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El Tri Nombre Sensual

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El Tri Nombre Sensual

El antro La Cueva del Lobo en Polanco vibraba con las guitarras rasposas de El Tri, esa banda que siempre me ponía la piel chinita. El olor a cerveza fría y tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el perfume barato de las morras que bailaban pegaditas a los weyes. Yo, Karla, con mi falda ajustada que marcaba mis caderas anchas y una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de mis chichis firmes, me sentía como una diosa lista para la caza. Hacía meses que no cogía, desde que mi ex, ese pendejo infiel, me dejó con las ganas. Esa noche quería acción, neta.

Me pedí un caballito de tequila reposado, el ardor bajando por mi garganta como fuego líquido, despertando cada nervio. Ahí lo vi: un morro alto, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa de cabrón que prometía problemas chidos. Se acercó al bar, pidiendo lo mismo que yo. Nuestras miradas chocaron, y órale, sentí un cosquilleo entre las piernas.

Este wey me va a comer viva esta noche, lo presiento. Su mirada me recorre como si ya estuviera desnuda.

—Qué buena rola, ¿no? —me dijo, su voz grave cortando el ruido—. El Tri, ese el tri nombre que nos hace sentir vivos, ¿verdad, morra?

Reí, ladeando la cabeza. —Simón, wey. Alex Lora es un dios. Me llamo Karla. ¿Y tú?

—Raúl. Pero mis compas me dicen El Lobo por lo fiero que bailo. ¿Bailamos?

Su mano en mi cintura fue como electricidad, áspera y caliente a través de la tela fina. El ritmo de "Piedras Rodantes" nos pegó cuerpo a cuerpo, su pecho duro contra mis tetas, su aliento con sabor a chela rozando mi oreja. Olía a jabón y hombre sudado, un aroma que me humedecía la panocha sin piedad. Bailamos así media hora, sus caderas frotándose contra las mías, su verga semi-dura marcándose en mi vientre. Cada roce era una promesa, cada mirada un desafío.

Al rato, exhaustos de tanto movernos, nos sentamos en una mesita apartada. Pedimos más tequilas, y la plática fluyó como miel caliente. Hablamos de El Tri, de conciertos locos en el Palacio de los Deportes, de cómo ese el tri nombre legendario nos había marcado la juventud. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no disimulaba, cruzando las piernas para apretar el calor que crecía abajo.

—Neta, Karla, tienes un culo que mata. ¿Vienes conmigo a mi depa? Vivo cerca, en la Roma.

No mames, ¿ya? Mi cuerpo grita sí, pero quiero que suplique un poquito más.

—Solo si prometes no defraudar, Lobo —le guiñé el ojo, mi mano rozando su muslo musculoso.

Salimos al fresco de la noche, el viento chilango alborotándome el pelo. En su coche, un Tsuru viejo pero chido, su mano subió por mi pierna mientras manejaba, dedos juguetones llegando al borde de mis calzones. Gemí bajito, el pulso acelerado, el olor a cuero viejo mezclándose con mi excitación.

Llegamos a su depa, un lugar modesto pero limpio, con posters de El Tri en las paredes y una cama king size que gritaba sexo. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso salvaje. Sabía a tequila y deseo puro, su lengua invadiendo mi boca, chupando, mordiendo. Mis manos en su pelo revuelto, tirando suave para que no parara.

—Te quiero desnuda, morra —gruñó, quitándome la blusa de un jalón. Sus ojos se clavaron en mis chichis, pezones duros como piedras bajo el bra negro de encaje. Los lamió despacio, el calor húmedo de su boca enviando chispas directo a mi clítoris. Olía su piel morena, salada y masculina, mientras yo le bajaba los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, dura como fierro, el prepucio suave deslizándose.

¡Qué pinga tan chingona! Más grande que la de mi ex, y se siente viva en mi palma.

Lo empujé a la cama, montándome encima. Le quité la playera, besando su pecho tatuado con un águila y las palabras El Tri nombre eterno curvadas en la piel. Lamí el tatuaje, saboreando el sudor salado, mientras él gemía y me amasaba el culo. Mis calzones volaron, y me abrí para él, mi panocha depilada brillando de jugos. Se la restregó en los labios vaginales, untándose de mi miel, el glande rozando mi botón hinchado.

—¡Cógeme ya, cabrón! —supliqué, voz ronca.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placentero se convirtió en éxtasis cuando me llenó por completo, su pubis contra el mío. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación. Él gruñía, manos en mis caderas guiándome, pulgares presionando mi clítoris. Sudábamos, el olor a sexo crudo invadiendo todo, mis jugos chorreando por sus huevos.

Cambié de posición, de perrito, su verga hundiéndose más profundo, tocando mi punto G con cada embestida. El sonido de sus caderas chocando mi culo, redondo y firme, era obsceno y adictivo. Me jaló el pelo suave, sin lastimarme, y yo arqueé la espalda, gimiendo como puta en calor.

—¡Más fuerte, wey! ¡Así, no pares!

Sus dedos bajaron, frotando mi ano juguetón, untado de mis propios fluidos. No penetró, solo rozó, mandándome al borde. Sentí el orgasmo creciendo, un tsunami en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su pija. Él aceleró, respirando agitado en mi nuca, mordisqueando mi hombro.

Me vengo, ¡la madre! Este orgasmo me va a partir en dos.

Exploté primero, un grito ahogado, mi coño ordeñando su verga en espasmos violentos. Olas de placer me sacudieron, visión borrosa, piernas temblando. Él no aguantó, sacándola y corriéndose en mi espalda, chorros calientes pintando mi piel, su rugido animal en mis oídos.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi cuello. El cuarto olía a semen y hembra satisfecha, el eco de El Tri aún en mi cabeza desde su bocina.

—Fue a toda madre, Karla. Ese el tri nombre nos dio suerte —rió bajito.

Me acurruqué contra él, el corazón latiendo calmado, un glow post-sexo envolviéndome como manta tibia.

Neta, esto es lo que necesitaba. No amor, solo puro placer mexicano, con un toque de rock. Mañana quién sabe, pero esta noche fue mía.

Nos dormimos así, piel con piel, el amanecer colándose por la ventana prometiendo más aventuras bajo el pretexto de la música que nos unió.

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