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No Intentes Resistir

6977 palabras

No Intentes Resistir

Estás en la playa de Playa del Carmen, el sol del atardecer tiñe el cielo de naranjas y rosas que se reflejan en el mar Caribe. El aire huele a sal, a coco tostado de las cocadas de los vendedores ambulantes y a ese toque ahumado de las parrilladas improvisadas. La música de cumbia rebota desde los altavoces de la fiesta playera, ritmos que te hacen mover las caderas sin querer. Llevas un bikini rojo que resalta tu piel morena, bronceada por días de playa, y una pareo ligera que ondea con la brisa cálida. Te sientes viva, poderosa, lista para lo que sea que la noche traiga.

Ahí lo ves. Alto, con el torso marcado bajo una camisa de lino abierta, pantalones caqui que abrazan sus muslos fuertes. Cabello negro revuelto por el viento, ojos cafés intensos que te clavan cuando tus miradas se cruzan. Se llama Diego, te dice mientras te ofrece un coco fresco con ron, su voz grave con ese acento yucateco que suena como caricias. Órale, qué chula, piensa tu mente mientras aceptas la bebida, el líquido dulce y ardiente bajando por tu garganta, despertando un cosquilleo en tu vientre.

Hablan de todo y nada: de las olas perfectas para surfear, de cómo el mar siempre llama, de esa química que salta como chispas. Su risa es profunda, vibrante, y cuando roza tu brazo accidentalmente, sientes el calor de su piel contra la tuya, un toque eléctrico que te eriza los vellos. El deseo inicial es sutil, como la marea subiendo despacio, pero ya sientes esa humedad traicionera entre tus piernas, el pulso acelerándose en tu cuello.

La fiesta avanza, cuerpos bailando pegados bajo las luces de neón. Diego te invita a la pista, su mano grande envolviendo la tuya, firme pero gentil. Bailan reggaetón ahora, ritmos pegajosos que os pegan uno al otro. Sientes su pecho duro contra tus senos, su cadera presionando la tuya, el bulto creciente en sus pantalones rozando tu muslo. No intentes resistir, te susurra al oído, su aliento caliente oliendo a ron y menta, mientras sus labios rozan tu lóbulo. Tus rodillas flaquean, un gemido escapa de tu garganta ahogado por la música.

¿Qué carajos estoy haciendo? Es un desconocido, pero neta, su toque me prende como mecha. No intentes nada, Ana, solo déjate llevar esta noche.

El beso llega natural, como si el mar lo hubiera planeado. Sus labios carnosos capturan los tuyos, lengua explorando con hambre contenida, saboreando el ron en tu boca. Sus manos bajan por tu espalda, apretando tus nalgas firmes bajo la pareo, masajeando con esa presión que te hace arquearte contra él. El mundo se reduce a sensaciones: el sabor salado de su piel cuando besas su cuello, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos mezclándose con vuestras respiraciones jadeantes, el olor a sudor limpio y excitación que impregna el aire.

Te lleva a su cabaña cercana, una choza de palapa con hamaca y cama king size cubierta de sábanas blancas. La puerta se cierra con un clic suave, aislando el ruido de la fiesta. La luz de la luna entra por las ventanas abiertas, bañando todo en plata. Se quita la camisa despacio, revelando abdominales tallados, vello oscuro bajando hacia su entrepierna. Tú desatas el pareo, quedando solo en bikini, tus pezones endurecidos visibles bajo la tela fina.

Está cañón, piensas, mordiéndote el labio mientras él se acerca. Sus dedos desatan el nudo de tu top, liberando tus senos plenos. Los acaricia con las yemas, círculos lentos que envían descargas directas a tu clítoris hinchado. Gimes, arqueándote, y él lame un pezón, succionándolo con fuerza juguetona. Pendejo delicioso, murmuras, enredando tus dedos en su pelo, guiándolo al otro pecho. El sonido húmedo de su boca chupando, el roce áspero de su barba incipiente en tu piel sensible, todo te enloquece.

Baja más, besando tu ombligo, lamiendo la curva de tus caderas. Desliza el bikini inferior, exponiendo tu panocha depilada, ya reluciente de jugos. El aire fresco roza tu intimidad, pero su aliento caliente lo contrarresta. No intentes resistir, mi reina, dice mirándote con ojos ardientes, antes de enterrar la cara entre tus muslos. Su lengua plana lame desde tu entrada hasta el clítoris, saboreando tu miel salada y dulce. Gritas, piernas temblando, aferrándote a la cama mientras él devora, chupando tu botón con labios suaves, metiendo dos dedos gruesos que curvan justo en tu punto G.

El placer sube en oleadas, tu vientre contrayéndose, caderas moviéndose solas contra su boca. Sientes cada lamida como fuego líquido, el pop de sus dedos entrando y saliendo, el aroma almizclado de tu excitación llenando la habitación. No trates de aguantar, déjalo salir, te ordenas internamente, mientras el orgasmo te golpea como una ola gigante. Convulsionas, chorros de placer mojando su barbilla, gritando su nombre en la noche.

Pero no para. Te voltea boca abajo, besando tu espalda, mordisqueando tus nalgas redondas. Sientes su verga dura presionando contra ti, gruesa y venosa, goteando precum caliente en tu piel. Te pones de rodillas, mirándolo por encima del hombro con ojos lujuriosos. Ven, güey, fóllame ya, le ruegas, voz ronca de deseo. Él se pone condón –siempre responsable, qué chido– y se posiciona, la punta abriéndote despacio.

Entras en éxtasis cuando te penetra de un solo empujón profundo, llenándote hasta el fondo. Su verga palpita dentro, estirándote deliciosamente, rozando cada nervio. Empieza a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver a clavar con fuerza. El slap-slap de carne contra carne, el chirrido de la cama, tus gemidos guturales mezclados con sus gruñidos masculinos. Sudor perla vuestros cuerpos, resbalando, lubricando cada embestida.

Cambia posiciones: te sube encima, tus senos rebotando mientras cabalgas, controlando el ritmo. Sientes su pubis frotando tu clítoris con cada bajada, sus manos amasando tus tetas, pellizcando pezones. Él desde abajo te mira embelesado, Estás rica, pinche diosa, jadea. Aceleras, persiguiendo otro clímax, uñas clavándose en su pecho. Él te agarra las caderas, follando hacia arriba con furia animal, prolongando tu placer.

El segundo orgasmo te destroza, visión borrosa, cuerpo temblando incontrolable. Él te sigue segundos después, gruñendo como bestia mientras se corre dentro del condón, su verga hinchándose, pulsando. Colapsas sobre él, corazones latiendo al unísono, pieles pegajosas de sudor y fluidos.

En el afterglow, yacen enredados en las sábanas revueltas, brisa marina enfriando vuestros cuerpos calientes. Él acaricia tu cabello, besando tu frente. No intentes olvidar esta noche, murmura con sonrisa pícara. Tú ríes bajito, sintiéndote plena, empoderada. El mar susurra afuera, testigo de esta conexión fugaz pero intensa. Mañana quién sabe, pero esta noche, fuiste reina absoluta de tu placer.

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