Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Peliculas de Lars von Trier al Desnudo Peliculas de Lars von Trier al Desnudo

Peliculas de Lars von Trier al Desnudo

6740 palabras

Peliculas de Lars von Trier al Desnudo

En el corazón de la Condesa, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas, Ana se topó con Diego en esa noche de cine clandestino. El aire olía a café quemado y a cigarrillos Marlboro robados, mezclado con el perfume dulzón de las chicas que bailaban al ritmo de cumbia rebajada. Ana, con su falda negra ajustada que rozaba sus muslos como una caricia prohibida, sorbía un chela fría mientras escaneaba la habitación llena de hipsters y artistas wannabes.

¿Qué pedo con este cuate? pensó ella, clavando la mirada en el tipo alto, de cabello revuelto y ojos que brillaban como si guardaran secretos daneses. Diego estaba platicando animadamente con un grupo, gesticulando sobre películas de Lars von Trier. Ana había oído hablar de ellas, esas cintas escandalosas que ponían a la gente a sudar en los festivales. Nymphomaniac, Antichrist... nombres que sonaban a pecado envuelto en arte.

Se acercó, fingiendo casualidad. Órale, carnal, ¿de qué vergas hablas? ¿Películas de Lars von Trier? Suena a porno intelectual, soltó ella con una sonrisa pícara, su voz ronca por el humo ambiental. Diego giró, la miró de arriba abajo, y su sonrisa se ensanchó como si acabara de encontrar un tesoro.

Neta, mami, son lo máximo. Te revuelven el alma y el cuerpo. ¿Quieres que te cuente de Dogville? O mejor, ¿vamos a mi depa y las vemos? Tengo la colección completa, respondió él, su aliento cálido con olor a tequila reposado rozando su oreja. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, como mariposas con alas de fuego. Este pendejo me va a joder la noche buena, se dijo, pero sus pezones ya se endurecían bajo la blusa de encaje.

Salieron juntos, caminando por las calles empedradas de la Roma, el viento nocturno levantando su falda y exponiendo la piel suave de sus piernas. Diego la tomaba de la mano, sus dedos ásperos por el trabajo de tatuador contrastando con la suavidad de ella. Llegaron a su loft minimalista, paredes blancas salpicadas de posters de von Trier, el aroma a incienso de sándalo impregnando el aire.

Acto primero de su propia película: se sentaron en el sofá de cuero negro, que crujió bajo sus cuerpos. Diego puso Nymphomaniac, volumen bajo para no despertar a los vecinos. La pantalla cobró vida con escenas crudas, cuerpos entrelazados en éxtasis doloroso, gemidos que llenaban la habitación como un pulso compartido. Ana cruzó las piernas, sintiendo la humedad crecer entre sus pliegues, el calor subiendo por su pecho.

¿Ves cómo Lars no tiene miedo? Muestra el deseo puro, sin filtros, murmuró Diego, su mano posándose casualmente en el muslo de ella. Ana no se apartó; al contrario, su piel ardía bajo el toque. Quiero que me toque más, que me desarme como a sus personajes, pensó, mordiéndose el labio inferior, sabor a cereza de su gloss.

La tensión crecía con cada escena. Charlotte Gainsbourg gimiendo en pantalla, y Ana imaginándose en su lugar. Diego se inclinó, su aliento caliente en su cuello. Eres más intensa que cualquiera de ellas, susurró, y la besó. Sus labios eran firmes, con gusto a sal y deseo, lenguas danzando como en una coreografía von Trier: salvaje, profunda, exploratoria.

Las manos de él subieron por su falda, rozando la liga de sus medias, el sonido de la tela rasgándose levemente como un susurro erótico. Ana jadeó, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en los hombros anchos de Diego. Chíngame ya, cabrón, pero despacio, hazme rogar. Él obedeció el silencio de sus ojos, bajando la blusa para exponer sus senos plenos, pezones rosados endurecidos como piedras preciosas. Los lamió con devoción, lengua cálida y húmeda trazando círculos, el sabor salado de su piel mezclándose con el dulzor de su sudor naciente.

Apagaron la tele, pero las películas de Lars von Trier seguían vivas en sus mentes, inspirando su propio guion. Diego la recostó en el sofá, quitándole la tanga con dientes, el aire fresco besando su sexo depilado y reluciente. Ana abrió las piernas, invitándolo, su aroma almizclado a mujer excitada llenando el espacio. Ven, métemela despacio, rogó ella, voz temblorosa.

Él se desvistió, revelando su verga erecta, venosa y palpitante, goteando precum que brillaba bajo la luz tenue. Se frotó contra sus labios vaginales, lubricándola, el sonido húmedo de carne contra carne como música prohibida. Ana gimió, caderas elevándose, buscando penetración. Lentamente, él entró, centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Sí, así, joder, eres enorme, pensó ella, pulsos latiendo en su clítoris hinchado.

El ritmo empezó suave, como una escena de von Trier: contemplativa, cargada de emoción. Diego embestía con control, sus pelotas golpeando su culo con palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos. Ana lo arañaba, dejando marcas rojas en su espalda, el dolor placentero avivando el fuego. Más fuerte, pendejo, hazme tuya, exigió, y él aceleró, el sofá crujiendo en protesta, sus jadeos mezclándose con el tráfico lejano de Insurgentes.

Inner struggle: Ana recordaba su última relación, un wey aburrido que nunca la hacía explotar. Con Diego era diferente; sentía el poder en su entrega mutua, el éxtasis construyéndose como una sinfonía. Él la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, dándole nalgadas suaves que resonaban como aplausos. Entró de nuevo, profundo, su mano alcanzando su clítoris, frotándolo en círculos rápidos. El olor a sexo intenso, almizcle y fluidos, impregnaba todo.

Me vengo, Ana, contigo, gruñó él, voz ronca. Ella asintió, contrayendo sus paredes internas alrededor de su verga, ordeñándolo. El orgasmo la golpeó como una ola en Acapulco: temblores desde el útero, jugos chorreando por sus muslos, gritos ahogados que vibraban en su garganta. Diego se vació dentro, chorros calientes pintando sus entrañas, colapsando sobre ella en un enredo sudoroso.

Afterglow: yacían jadeantes, piel pegajosa, corazones martilleando al unísono. Diego la besó en la frente, suave, tierno. Eso fue mejor que cualquier película de Lars von Trier, murmuró. Ana rio, un sonido gutural y satisfecho. Neta, carnal, volvamos a verlas... y a repetir.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas que olían a ellos, el amanecer filtrándose por las cortinas como un velo de promesas. En su mente, las imágenes de von Trier se fundían con sus recuerdos: placer crudo, conexión profunda, un capítulo terminado pero con secuela inevitable. Ana sonrió en sueños, sabiendo que había encontrado su propio director de pasiones.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.