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Trio Sensual Dinastia Hidalguense

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Trio Sensual Dinastia Hidalguense

La hacienda de la Dinastia Hidalguense se erguía imponente en las colinas de Hidalgo, con sus muros de cantera bañados por el sol del atardecer. Isabella respiraba el aire fresco cargado de maguey y tierra húmeda, mientras el viento jugaba con su falda ligera. Había llegado esa tarde desde la Ciudad de México, invitada por Marco y Alejandro, los primos herederos de esa antigua fortuna familiar. Eran como hermanos, pero con esa chispa que siempre la había inquietado. Adultos ahora, con cuerpos forjados por el trabajo en los viñedos y miradas que prometían más que recuerdos de infancia.

¡Isa, qué bueno que viniste, wey! —gritó Marco desde el porche, su voz grave retumbando como un trueno lejano. Bajó las escaleras de dos en dos, con su camisa blanca abierta dejando ver el pecho bronceado y sudoroso por el calor del día. Alejandro lo seguía, más calmado, con esa sonrisa pícara que derretía voluntades. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en las curvas de sus caderas.

Isabella sintió un cosquilleo en la piel, el pulso acelerándose bajo el escrutinio.

¿Qué carajos estoy haciendo aquí? Estos dos siempre han sido puro fuego, pero juntos... ay, Dios.
Los abrazó uno por uno, inhalando su olor a hombre: mezcla de jabón fresco, tierra y algo más primitivo, como almizcle.

La cena en el comedor principal fue un festín de mole poblano casero, tacos de carnitas jugosas y pulque espumoso que calentaba la garganta. La luz de las velas parpadeaba sobre la mesa de roble, proyectando sombras danzantes en sus rostros. Hablaron de todo: los viñedos que pronto heredarían, las fiestas locas en Pachuca, y poco a poco, las anécdotas picantes de juventud.

—Recuerdan cuando nos colamos al río y nos bañamos a media noche? —dijo Alejandro, guiñando un ojo—. Tú eras la reina del chapuzón, Isa.

Marco rio, su mano rozando accidentalmente la de ella al pasar el tequila. —Sí, y ahora somos grandes. ¿Qué tal si revivimos algo mejor? Algo como... el trio dinastia hidalguense.

Isabella arqueó una ceja, el corazón latiéndole fuerte. ¿Trio? ¿Ellos lo han planeado? Pero no era miedo lo que sentía, sino una humedad traicionera entre sus muslos. —¿Y eso qué pedo, carnales? Explíquenme.

Los dos se miraron, cómplices. —Somos la dinastia —explicó Marco—, y tú encajas perfecto. Un trio para celebrar la noche hidalguense. Todo chido, consensual, puro placer.

El pulque subió a la cabeza, y la tensión creció como la marea. Sus risas se volvieron roncas, las miradas cargadas de promesas. Isabella se mordió el labio, imaginando sus manos en su cuerpo.

Después de la cena, pasearon por los jardines iluminados por faroles. El aroma de jazmines nocturnos envolvía el aire, y el crujir de la grava bajo sus pies marcaba el ritmo de sus pasos. Alejandro tomó su mano primero, entrelazando dedos con calidez firme. Marco se acercó por detrás, su aliento caliente en su nuca.

Siempre te hemos querido así, entre nosotros —murmuró Marco, su pecho presionando contra su espalda. Isabella jadeó, sintiendo la dureza de su excitación contra sus nalgas. El toque era eléctrico, enviando ondas de calor por su espina.

No hay vuelta atrás. Quiero esto. Los quiero a los dos, vergas duras y listas para mí.
Giró la cabeza, besando a Marco con hambre, su lengua explorando la suya con sabor a tequila y deseo. Alejandro no esperó: sus labios capturaron los de ella en un beso alternado, húmedo y profundo.

La llevaron a la suite principal, una habitación vasta con cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas de vainilla flotando en el aire. La puerta se cerró con un clic suave, sellando su mundo privado.

