beso apasionado. Se sientan cerca, demasiado cerca. Su rodilla roza la tuya bajo la mesa, un roce casual que no lo es. Huele a ella ahora más fuerte, ese jazmín invadiendo tus sentidos, mezclándose con el aroma amargo del café.

"Sabes, tú siempre tan chido en estos casos", murmura, ladeando la cabeza. Sus dedos juguetean con el borde de la taza, y tú no puedes evitar mirar cómo sus uñas pintadas de rojo brillan. Quiero que me arañes la espalda con esas, que me marques como tuyo. Le cuentas un chiste tonto sobre residentes, y ella se ríe, echando la cabeza atrás, exponiendo la curva de su garganta. El sonido de su risa es como terciopelo en tus oídos, vibrando directo a tu entrepierna.

La tensión crece como una tormenta. "¿Y si nos echamos un rato en la sala de guardia?", sugiere ella, voz baja, ojos desafiantes. Tu corazón da un brinco. "Neta quieres?" Asiente, mordiéndose el labio. Caminan por el pasillo desierto, manos rozándose, el aire espeso con anticipación. Entras a la habitación, cierras la puerta con llave. El clic suena como promesa.

Se voltean uno al otro, y sin palabras, sus bocas chocan. Sus labios son suaves, calientes, saben a café y a deseo puro. Tu lengua explora la suya, danzando un tango húmedo que te hace gemir bajito. Manos por todos lados: las tuyas en su cintura, sintiendo la carne firme bajo la bata, las de ella enredándose en tu cabello, tirando suave para inclinarte más. Huele a su excitación ahora, ese musk dulce que emana de entre sus piernas, mezclándose con el jazmín.

Le quitas la bata, despacio, revelando la blusa ajustada que marca sus pechos perfectos, pezones duros como piedritas contra la tela. "Estás bien rica, Sofía", susurras contra su oreja, mordisqueándola. Ella jadea, voz entrecortada: "Tú tampoco estás tan pendejo, doctorcito". Sus manos bajan a tu cinturón, lo desabrochan con maestría, liberando tu verga que salta dura, palpitante. La toca, piel contra piel, su palma cálida envolviéndote, subiendo y bajando lento. Sientes cada vena hincharse, el pre-semen lubricando su roce. Pinche paraíso, esto es mejor que cualquier sueño.

La recuestas en la cama estrecha, el colchón cruje bajo su peso. Le subes la falda, exponiendo muslos suaves, piel de seda morena. Besas su interior de pierna, lengua trazando caminos húmedos, saboreando el sudor salado. Llega a su panocha, ya mojada, labios hinchados brillando. Sopla suave, ella arquea la espalda gimiendo: "¡Ay, wey, no mames!". Lamida larga, sabor a miel salada, clítoris endurecido que chupas suave, círculos con la lengua. Sus caderas se mueven, follándote la boca, manos en tu cabeza empujando más profundo. El sonido es obsceno: chupadas húmedas, jadeos roncos, su voz rompiéndose en mexicano puro: "¡Sigue, cabrón, me vas a hacer venir!".

Piensas en la triada de hipertensión endocraneana, pero la tuya es otra: pulso latiendo en tu verga, calor subiendo a tu cabeza, ganas de explotar dentro de ella.

Se corre primero, temblando, chorro caliente en tu boca que tragas ansioso. La volteas, ella a cuatro patas, culo redondo invitándote. Te pones de rodillas, verga rozando su entrada resbalosa. "Dame, métemela ya", ruega. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo paredes apretadas ordeñándote. Calor líquido, fricción perfecta. Empiezas a bombear, piel chocando piel con palmadas rítmicas, sudor goteando. Sus gemidos llenan la habitación, "¡Más duro, pendejito, rómpeme!". Agarras sus caderas, hundiéndote profundo, bolas golpeando su clítoris.

Cambian: ella encima, cabalgándote como jinete en rodeo. Pechos rebotando, los agarras, pellizcas pezones, ella grita placer. Sudor perla su piel, lo lames de su cuello, salado y adictivo. Tus manos en su culo, guiándola, follada mutua. Sientes el orgasmo construyéndose, bolas apretadas, ya mero, no aguanto. "Vente conmigo", ordena. Acelera, paredes convulsionando, ordeñándote. Explotas dentro, chorros calientes llenándola, grito ahogado en su boca.

Colapsan juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón calmándose al ritmo del tuyo. Huele a sexo crudo, a nosotros. "Eso estuvo chingón, wey", murmura riendo bajito. Acaricias su espalda, trazando círculos perezosos. Piensas en el paciente, en la triada de hipertensión endocraneana que los unió esta noche, pero sobre todo en esta conexión, piel con piel, almas enredadas.

La besas suave, saboreando el afterglow. Quién iba a decir que una emergencia médica traería esta bendición. Se arreglan despacio, promesas susurradas de más noches así. Salen al pasillo como si nada, pero el secreto late entre ustedes, caliente y vivo.

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