Pruébame el Fin de Semana
El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que casi quema los pies. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad con mi maleta ligera y el corazón latiendo fuerte. Hacía meses que no veía a Marco, mi carnal de la universidad, ese wey que siempre me hacía reír con sus chistes pendejos. Nos topamos por casualidad en el malecón la noche anterior, y entre chelas frías y el rumor de las olas, solté la frase que lo dejó con la boca abierta: "Pruébame el fin de semana". Fue como un reto juguetón, pero con ese fuego en los ojos que solo él sabe encender.
Ahora, caminando por la orilla, lo vi acercándose con su sonrisa de medio lado, camiseta ajustada marcando los músculos del gym y shorts que dejaban ver sus piernas morenas. El aire olía a sal y coco, mezclado con el aroma de su loción barata pero sexy. "Órale, nena, ¿lista para que te pruebe de verdad?", murmuró al llegar, su voz ronca como el viento del mar. Sentí un cosquilleo en la piel, el primer roce de su mano en mi cintura, cálida y firme. No era solo deseo; era esa tensión acumulada de años de miradas robadas en fiestas y mensajes coquetos que nunca pasaban de ahí.
Nos sentamos en la arena, las olas lamiendo nuestros pies. Hablamos de todo: del pinche tráfico de la CDMX, de cómo la vida nos había separado, de sueños que aún no cumplíamos. Pero bajo las palabras, el pulso se aceleraba. Su mirada bajaba a mis labios, a mis pechos bajo el bikini rojo que elegí a propósito. "¿Sabes qué?", dijo, inclinándose cerca, su aliento caliente en mi oreja. "Te voy a probar poquito a poco, como buen tequila añejo". Reí, pero mi cuerpo ya respondía: pezones endureciéndose contra la tela, un calor húmedo entre las piernas.
¿Y si esto es lo que necesitaba? Un fin de semana para soltarme, para sentirme viva sin culpas ni promesas. Pruébame, Marco, hazme tuya.
La tarde se estiró en un atardecer naranja, y terminamos en su cabaña rentada, un lugar chido con hamaca en el porche y vista al Pacífico. El sudor de la playa aún pegaba nuestra piel cuando entramos. Él prendió la luz tenue, y el cuarto se llenó de sombras suaves. Me quitó la blusa con lentitud, besando cada centímetro de mi cuello. Su boca sabía a sal y cerveza, áspera por la barba incipiente. Gemí bajito cuando sus manos grandes cubrieron mis tetas, amasándolas con esa presión perfecta que me hacía arquear la espalda.
Caímos en la cama king size, sábanas frescas oliendo a suavizante de hotel. Marco se arrodilló entre mis piernas, bajando el bikini con dientes. "Qué chingona estás, Ana", gruñó, inhalando mi aroma como si fuera droga. Su lengua trazó caminos lentos por mis muslos internos, el roce húmedo y caliente enviando descargas a mi clítoris. Lo miré, su pelo revuelto, ojos oscuros fijos en mí mientras lamía despacio, saboreando. El sonido era obsceno: chupadas suaves, mis jadeos entrecortados, el ventilador zumbando arriba.
Pero no era solo físico. En mi mente, revivía los recuerdos: él bailando reggaetón en una peda, yo fantaseando con sus manos en mi culo. "Te deseo desde siempre, wey", confesé, tirando de su pelo. Él levantó la vista, sonrisa triunfante. "Entonces déjame probarte toda". Sus dedos se unieron a la fiesta, dos adentro, curvándose justo ahí, mientras su pulgar frotaba mi botón hinchado. El placer subía en olas, mi coño apretándolo, jugos chorreando por sus nudillos. Grité su nombre cuando el primer orgasmo me dobló, piernas temblando, visión borrosa.
Se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre: gruesa, venosa, la punta brillando de pre-semen. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, oliendo a macho puro. La chupé con ganas, lengua girando en la cabeza, saboreando su sal amarga. Él jadeaba, "¡Pinche diosa!", caderas empujando suave. Pero quería más. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi raja mojada por su longitud. "Pruébame tú ahora", le dije, guiándolo adentro.
Entró de una, llenándome hasta el fondo. El estirón era delicioso, paredes vaginales abrazándolo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozándome, pechos rebotando. Él agarraba mis nalgas, guiándome más rápido. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos, el olor a sexo impregnando el aire: sudor, fluidos, deseo crudo. Aceleré, clítoris moliéndose en su pubis, otro clímax construyéndose.
Esto es libertad, carnal. Tu polla en mí, tu mirada devorándome. No pares, no acabes aún.
Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Sus embestidas eran potentes, sacando y metiendo con fuerza controlada. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, resbaloso y caliente. Me besó feroz, lenguas enredadas, mordisqueando labios. "Te sientes como el paraíso, Ana", ronroneó. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando marcas rojas. El ritmo se volvió salvaje, cama crujiendo, olas rompiendo afuera como eco de nuestro frenesi.
La tensión creció hasta lo insoportable. Sentí sus bolas tensándose contra mí, mi coño palpitando. "Vente conmigo", supliqué. Él gruñó profundo, embistiendo una última vez. El orgasmo nos golpeó juntos: yo convulsionando, chorros de placer escapando; él llenándome de leche caliente, pulso tras pulso. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow era puro: pieles enfriándose, corazones calmándose al unísono.
Despertamos al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas. Marco me abrazó por detrás en la ducha, agua caliente lavando la noche. Jabón resbalando por curvas, sus manos explorando de nuevo, pero suave, tierno. "¿Qué tal si repetimos hoy?", propuso con picardía. Reí, girándome para besarlo. El fin de semana apenas empezaba, y yo ya sabía que lo probaría de vuelta.
Pasamos el sábado en la playa, besos robados bajo sombrillas, helados de coco derritiéndose en dedos entrelazados. Por la noche, en un restaurante con mariscos frescos, el picor del chile habanero en la lengua avivó el fuego. Volvimos a la cabaña, esta vez con velas y reggaetón bajo. Él me tomó contra la pared, piernas alrededor de su cintura, verga entrando vertical, rozando spots nuevos. Grité más fuerte, vecinos probablemente oyéndonos, pero qué importaba. Era nuestro fin de semana.
El domingo, lazy en la hamaca, follamos lento al aire libre, brisa marina secando sudor. Su boca en mis pezones, succionando como bebé hambriento; yo montándolo de lado, sintiendo cada contracción. Terminamos exhaustos, riendo de lo intensos que éramos.
Pruébame siempre, Marco. Este fin de semana me cambió, me hizo sentir mujer total.
Al partir, en el aeropuerto, nos despedimos con un beso largo, promesa de más. El sabor de él lingered en mis labios, el recuerdo de su cuerpo en mis músculos adoloridos. Regresé a la rutina, pero con un secreto glow. Pruébame el próximo fin de semana, le texteé. Su respuesta: "Con gusto, nena". Y supe que esto era solo el principio.