Acto dos: la escalada fue lenta, deliciosa. Isabella se paró en medio, quitándose la blusa con deliberada lentitud, revelando senos plenos bajo un bra de encaje negro. Los primos la devoraban con los ojos, respiraciones pesadas.

Qué chingona estás, Isa —gruñó Alejandro, desabotonando su camisa. Marco se acercó, arrodillándose para besar su vientre, lengua trazando círculos húmedos alrededor del ombligo. El roce de su barba incipiente erizaba su piel, mientras sus manos subían por sus muslos, levantando la falda.

Isabella temblaba, el olor de su propia excitación mezclándose con el de ellos. Cayó de rodillas con ellos, besos en cadena: labios, cuellos, pechos. Sus dedos desabrocharon pantalones, liberando vergas gruesas y palpitantes. Qué ricas, calientes y venosas, pensó, lamiendo primero la de Marco, salada y suave, luego la de Alejandro, más larga, gimiendo al sentirlas endurecerse en su boca.

Métetela toda, mamacita —pidió Marco, enredando dedos en su cabello. Ella obedeció, succionando con avidez, mientras Alejandro lamía sus pezones, mordisqueando lo justo para doler placenteramente. El sonido de chupadas húmedas y gemidos llenaba la habitación, junto al latido de sus corazones desbocados.

La tumbaron en la cama, desnuda y abierta. Marco se posicionó entre sus piernas, oliendo su concha empapada. —Hueles a pura puta buena —dijo, antes de hundir la lengua en sus pliegues. Isabella arqueó la espalda, gritando de placer, el sabor ácido-dulce de su jugo en su propia mente mientras Alejandro besaba su boca, ahogando sus quejidos.

La tensión crecía: dedos penetrándola, lenguas en todas partes.

Me van a volver loca. Necesito sus vergas adentro, chingándome sin piedad.
Marco se incorporó, frotando su punta contra su entrada resbaladiza. —¿Lista para el duo, reina?

Sí, pendejos, métansela ya —suplicó ella, voz ronca.

Marco embistió primero, llenándola con una estocada profunda que la hizo ver estrellas. Su grosor la estiraba deliciosamente, cada vena rozando paredes sensibles. Alejandro se arrodilló sobre su pecho, ofreciéndole su verga para mamar mientras Marco la taladraba, piel contra piel chapoteando.

Cambiaron posiciones: ahora a cuatro patas, Alejandro en su concha, Marco en su boca. El ritmo se aceleró, sudor goteando, cuerpos chocando con palmadas resonantes. Isabella se sentía poderosa, empoderada por su deseo mutuo. Soy el centro del trio dinastia hidalguense, y qué chido se siente.

La intensidad psicológica subía: miradas entrelazadas, susurros de cariño y obscenidades. —Te chingo rico, ¿verdad? —gemía Alejandro, manos apretando sus caderas. Marco la besaba desde atrás, dedos en su clítoris frotando círculos rápidos.

El clímax se acercaba como tormenta. Isabella sintió la primera ola, contrayéndose alrededor de Alejandro, gritando su liberación con temblores que sacudían la cama. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándola, gimiendo su nombre. Marco la volteó, penetrándola aún húmeda de semen, embistiendo furioso hasta explotar dentro, su esencia mezclándose en un afterglow pegajoso.

Acto tres: colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose. El aroma a sexo impregnaba el aire, sábanas revueltas testigos de su frenesí. Isabella yacía entre ellos, cabeza en el pecho de Marco, mano en la verga floja de Alejandro.

El mejor trio dinastia hidalguense de la historia —murmuró Marco, besando su frente.

No fue solo sexo. Fue conexión, familia elegida, placer puro sin culpas.
Alejandro acarició su cabello. —Vuelve pronto, Isa. Esto apenas empieza.

Durmieron así, bajo la luna hidalguense que filtraba por las cortinas, cuerpos entrelazados en paz satisfecha. Al amanecer, el sol pintó sus pieles doradas, prometiendo más noches de pasión en la hacienda eterna.

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