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Bedoyecta Tri Engorda Curvas Prohibidas

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Me llamo Ana y vivo en un departamento chido en la Condesa de la CDMX. Tenía como treinta años y andaba muerta de cansancio por el pinche trabajo en la agencia de publicidad. Cada día me arrastraba como zombie, con ojeras que ni el corrector cubría. Un día, mi doc me recetó Bedoyecta Tri, unas inyecciones de vitaminas B que prometían darme pila de energía. "Tómatelas una vez por semana, Ana, y vas a volar", me dijo con esa sonrisa de médico que sabe lo que vende.

La primera vez que me la puse, en la farmacia de la esquina, sentí un ardor chiquito en el brazo, pero al rato ya andaba como nueva. Busqué en Google "bedoyecta tri engorda" porque oí que hace que uno suba de peso, y no quería terminar como bola. Los foros decían que sí, que bedoyecta tri engorda un poquito por el metabolismo, pero que las curvas quedan chingonas. Me reí sola, pensando en mi culito flaco que tanto envidiaba a mis morras.

Mi carnal, Marco, era mi novio desde la uni. Alto, moreno, con esa barba que me raspaba delicioso cuando me besaba. Esa noche lo invité a cenar pozole en casa, con chelas bien frías. Él llegó oliendo a colonia barata y sudor fresco del gym, y me abrazó por la cintura. "

¿Qué traes hoy tan prendida, mi reina?
" me dijo, mordiéndome la oreja. Yo sentía su verga ya medio parada contra mi panza, y un calorcito me subió por las nalgas.

Nos sentamos en el sofá, con la tele de fondo poniendo una novela pendeja. Hablamos de todo: del tráfico en Insurgentes, de su nuevo tatuaje en el pecho. Pero yo no podía dejar de pensar en las vitaminas. "¿Y si bedoyecta tri engorda de verdad? ¿Me vas a querer igual si me pongo gorda?" le solté de repente, medio en broma. Él se carcajeó, me jaló a su regazo y me metió la mano por debajo de la blusa. "

Tú siempre vas a estar cañón para mí, güey. Me gustan tus curvas, sean flacas o rellenitas.
" Sus dedos rozaron mis pezones, que se pararon al instante como pericos.

Ahí empezó todo. La Bedoyecta Tri me dio una energía que no paraba. Al día siguiente, en la oficina, me sentía invencible: presenté una campaña que dejó a mi jefe con la boca abierta. Pero por las noches, con Marco, era otra cosa. Mi cuerpo empezaba a cambiar poquito a poquito. Mis caderas se ensanchaban, mis nalgas se ponían más suaves, como si la vitamina estuviera repartiendo grasa en los lugares perfectos. Me medía en el espejo, tocándome las tetas que ahora llenaban más el brasier. Olía mi piel, un mezclito de crema de coco y ese sudor dulce que salía cuando me excitaba.

Una semana después, segunda inyección. El pinchazo fue rápido, y salí de la farmacia caminando con un meneo que ni yo me creía. Marco me esperaba en el coche, con el radio a todo volumen con cumbia rebajada. "

¡Métete, mamacita! Hoy te voy a comer viva.
" Me subí, y ya en el camino me abrió las piernas, metiendo la mano por mi falda. Sentí sus dedos gruesos rozando mi calzón mojado. El sonido del tráfico de fondo, cláxones y vendedores ambulantes, se mezclaba con mi jadeo. "¡Ay, cabrón, no pares!", le gemí, mientras su pulgar me masajeaba el clítoris hinchado.

Llegamos a casa hechos unos animales. Me aventó en la cama king size que tanto nos gustaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a sexo viejo. Se quitó la playera, mostrando esos músculos duros del gym, y yo me desvestí despacio, dejándolo ver cómo mis curvas nuevas se movían. "

¿Ves? La bedoyecta tri engorda justo donde debe. Mírame estas nalguitas.
" Le di una nalgada juguetona a mí misma, y el sonido rebotó en la habitación.

Él se acercó gateando, con los ojos brillando de deseo. Su aliento caliente en mi cuello, oliendo a menta y cerveza. Me besó el ombligo, bajando despacio, lamiendo cada centímetro de mi piel que ahora era más suave, más mullida. Sentí su lengua en mi monte de Venus, raspando el vello recortado. "

Estás más rica que nunca, Ana. Esta grasa nueva me vuelve loco.
" Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su espalda tatuada. El olor de mi excitación llenaba el aire, ese almizcle dulce que nos volvía feroces.

Pero no era solo físico. En mi cabeza daba vueltas: ¿y si esto era temporal? ¿Y si la Bedoyecta Tri me hacía engordar de más? Marco lo notaba en mis ojos. Se detuvo, me miró fijo y dijo: "

Deja de pensar pendejadas. Tú eres perfecta así, con tus curvas que bedoyecta tri engorda o sin ellas. Te quiero por cómo me haces sentir.
" Me besó profundo, su lengua enredándose con la mía, saboreando mi saliva salada. Eso me derritió. Le abrí las piernas más, guiando su verga dura hacia mi entrada húmeda.

Entró despacio al principio, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando contra mis paredes, el calor de su piel contra la mía. Empezamos lento, con roces suaves, sus caderas chocando contra mis muslos ahora más carnosos. El colchón crujía rítmicamente, y nuestros gemidos se mezclaban: "¡Más duro, mi rey!", "¡Sí, así, mi vida!". Sudábamos como locos, gotas resbalando por su pecho hasta mi boca. Las lamí, saladas y calientes.

La tensión subía como olla exprés. Yo lo monté, cabalgando con furia, mis tetas rebotando contra su cara. Él las chupaba, mordisqueando los pezones oscuros y sensibles. Olía su pelo mojado, sentía su corazón latiendo a mil contra mi palma. Cada embestida me llevaba más alto, el placer acumulándose en mi vientre como tormenta. "

¡Me vengo, Marco! ¡No pares!
" grité, y exploté en oleadas, mi coño apretándolo como puño.

Él se volteó, poniéndome a cuatro patas. Me jaló el pelo suave, embistiéndome desde atrás. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, enviando chispas. El sonido de carne contra carne era obsceno, perfecto. "¡Córrete adentro, cabrón!", le supliqué. Y lo hizo, gruñendo como bestia, llenándome de su leche caliente que chorreaba por mis muslos.

Nos desplomamos, jadeando, envueltos en el olor a sexo crudo y sábanas revueltas. Su mano acariciaba mi cadera ensanchada, trazando círculos perezosos. "

La bedoyecta tri engorda maravillas en ti
", murmuró, besándome la frente. Yo sonreí, sintiéndome poderosa, deseada. No era solo el cuerpo; era la energía, la confianza que me daba esa vitamina. Al día siguiente, tercera inyección, pero ahora sin miedos. Mi espejo reflejaba una mujer nueva, con curvas que Marco adoraba y yo empezaba a amar.

Semanas después, en una fiesta en Polanco, con vestidos ceñidos que resaltaban mi figura, bailamos pegaditos al ritmo de banda. Sus manos en mi cintura, susurrándome al oído promesas sucias. La bedoyecta tri engorda había sido el catalizador, pero el verdadero fuego éramos nosotros. En casa, otra noche de pasión, explorando cada pliegue nuevo, cada sensibilidad extra. Me sentía viva, sensual, invencible. Y mientras él dormía a mi lado, ronroneando, pensé:

Pinche Bedoyecta Tri, gracias por estas curvas prohibidas que nos encienden.

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